Viajé al mundial de México como un simple hincha, porque todavía no tenía nada que ver con la dirigencia deportiva. Yo era muy amigo de Carlos Bilardo, a quien conocí a través de Osvaldo Zubeldía.
Se había hablado mucho de ese enfrentamiento contra Inglaterra. Los medios de prensa lo transformaron en una revancha equivocada de la guerra de las Malvinas. En el estadio se respiraba un clima enrarecido, cargado de agresividad y la sensación general era que algo malo iba a ocurrir. Ese día me encontré en la entrada al estadio con el Chacho Maretto, íntimo de Bilardo, y nos ubicamos detrás del arco donde se dieron los dos goles de Maradona, justo en el lado opuesto donde estaba la barra bullanguera de Argentina con las banderas y los bombos. Nosotros, junto con un grupito de argentinos, compartíamos tribuna con los hooligans ingleses que tenían las caras pintadas y demasiado alcohol encima.
Hasta el primer gol de Diego no hubo problemas. Algunas miradas feas, quizá un insulto dicho al aire, pero nada más que eso.
El estadio Azteca es inmenso y por más que estuviéramos cerca, yo no vi tan perfectamente la jugada del primer gol. Aunque parezca mentira, no me di cuenta de que Diego había metido la mano. Hasta los ingleses tardaron en avivarse. Había algunos murmullos de sospecha, pero nadie estaba demasiado seguro de lo que Diego había hecho. El gol lo grité como un loco porque había una necesidad interna de ganar ese partido.
Los disturbios comenzaron cuando a un peluquero argentino, famoso en ese tiempo, se le ocurrió la pésima idea de sacarse una foto tironeando una bandera de Inglaterra, a modo de broma. Los hooligans, que ya estaban recalientes por el gol de Diego, encontraron la excusa perfecta para reaccionar y, claro, se armó una batahola impresionante en plena tribuna. Los pocos argentinos que estábamos en el sector salimos a defender al peluquero y empezaron a volar patadas, golpes de puños y agresiones de todo tipo. Fue una escaramuza bastante importante, de la que participé porque en ese entonces yo era uno de los líderes de la hinchada de Vélez y veía el fútbol como una excusa para generar violencia. Tenía problemas de temperamento, de sangre y no sentía temor por nada. Me peleaba para defender las banderas y pensaba que hacía algo bueno, algo positivo por el club.
La Policía mexicana intervino y la cosa se calmó un poco. Enseguida Maradona realizó esa apilada esplendorosa, esa jugada que no terminaba nunca y que será inolvidable, no solo para los argentinos, sino también para el mundo del fútbol. Estaba impactado por lo que acababa de observar y reaccioné abrazando a cuanta persona se me cruzaba. Quizá sin darme cuenta hasta me saludé con algún inglés, no sé. Son momentos de enajenación mental que suceden muy de vez en cuando. Igual debo decir que no fue el mejor que vi en mi vida. Hubo goles de Vélez que fueron mejores, disculpen el fanatismo, pero es la verdad.
Cuando terminó el partido se desató una batahola con los hooligans que ya estaban todos descontrolados y no soportaron la derrota. Fueron 15 ó 20 minutos tremendos porque ellos ya estaban entre borrachos y drogados, y se veía que no podían mantenerse en pie. Por eso yo me río cuando se habla de la guapeza de los hooligans o de los barrasbravas argentinos de ahora: ellos son unos cobardes porque necesitan alcohol o drogas para tomar coraje. Esas sustancias les provocan un estado distinto que no les permite razonar y por eso se equivocan más, pero en el fondo tienen miedo como cualquier persona.
En la pelea con los ingleses me lastimaron mucho y se puede decir que perdí la batalla, pero ganamos la guerra, que fue el partido de fútbol. Terminé con el cuerpo golpeado y dolorido, pero feliz por la victoria. Por la noche fui a la concentración del equipo y cuando estuve frente a frente con Diego lo abracé y le dije: "Gracias, maestro, por ser argentino y por hacer feliz a tanta gente que no tiene dinero para ser feliz".
Él se sorprendió por mi estado físico, pero más preocupado estaba yo, que tenía que volver a Argentina sin que mi mujer se diera cuenta de lo que había pasado en el estadio.
Al otro día la llamé por teléfono y le comenté que habían sucedido algunas "cositas" con los ingleses, pero nada grave. Mi señora me dijo: "Sí, hoy apareciste en el diario Crónica, festejando con otras personas, pero la foto salió mal, como deformada". En realidad la foto estaba perfecta, la que estaba deformada era mi cara, pero por los puños de los hooligans.

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