No es fácil recordar la peor jornada de mi vida como futbolista profesional. Aún me duele y me lastima el alma, a pesar de que ya han pasado 21 años.
Esa final de Europa había generado una gran expectativa porque enfrentaba al Liverpool, campeón defensor y representante del fútbol que en ese momento dominaba Europa, y la Juventus, que contaba con muchos jugadores ganadores del Mundial del 82 con Italia. La elección del estadio Heysel de Bruselas como sede del partido provocó en la prensa internacional sorpresa y preocupación. Cuando hicimos el reconocimiento previo observamos que las instalaciones eran precarias y no estaban adecuadas para una final tan esperada como esa, sobre todo por la cantidad de hooligans ingleses que viajaron para el partido. En ese entonces, los hinchas ingleses eran los más temidos de Europa.
En los días previos, nos enteramos de que habían destrozado una importante joyería de la ciudad e incluso habían agredido a tifosis de la Juventus.
Pero lo peor sucedió antes del partido. Cuando nosotros estábamos en el vestuario, en las tribunas se desató una tragedia bruta, bruta. Nunca sentí tanto miedo en mi vida como esa noche. Se escuchaban los gritos desesperados de la gente y uno, como futbolista, no sabía que hacer. Las autoridades de la UEFA nos mantenían informados permanentemente y nos pedían calma, pero eso era imposible. ¡Cómo estar calmado si en el estadio morían 39 hinchas de la Juventus aplastados contra las vallas de contención! Los hooligans, alcoholizados y descontrolados, atacaron a los tifosis en uno de los fondos del estadio, junto a un córner, y las vallas de contención, al ser fijas, se convirtieron en una trampa mortal para muchos hinchas que murieron asfixiados. Los organizadores habían vendido entradas a los hooligans en el mismo sector donde estaban los italianos.
La situación era tan dramática que Giovanni Trappattoni, nuestro entrenador, nos reunió a todos los jugadores de la Juventus en el vestuario y nos propuso no jugar. Nosotros estuvimos de acuerdo. Sin embargo, a los veinte minutos, los dirigentes de la UEFA comenzaron a especular con que si el partido se suspendía, los hooligans podrían reaccionar con más violencia. Finalmente, después de varias conversaciones entre dirigentes, el mensaje fue claro: había que jugar a como diera lugar.
Gaetano Scirea y el capitán del Liverpool leyeron un comunicado para calmar a los simpatizantes en las tribunas. Cuando entramos al campo de juego, me di cuenta de que estábamos cometiendo un gravísimo error porque el público estaba conmocionado con la masacre vivida hacía instantes. El drama se respiraba en el aire y así el fútbol no tenía razón de ser.
El miedo que tenían los simpatizantes se trasladó al campo. Sabíamos que habían muerto muchas personas y que incluso algunas estaban cerca nuestro. A cinco metros del campo de juego se ubicaron cientos de policías belgas armados con escudos y armas de fuego. Así era imposible concentrarse en una final. Platini, que era junto a Tardelli y Scirea los líderes del equipo, trataba de darnos ánimos con sus gritos, pero más por compromiso que por convicción. El partido lo ganamos uno a cero con un penal de Platini, después de una infracción en mi contra. Sinceramente siento vergüenza al recordar esos momentos. Vergüenza por haber disputado un partido absurdo y ridículo. Fue el último que jugué con la Juventus porque en la siguiente temporada pasé a la Roma.
Nunca quise cobrar el premio que me correspondía por haber ganado esa copa de Europa. Preferí donarlo a los familiares de las víctimas, quizá como un gesto de arrepentimiento por lo que había sucedido esa noche. Aún hoy recuerdo el título con el que La Gazzetta dello Sport resumió la tragedia al día siguiente: "Lo que menos nos importa es quién ganó la maldita copa".

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