Se va a cumplir el 4 de diciembre próximo, un cuarto de siglo de la masacre en el restaurante Pozzetto, donde Campo Elías Delgado mató a 23 personas, después de haber hecho lo mismo con una exalumna suya de Inglés y la mamá de ella, con su propia progenitora y con seis vecinos del mismo edificio donde vivía.
Hacia las 6:30 de la tarde, un portero de Cromos, donde yo era editor cultural, subió a decir que en ese restaurante un loco estaba matando gente. Salimos varios para allá, pero la calle estaba acordonada y no permitían acceso. La radio seguía ofreciendo datos sobre lo que había hecho el macabro sujeto, su nombre, edad, andanzas, y que se había suicidado. Luego se supo que la Policía le había dado muerte.
Su conocimiento del inglés, el haber sido soldado en la guerra de Vietnam, su nerviosismo perenne, su manía extrema por la higiene y otros adarmes más que citaban me recordaron a mi amigo de la tienda Alex, bebedero de cerveza, sitio popular, ubicado en el costado sur del Parque de Lourdes, en Chapinero. Nada más. Porque nuestra atención estaba centrada en una vendedora de publicidad y un redactor de la revista Vea, de la misma empresa, que habían muerto en ese episodio.
Al día siguiente, cuando vi la foto del malhadado personaje, quedé perplejo. Era él, mi compañero de ocasionales tomatas de solteros irremediables. Debía tratarse de un error. Aunque hasta ese momento supe su nombre, recordé de inmediato cuando entré una noche al Alex y la única mesa disponible estaba ocupada solo por él, a quien pedí permiso para sentarme. Asintió con un gesto de la cabeza y pedí lo mío. Campo Elías era económico de palabras y resaltaba por ir afeitado con cuidado, pelo corto bien arreglado, uñas de sibarita, lustrado de cadete, andar parsimonioso, pero sobre todo, porque a intervalos de diez a quince minutos se iba a un lavamanos que habían instalado ahí a la vista de todos, se bañaba despacio mientras se vigilaba dedo a dedo, se juagaba la cara y se secaba, con jabón y una pequeña toalla que llevaba.
Serio, reposado, esa noche no cruzamos sílaba, pero después de tanto vernos todos los fines de semana a la misma hora, terminamos por tratarnos, por culpa de Ernest Hemingway, porque aparecí con un tomo de crónicas escogidas de él, y Campo Elías, por única vez en su vida, me permitió ver cómo se le abrieron involuntariamente sus pequeños ojos de reptil en acecho.
Admiraba y demostró haber leído al autor de El viejo y el mar, a Capote, a Walt Whitman, a Dos Passos y a otros norteamericanos, y me contó que concurría a la Universidad Javeriana a tomar clases de Literatura, porque le gustaba mucho, pese a no haber escrito jamás ni una línea de corte artístico.
Sus modales de hombre de clase media, decente, respetuoso, que miraba a las mujeres con tono neutral, evadía a todos y se diría que pasaba la vida cavilando, producían la inequívoca impresión de estar con alguien culto, educado, recorrido y con positivas experiencias en sus, entonces, 52 años de edad. Y nada más placentero que tener de interlocutor a alguien que sabía escuchar, que se interesaba por lo que uno hablaba, que era atento, a la vez que impermeable en cuanto a su vida privada. Cuando le conté, sin que me preguntara, que yo era periodista, me empezó a tratar con relativa cercanía. A él le hubiera gustado serlo. Pero nunca hubo conclusión alguna en nuestros encuentros, porque cuando se sentía medianamente poseído por el dios del etil, simplemente se despedía sin dar la mano, sino levantándola en señal de hasta luego.
Con el periódico en la mano, ese 5 de diciembre pensaba en todo esto, mientras veía la foto de su cadáver ensangrentado, sin camisa porque ya estaban ahí los forenses, tratando de descifrar qué le había pasado a la psiquis de ese señor tan culto y tan decente.