Aún duele recordar que fui testigo presencial e impotente de la lenta agonía de mi esposo Fernando durante más de doce horas y que, además, perdí las dos piernas por culpa de esa maldita avalancha que nos sorprendió mientras dormíamos.

Un ruido ensordecedor nos despertó ese miércoles por la noche. Era similar al de los aviones cuando pasan bajito. Salimos de la casa con una linterna y vimos cómo una mezcla tibia de lodo, piedras y palos arrasaba con las casas del barrio Santander y se nos venía encima. Fernando intentó sacar la moto para escapar pero de inmediato se arrepintió y me dijo: "Camine, mamita, que nos montamos arriba de la casa". Cuando él me ayudaba a subir la pared, el alud tumbó todo. En cuestión de segundos quedamos aprisionados debajo del muro y el lodo. A mí me cogió de las rodillas para abajo y él quedó sepultado hasta el pecho. Los dos con las manos libres, a menos de un metro de distancia pero sin poder ayudarnos mutuamente por la magnitud de los escombros.

La reacción de ambos ante la catástrofe fue bien distinta. Mientras yo no paraba de gritar y pedir auxilio en medio de la oscuridad, Fernando era solo pesimismo ya que la presión que ejercía la pared sobre su pecho le impedía respirar con normalidad: "No, mami, este es el día de nosotros, hasta aquí llegamos".

Las horas pasaban y mientras me ocupaba de quitar el lodo que caía sobre la espalda de mi esposo, él comenzó a pensar en el suicidio: "En lugar de quedar inválidos es mejor morir aquí", me decía, presintiendo la muerte.

En la mañana del jueves, Fernando encontró un frasco encima del lodo. Lo rompió contra el muro y cogió un pedazo de vidrio: "Venga, Omaira, terminemos con este sufrimiento. Yo no quiero que usted me vea morir". Pero me negué porque tenía fe de que salía viva de esa vaina. "Entonces cójame el vidrio usted y córteme las venas". El desespero que tenía ese hombre era tan tenaz que quería primero matarme y luego matarse él porque además pensaba en el hijo de tres meses que engendraba en mi vientre. "Si yo muero, usted queda sola con el niño". Su voz sonaba cada vez más entrecortada y débil. Los pulmones ya no le respondían. Le pedí que se echara la bendición y al rato dejó de respirar. Los siguientes dos días fueron horribles. Sin agua ni comida, con un calor insoportable y conviviendo con el cadáver de mi esposo. Solo podía rezar y dormir. Las noches eran interminables, un martirio absoluto. Recuerdo haber soñado que llegaba a una laguna donde había una señora pescando. Le pedía que por favor me dejara hablar con Dios para preguntarle: ¿Por qué hizo esto? También me veía tomando agua de una llave a la vez que escuchaba, a lo lejos, los desgarradores quejidos de un hombre mayor. La ficción se mezclaba con la realidad.

Cuando recobraba el sentido gritaba hasta que me vencía el cansancio y volvía a dormir. En el feto de tres meses ni siquiera pensaba porque lo creía muerto. Al ver que pasaban los días y nadie me rescataba llegué a pensar que el fin estaba cerca. El viernes por la tarde estaba tan deshidratada que no tenía hambre, tampoco dolor, porque ya no sentía las piernas. En ese momento crítico aparecieron varios socorristas vestidos de blanco, pero mi sufrimiento aún no terminaba. Cuando les pedí ayuda uno de ellos me respondió: "Nooo, mija, estamos muy cansados de sacar gente y ya es tarde. Mañana venimos por usted". Me ofrecieron agua y un par de galletas pero yo no podía pasar otra noche en esas condiciones. Por eso le pedí a uno de ellos que me regalara una pasta para poder dormir. Al día siguiente (sábado) me desperté angustiada ya que nadie había venido por mí. Lloré de impotencia, no podía creer lo que me estaba sucediendo. Afortunadamente un socorrista me oyó y dijo: "Ahhh, miren, la china todavía está viva".

El rescate fue difícil, pues primero tuvieron que sacar el cuerpo ya descompuesto de Fernando. Al ver eso, quedé privada, no supe de más hasta que desperté y ya me habían liberado las dos piernas. Me echaron en una camilla y me llevaron a una carpa grande. Yo estaba loca, no me quería dejar bañar y menos que me inyectaran un suero. Le gritaba al médico que estaba embarazada, pero no me creía. Me hizo un tacto y ahí sí ordenó cambiar el medicamento.

El domingo me trasladaron en helicóptero a Bogotá para amputarme las dos piernas. Fueron seis meses internada y en los que la depresión de verme sin extremidades anulaba el sentimiento materno ante el hijo que estaba por nacer. Los especialistas me dijeron: "Usted va a volver a caminar porque le vamos a poner prótesis, pero primero tiene que ser madre".

Al tiempo nació Fernandito. Cuando lo tuve en mis brazos cogí más ánimo, más ganas de enfrentar la vida. Ahora tiene veintiún años y vive conmigo en una casa que me dieron en Lérida. Hice hogar con otro señor, tengo dos niñas que me hacen feliz. Pero el recuerdo de Armero permanece intacto en mi corazón. Es un dolor con el que tuve que aprender a convivir.

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