Cada vez que me agacho siento una punzada en la columna y hay semanas en las que no puedo ni moverme. La iglesia la reconstruyeron, lo mismo han ido haciendo poco a poco con las casas de madera, y el televisorcito, los electrodomésticos, la ropa, los animales y demás cosas que saquearon luego del ataque también los hemos ido reemplazando. Lo que no hemos podido recuperar es la tranquilidad de esos días de comienzos del 90 cuando podíamos dejar las puertas abiertas, salir a pescar y a bañarnos en el río Atrato sin ningún temor. Hoy, nadie de los pocos que regresamos duerme tranquilo. Convivimos con la zozobra, el miedo, el terror, el hambre y las necesidades insatisfechas de un pueblo, como tantos del Chocó, que no tiene alcantarillado ni acueducto y que se vive inundando en los inviernos. Si recuerdo aquí la masacre es para evitar que algo así se olvide y se repita. El miércoles a las 5:30 de la mañana empezamos a oír tiros y unas trescientas personas nos refugiamos en la iglesia, una de las pocas construcciones de material que podía protegernos de las balas. Durante 28 horas rezamos en compañía de los padres Janeiro Jiménez, Antonio Mena y Antún Ramos. Ellos se turnaban para dirigir los rezos y repartir los pocos alimentos que tenían entre los niños. Era tal el terror de oír la forma en que los guerrilleros combatían contra los paras alrededor de la iglesia que no sentíamos hambre ni sed. El padre Antún, para proteger a la población civil, les negó la entrada a la iglesia a unos paras malheridos que golpearon varias veces.

La noche pasó, pero unos guerrilleros habían instalado un dispositivo para lanzar cilindros de gas y empezamos a oír estallidos: uno cerca del hospital y otro de la iglesia. A eso de las 10:15 de la mañana, la tercera pipeta entró por el techo, cayó muy cerca del altar, frente al cristo que allí colgaba y estalló a dos metros de donde yo estaba con mis hijos. Yo no sentí nada. Ningún ruido ni movimiento. Solo sé que estaba sentada, que me desperté después de tres o cuatro minutos, que estaba en el suelo, que desde allí vi la iglesia destruida y que entré en trance cuando vi que había pedazos de gente por todas partes y heridos que corrían buscando la salida. Solo oía los llantos y lamentos de las siete personas que no habíamos muerto ni habíamos podido huir de ese horror porque no lográbamos caminar. Entre ellas estaba mi hija de dieciocho años que tampoco podía moverse. Pasamos la noche en silencio, orando entre cadáveres. Los otros, incluidos tres de mis hijos, habían huido monte arriba o habían cruzado el río hacia Vigía del Fuerte. Debimos aguantar ahí, sangrando por la boca, como yo, o por otras heridas, como mi hija, que perdió tres dedos, hasta que la guerrilla se tomó el pueblo y nos auxilió. Nos dieron los primeros auxilios, algunas drogas y nos dejaron tendidos en la orilla del río para que la Cruz Roja se encargara de nosotros. Algunos guerrilleros lloraban, decían que nunca les había pasado algo así, que los perdonáramos, que eso no era para nosotros. Que la cosa se les había salido de las manos. Lloraban mucho y nos pedían perdón. Nosotros les decíamos que los perdonara Dios. El pueblo quedó destrozado, hubo unos 140 lesionados, murieron 119 personas (cerca del 10% de la población y entre ellos 47 niños) y a los vivos nos quedaron huellas imborrables. Pero hay que levantarse, salir adelante, y seguir luchando por que el Gobierno repare a las víctimas y esperar a que no vuelva a permitir que algo así se repita nunca.

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