Mi vida antes de Pozzetto era normal. Me había casado con el mayor Álvaro Pérez Buitrago y teníamos un bebé de 22 meses de nacido. Álvaro era un hombre con un gran futuro dentro de la línea de ascenso de las Fuerzas Militares. Ese día cumplíamos cuatro años de casados. Era un jueves y mi esposo madrugó a su trabajo, pero me avisó que por la noche iríamos a comer para celebrar. Yo me quedé en el apartamento cuidando a mi hijo y viviendo un día normal. Él había ido tres veces a Pozzetto y quería que yo probara la cazuela de mariscos que ya era famosa en la ciudad.

Cuando mi esposo me recogió le dije que prefería la comida mexicana, incluso le sugerí que fuéramos a otro lugar. Fue tanta su insistencia que él mismo sacó su ropa y no llevó su uniforme militar, cosa que nunca hacía. Tampoco se quiso quitar una cadena de 52 gramos de peso en oro y esmeraldas que quería mucho. Era un hombre terco.

Mientras nos arreglábamos estaban dando un partido de fútbol por televisión que fue interrumpido por un extra noticioso. Anunciaba que había un tipo peligroso que había asesinado a su mamá y había provocado un incendio en un edificio de la séptima. Yo casi ni le paré bolas al asunto y seguimos en nuestro cuento. Cuando estábamos en el carro Álvaro me sorprendió con un regalo de aniversario. Eran tres pulseras echas en tres oros distintos. Yo estaba feliz, no me cambiaba por nadie. Dejamos a mi hijo con mi sobrina y nos fuimos a celebrar.

Recuerdo que al ver la fachada del restaurante le dije "qué sitio tan chichipato, ni siquiera hay dónde parquear". Nos bajamos y entramos al que sería nuestro destino. Estaba repleto de gente y le dije a un mesero que si nos podía acomodar en el segundo piso. Lamentablemente no estaba habilitado y nos hicimos en el primero. Nos sentamos de forma que podíamos ver el carro. De inmediato el mesero nos pasó la carta. Mi esposo pidió un vino y yo lo único que ordené fue una cazuela de mariscos. Llevábamos cinco minutos en el restaurante cuando miré que había un hombre sentado detrás de mí. Me pareció cualquier señor que se estaba tomando un vodka con otro hombre que simplemente le había pedido permiso para sentarse con él. De un momento a otro sentí un tiro. En cuestión de segundos miré a mi marido, giré la cabeza para ver qué pasaba y vi que el señor estaba botando sangre. Yo estaba sentada, espalda con espalda, al lado de Campo Elías Delgado.

Como esposa de un mayor del Ejército uno aprende qué se debe hacer en una situación de peligro, eso me sirvió para que reaccionara y me tirara al piso debajo de una mesa contigua. Mi preocupación se centró en el hecho de saber que mi marido estaba con su arma de dotación y que no fuera a cometer una locura.

Todo el restaurante fue un caos: gritos por todo lado, vasos que se quebraban, gente que iba a entrar al restaurante y salía despavorida. Yo caí encima de un señor canoso que me dijo: "Soy boliviano y mire lo que vengo a vivir acá". En ese momento Campo Elías gritó: "Esto es un asalto (no un atraco como han dicho en los periódicos) necesito la plata en efectivo". Busqué a mi esposo con la mirada y lo encontré debajo de la mesa, enfrente de mí. Mi esposo sacó la pistola, yo le hacía señas para que guardara el arma, sufría más por él que por mí. Álvaro me miraba y se reía como si me quisiera dar calma y la seguridad de que me iba a proteger.

La gente empezó, desde el piso, a poner sus joyas y el dinero que tenía encima de las mesas. Nadie se paraba, Campo Elías había sido tajante al decir: "Todos hacia abajo, yo no quiero que nadie me mire". Nunca olvidaré a una señora muy bonita que entró en ese momento con un vestido verde, ella miró a Campo Elías y él le pegó un tiro a sangre fría.

De nuevo miré a mi esposo y vi que él le pegaba a la pistola contra el piso. Nadie lo sabe, pero a mi esposo, al mayor Álvaro Pérez, su arma de dotación se le trabó y por eso no pudo usarla para frenar el ímpetu asesino de Campo Elías. No fue el cobarde que muchos creen. La gente seguía gritando y Campo Elías decía que no lo hicieran más. En ningún momento le escuché una grosería, solo pedía plata en efectivo y que no le diéramos joyas. Alcé un poco la mirada y pude ver que Campo Elías tenía el pelo muy corto, de estilo militar a ras. Era alto y acuerpado, no me acuerdo cómo iba vestido. Mi esposo trató de levantarse y le dije que no. Fui yo la que trató de hacerlo y el señor boliviano no me dejó. Campo Elías dio la vuelta, mucha gente entregó su plata y él no les hizo nada. Se acercó a mí, yo miré a mi esposo y vi que tenía los ojos completamente abiertos en un gesto de desesperación absoluta. Nunca conocí a mi suegra pero en ese momento pensé en ella y le pedí que si iba a morir alguien, mejor que fuera yo, que no dejara que le hicieran nada a mi esposo. En ese momento el asesino de nuevo pasó. No se qué se hicieron los meseros, no veía a ninguno. Escuché los tiros y vi que Campo Elías mató a un niño. Al que lo miraba de inmediato le disparaba. Álvaro trató de levantarse pero se sentía impotente, la pistola seguía trabada.

Luego el tipo se ubicó muy cerca de mí y yo me quité las joyas. Puse la mano encima de la mesa, levanté la cabeza y lo miré. Nunca voy a olvidar su mirada y me dijo: "Yo le dije que no me mirara y no quiero joyas". Me apuntó con el revólver y pude ver cómo su dedo movió el gatillo. Solo alcancé a girar un poco la cabeza y sentí un quemonazo, me había pegado un tiro detrás de la oreja derecha.

Recuerdo que mi cara se estrelló contra el piso. Alcancé a escuchar cuando mi esposo gritó: "¡Me la mató!". Mientras manaba sangre de mi cabeza, entre mi mareo y momentos vagos, vi cómo el boliviano se levantó. Sentí literalmente una lluvia de disparos y ahí cayó la mayor cantidad de muertos de la masacre de Pozzetto. Después de que recibí el disparo de Campo Elías, mi esposo el mayor Álvaro Pérez, juzgado injustamente como cobarde en esta tragedia por diferentes fuentes, se levantó y enfrentó a Campo Elías. Se abalanzó sobre él para quitarle el arma y forcejearon. En ese instante el médico boliviano trató de ayudarle. Mucha gente murió en ese momento mientras las ráfagas iban de lado a lado. Incluso, siempre he tenido la incógnita del por qué mi esposo Álvaro murió a causa de balas 9 milímetros de Mini Uzi, y no de un revólver 38 como el que tenía Campo Elías.

Lo que siguió después es bastante confuso. Me desmayé y por otras versiones me enteré de que cuando me levantaron del piso mi vestido rosado era rojo por la sangre. La Policía empezó a arrojar los cadáveres como bultos en una camioneta, ahí alguien dijo que yo estaba viva y me mandaron al Hospital San Ignacio. Aunque me sentía perdida en espacio y tiempo, ahí yo estaba consciente. A los médicos les di el nombre y el teléfono de mi papá y preguntaba por Álvaro, y les decía que lo buscaran.

Durante la cirugía pude ver mi cuerpo con los médicos alrededor tratando de salvarme, pasé por un túnel negro que me absorbía y sentí paz y tranquilidad. Luego de la craneotomía a la que me sometieron, me trasladaron al Hospital Militar. Duré con la cabeza abierta durante varios días, siempre pregunté por mi esposo y nadie me daba una respuesta concreta, pensaba que todo había salido bien, que la Policía había matado a Campo Elías, que mi esposo estaba vivo y que no había muerto toda esa gente. Me enteré de la muerte suya porque mi hermana me dijo que ya lo de las prestaciones del Ejército estaba listo. Las prestaciones solo se las dan a los oficiales muertos. Me sentí tranquila porque siempre supe que mi esposo fue un hombre bueno, un gran militar y buen padre. Según me contaron, el entierro de él fue con todos los honores.

Meses después de la tragedia le pedí a un amigo que me acompañara a Pozzetto. Necesitaba enfrentar muchos miedos. Entré y muchas cosas habían cambiado, me pude sentar exactamente en la misma silla y me comí la cazuela de mariscos que no pude comerme ese día. Lloré mucho pero fue importante para mi recuperación. Después empezaron las amenazas para que no hablara de lo que había ocurrido, nunca me enteré de dónde provenían. Yo siempre pregunté por la pistola de Álvaro y por todas las pertenencias de los dos. Hasta el día de hoy nada ha aparecido. Lo que me dejó esta tragedia es una gran carga que he tenido que llevar durante veinte años. Aún tengo ocho esquirlas de bala en mi cabeza, sufro de fuertes migrañas y tengo que estar en tratamiento médico de por vida. Por ahora no perdono al asesino de mi esposo y de tanta gente inocente que murió ese día. Cuando paso al frente de Pozzetto me dan ganas de volver a entrar, pero mi actual esposo se opone.

Mi vida hoy tiene sentido, mi hijo es un fiel homenaje de lo que fue su padre y Dios me dio la oportunidad de tener otra hija de siete añitos: María Camila. Ellos, junto a Sergio, mi actual marido, mis padres y mis hermanos, han hecho que olvide por momentos esta pesadilla.

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