Mi hijo ya estaba ahí y recuerdo que la mayoría de la gente estaba sentada contra una pared, mirando al televisor del lugar. Me senté frente a esa pared pero me sentí incómoda, como al revés de todos y decidí cambiarme de lugar. Solo alcancé a pensarlo porque en ese momento explotó la bomba.

Se hizo un boquete y fui a caer al parqueadero donde había explotado el carro bomba, un piso más abajo, pero yo nada recuerdo de eso. La siguiente escena que tengo es despertando en el Hospital Militar al día siguiente. A mi hijo se lo llevaron para la Fundación Santa Fe. Él fue uno de los que salieron primero por haber estado siempre consciente. A mí, en cambio, tardaron más de cuatro horas en sacarme del lugar, tal vez porque los cuerpos de rescate comenzaron a evacuar a las personas que veían con vida, en cambio, yo estaba inconsciente. Y afortunadamente me llevaron al Militar, centro especializado en tratar con rapidez mis lesiones: llegué con fractura de cráneo, de columna, de costillas y los pulmones colapsados; además, el líquido cefalorraquídeo —el que baña al cerebro y la médula espinal— se me salía por los oídos. De haber llegado a otro hospital no sé qué hubiera pasado. Mientras todos sabían que mi hijo José estaba en la Santa Fe, nadie sabía dónde estaba yo, así que entre todos se repartieron mi búsqueda. A mí me encontraron los suegros de mi hija.

A los tres días de estar internada fueron a hablarme tres siquiatras del hospital y antes de que me dieran la noticia yo ya lo sabía: no volvería a caminar. A pesar de la noticia nunca estuve desconsolada, ni tampoco vi a un ser querido en duelo, más allá de lo dura que fuese. Por dos semanas me debatí entre la vida y la muerte. Al final pude salvarme pese a que los médicos no me daban muchas esperanzas. Salí del hospital tras cuarenta días, quince de ellos en cuidados intensivos. Con una paraplejia debido a la fractura de la columna y dos vértebras menos, debí quedarme quieta cinco meses en una cama, dependiendo día y noche de una enfermera. Mi primer objetivo fue recuperar mi independencia. Para mí hubiera sido fácil regresar a Estados Unidos, donde todo está diseñado para que los discapacitados puedan usarlo, pero preferí quedarme en Colombia, junto a mi familia, y de paso luchar contra la hostilidad de su arquitectura.

Por ejemplo, si yo quiero ir a una finca fuera de la ciudad, no puedo hacerlo. Llegar es muy complicado, moverme en la silla de ruedas es imposible, y ni hablar si quiero ir al baño. Incluso en las grandes ciudades el asunto puede ser complicado. Faltan muchas cosas por implementar y una cultura ciudadana por crear. Antes del atentado, mis piernas eran uno de mis orgullos de mujer, pero quedaron reducidas a huesos forrados en piel, algo que he podido superar con una rutina de cuatro horas de fisioterapia al día, rutina que también me ha permitido valerme por mí misma en un 99%. Mandé adaptar la casa quitando la mayor cantidad de paredes posibles, ampliando las puertas y reformando el baño y la cocina, además de adaptar el carro para poder manejarlo todo con las manos. Una de las cosas que más duro me han dado es tener que mirar a las personas de abajo hacia arriba y no directo a los ojos. Yo hubiera podido lamentarme, renegar del destino, pensar en el azar, en por qué había decidido ir al club, en por qué cambié mi viaje. Pero en vez de lamentarme cambié mis dos piernas por una sonrisa.

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