Ese 23 de julio de 1973 llegué a mi trabajo, como de costumbre, a las seis de la mañana, para hacer el aseo antes de que entraran los empleados de las oficinas, que lo hacían a las ocho. Estábamos limpiando ventanas con una compañera en el piso 21 cuando a las 7:30 de la mañana nos llamó el supervisor de turno a decirnos que en el depósito del piso 14 —donde habíamos estado una semana antes también limpiando vidrios— había un incendio y que teníamos que bajar a apagarlo.

Recuerdo que en el sitio donde se originó todo había muchas cosas almacenadas, desde tapetes y alfombras hasta gasolina. Armados de baldes y extintores nos pusimos a luchar contra el fuego, en compañía de tres vigilantes, el supervisor, el electricista, el plomero y un mecánico de las camionetas de Avianca.

Por más de que echábamos agua, el fuego crecía. Ya nos estábamos desesperando y era tal el caos que nadie sabía qué hacer. Unos decían que abriéramos las ventanas del edificio; otros, que las cerráramos, yo solo cumplía órdenes. A los quince minutos llegaron los bomberos y lo primero que nos dijeron fue que las ventanas tenían que estar cerradas y que nos fuéramos de ahí cuanto antes porque no teníamos ninguna protección. Yo me puse una toalla húmeda encima y me bajé a pie cerrando cuanta ventana encontraba abierta.

A los bomberos les resultó imposible controlar el incendio, porque las mangueras solo llegaban hasta el piso 12, así que todos vimos impotentes cómo se quemaban todos los pisos desde el 14 hasta el 37.

De tanta agua que echaron los bomberos se inundaron los pisos inferiores, hasta el sótano; eso parecía un mar y fue lo que impidió que las llamas bajaran y se quemara el resto del edificio. Yo bajé por las escaleras y me quedé ayudando a sacar el agua, mientras al electricista lo sacaron en helicóptero hasta la Plaza de Bolívar y luego lo trajeron de regreso porque era el único que podía hacerse cargo de la parte eléctrica.

El supervisor de turno y el mecánico de Avianca murieron. El primero cayó desde el piso 14 a la media terraza del segundo piso y el otro cayó en la plazoleta que da a la carrera séptima. No creo que murieran por quemaduras porque sus cuerpos no estaban chamuscados, solo negros por el humo y destrozados por la caída.

Luego llegó la Policía y acordonó el lugar para que nadie entrara o saliera. Al electricista, el plomero, una compañera de trabajo y a mí nos dejaron en el sótano a la espera de una autorización firmada para dejarnos salir. En esas estuvimos cuatro días ya que el encargado de conseguirla, nunca apareció con la carta. La fuerza pública argumentó razones de seguridad para no dejarnos salir, nos tuvieron bajo custodia todo el tiempo, no nos dejaron hablar ni ver a nadie, tampoco movernos del sótano y de comida solo nos dieron panela. Cuando se acabó la panela nos tocó aguantar con agua. Tal vez nos tuvieron ahí porque pensaban que nos habíamos robado algo, o por lo que el administrador, el señor Amado, no hacía esfuerzos para sacarnos de ahí. Él estaba muy preocupado por el hecho de que el edificio se había incendiado y se olvidó de nosotros.

Cuando al fin nos soltaron ni mis compañeros ni yo queríamos volver a trabajar, pero nos amenazaron con que perderíamos el empleo, así que dos días después estábamos de nuevo en el edificio. Durante la reconstrucción y remodelación del mismo nos tocó hacer las labores de rutina, además de remover escombros.

Yo salí ilesa del hecho pese a que hubo cuatro muertos y 63 heridos, y eso que estuve de frente a las llamas. La verdad, en ese momento no temí por mi vida, solo pensaba en ayudar. Pese a que el incendio ocurrió hace más de 30 años, aún me causa dolor recordarlo y hablar al respecto.

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