Por una ventana me di cuenta de que nos llevaban hacia el sur, rumbo a Jamundí. Mi familia y yo solo atinamos a abrazarnos mientras el resto lloraba y se asfixiaba por la falta de oxígeno.

Cuatro horas después llegamos hasta donde una trocha lo permitió. Eran las tres de la tarde y seguiríamos a pie, fuertemente escoltados. Antes habíamos parado en la escuela de algún corregimiento perdido entre los Farallones de Cali, donde nos explicaron que se trataba de un secuestro político. Tras siete extenuantes horas de recorrido donde nos tiramos varias veces por barrancos para evitar un posible cruce de fuego, llegamos a una casa de bahareque donde nos dieron gaseosa y pan. Al día siguiente, el comandante Silvio —alias 'el Viejo'— del frente Omaira Torres del ELN liberó a los menores de edad y a los mayores de 60 años, y nos explicó que se quedaría con un integrante de cada familia para garantizar la "contribución" de su liberación. El elegido fue mi papá y solo lo vería seis meses y medio después.

Durante diecinueve días supe lo duro que es estar secuestrado. El menú de mi cautiverio incluía arroz con huevo o lentejas aguadas, café, alimentos que comíamos con nuestras propias cédulas, a falta de cubiertos. Cuando dormíamos lo hacíamos sobre tablas, a la intemperie y aguantando frío, y teníamos un cepillo de dientes para todos. De día, cuando no caminábamos —los guerrilleros abrían paso por entre la vegetación con sus machetes—, nos dejaban tomar el sol en grupos de cuatro personas durante pocos minutos. No llevaban consigo medicamentos y los elenos rasos nos trataban mal; vivían insultándonos y pegándonos cachazos, mientras los rangos altos nos hacían sus "terapias de abrazología", que consistían en charlar y abrazarnos para darnos ánimo.

Cuando se dieron las condiciones para liberarnos nos llevaron a la misma escuelita donde habíamos estado antes, solo que esta vez la Cruz Roja ya la había dotado con bebidas energizantes y comida enlatada. El ELN no nos dejó ir en helicópteros. Al llegar a mi casa, el recibimiento fue el de una gran fiesta. Me bañé por segunda vez en mucho tiempo y sentí mucho dolor al contar mi historia, algo necesario para desahogarme, según los psicólogos. Pero la mitad de mi corazón estaba en otro lado, junto a mi padre, que seguía secuestrado en medio de la selva. Los primeros dos días los dormí en el suelo, ya que el colchón me pareció incómodo. Durante varios meses no volví a mi finca y en cinco años no pude comer lentejas. Me incomodaban las entrevistas y me gradué del colegio con la gran ausencia de mi papá. Por su liberación pidieron una cifra muy alta —dinero que nunca hemos tenido— y dejaron de llamar durante varios meses, para atormentarnos psicológicamente y así hacernos ceder a la extorsión. Finalmente y tras una larga negociación, lo liberaron en Puerto Merizalde, a miles de kilómetros del lugar de donde nos habían raptado. Volveríamos a ser una familia completa pero con nuestras vidas truncadas, sin dinero pero con la intención de rehacerlo todo. Muchas familias no descansaron hasta que pagaron y unas más se fueron del país para siempre. Hoy no guardo ningún rencor y de vez en cuando volvemos a la iglesia La María, ya remodelada, conscientes de que la única solución posible al secuestro es el intercambio humanitario.

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