El movimiento era violento y tan acompasado que permitía filtrar la luz del paisaje. Enseguida una de las paredes del baño, que estaba en la segunda planta cedió y quedé petrificado observando cómo, al otro lado del río Quindío, varias fincas campesinas se desplomaban.

Pese a la experiencia acumulada en varios desastres como médico brigadista de la Cruz Roja, en ese momento me invadió el pánico. Escombros, vidrios, objetos, todo caía a mi alrededor. Escuchaba los gritos desesperados de mis hijos Juan David y Laura desde distintos sectores de la casa. No tenía idea de dónde podría estar mi esposa, Martha, con nuestro bebé de un año, pero no podía hacer nada.

No sufrí consecuencias físicas, pues logré hacerme debajo del marco de la puerta. Cuando pasó el sismo lo primero que hice fue socorrer a mis hijos que se habían protegido debajo de sus camas. Mi esposa y el niño estaban a salvo en un potrerito aledaño. Respiré aliviado y enseguida pensé en mi madre, que vivía sola enfrente de la plaza de Bolívar, en el centro de la ciudad. Cuando marqué su número y escuché el tono que indica que el teléfono está cortado, pensé: algo grave le sucedió. Reuní a mi familia y salimos en el carro por toda la avenida Centenario en su búsqueda. Mientras más nos acercábamos al centro, más destrozos se veían. Pero recién cuando pasamos por el barrio María Cristina pude palpar realmente la magnitud de la tragedia: los cuatro bloques de cinco pisos de un condominio se habían desvanecido como castillos de naipes. Con mucha dificultad cruzamos el puente de La Florida y llegamos al Palacio de Justicia. Caminé dos cuadras y cuando llegué al lugar indicado, el edificio donde vivía mi madre se había convertido en una inmensa montaña de escombros. Sentí un dolor muy profundo, indescriptible. Desesperado, comencé a remover algunos desechos para encontrar una seña de ella. Intuí que su cadáver estaba cerca, pero buscarlo era imposible ya que aún no funcionaban las máquinas excavadoras. ¿Qué podía hacer? Cumplir con mi obligación profesional que en ese entonces era la de ser el subdirector científico del Hospital San Juan de Dios.

A las dos de la tarde ingresé por el servicio de urgencias y para llegar a mi despacho tuve que caminar saltando la gran cantidad de heridos que colmaban los pasillos. Mientras activaba el plan de emergencia, llegó José, mi hermano menor, a informarme que el edificio donde vivía mi padre había quedado semidestruido. Dos horas más tarde, salimos a buscarlo y ocurrió el segundo movimiento telúrico que duró ocho segundos, pero que terminó de tumbar lo que todavía estaba parado, entre otras cosas la vivienda de mi padre. Asumí que había muerto y aún no me explico con qué fuerzas volví al hospital. Al otro día regresé a buscar el cuerpo de mi madre ayudado por los bomberos de Envigado. Lo más horrible fue verla desfigurada. Solo la pude reconocer por su vestido y por un reloj. El descontrol era tal, que tuvimos que cavar la fosa para enterrarla. Los siguientes dos días los pasé en mi puesto de trabajo conviviendo con el dolor de personas que llegaban con signos de aplastamiento, asfixia, fracturas. En mi interior crecía una horrible sensación de angustia cuando pensaba en mi madre muerta y en mi padre que no aparecía por ningún lado. ¡Tenía que salir a buscarlo! Pedí permiso a mi superior y comencé a recorrer a pie toda la zona del Parque Cafetero. Fueron horas de incertidumbre ya que un par de vecinos aseguraban haberlo visto. Finalmente, logré ubicarlo en un cambuche. Había salido de la casa luego del primer sismo. Aún recuerdo el abrazo que nos dimos con mi padre... uno de los escasos momentos de alegría en medio de la catástrofe.

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