Tiempo después, más exactamente en 1946, me hice famoso por haber tomado una foto de Manolete con la cara de la derrota, algo poco usual en aquel gran torero. Y eso también me salvaría la vida. El 9 de abril de 1948 estaba, como siempre, en la cafetería Gato Negro, el lugar preferido por todos aquellos a los que nos gustaba la tauromaquia, el billar y el café. En el mismo edificio, unos pisos más arriba, se encontraba la oficina de Jorge Eliécer Gaitán. A la una de la tarde fui a almorzar y a los pocos minutos oí a varias personas gritando que habían herido al doctor Gaitán. En ese momento yo llevaba conmigo mi cámara, una Rolleiflex, y cinco rollos de doce fotos cada uno.

Al primer lugar donde me dirigí fue a la escena del crimen, lugar donde vi cómo una turba arrastraba el cuerpo sin vida de Roa Sierra hacia el sur. Entonces bajé por la calle 14, donde quedaba la Ferretería Berrío, y retraté a una muchedumbre que había roto sus rejas para armarse con martillos y machetes. Apenas me vieron empezaron a perseguirme para robarme mi cámara y lincharme, pero una voz providencial me salvó la vida. Habían gritado que yo era Manuel H, el de los toros, y me dejaron en paz. Aún con miedo, decidí seguir a la Clínica Central, donde pude fotografiar a los médicos junto con el cuerpo sin vida del caudillo liberal. Obturé un par de veces y me fui. Al salir me dirigí a la Plaza de Bolívar y muy cerca de ahí, en la calle 12, vi cómo otras personas que habían quebrado las vitrinas de una joyería estaban recogiendo joyitas, mientras yo, Manuel H, estaba tomando foticos. En frente de la capilla de San Ignacio volví a sentir muy cercana la muerte. Una ráfaga de disparos provenientes de la calle novena nos pasó muy de cerca, a lo cual me guarnecí detrás de un poste de luz. Pasaron las horas y seguí tomándole fotos a todo; a los disturbios, los saqueos y los muertos. A las cinco de la tarde comenzó a llover y me fui a descansar. Había sido suficiente por esa tarde.

Al día siguiente decidí tomar fotos de las ruinas y terminé caminando entre cadáveres en el cementerio central, hasta que me llamó la atención uno en especial que estaba completamente desnudo, lleno de moretones y con una corbata amarrada al cuello. Sospeché por su particular estado y minutos más tarde los médicos legistas comprobaron lo que temía; el cadáver correspondía a Roa Sierra, el asesino que desató el mayor caos que me tocó vivir hasta el día de hoy. La razón por la cual mi vida peligró fue porque mi cámara no tomaba buenas fotos de lejos, entonces muchas veces me tocó acercarme a la acción lo suficiente como para correr el riesgo de que me atacaran. Desafortunadamente, un colega mío, Parmenio Rodríguez del diario La República, no corrió con la misma suerte. También resultó muerto por la histeria colectiva. Y la razón por la cual creo yo que pude sobrevivir para contarlo todo es porque nunca quise ser el protagonista, sino que preferí retratar el momento. Al fin y al cabo, lo único que siempre tuve claro es que las fotos sirven para la posteridad, a manera de documentos gráficos. Hace poco dos policías me preguntaron qué haría yo en caso de una tragedia, y sin dudarlo les respondí que tomaría fotos. Tal como lo hice el 9 de abril de 1948.

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