Que yo sea Blanquita es una decisión de Dios. Era más o menos 1988. Yo había terminado mi bachillerato en Cali y estaba buscando trabajo y mi hermano, que era amigo del gerente de mercadeo de JGB, le llevó mi hoja de vida. Me llamaron a entrevista y yo no sé si fue porque decía que estaba estudiando teatro o qué, pero en la entrevista me dijeron que si quería hacer un comercial. Me mandaron a un casting, donde me preguntaron mis datos y en una de esas alguien echó un chiste y yo me reí. Mi sonrisa les gustó y me dijeron que me riera, pero yo no podía hacerlo, así que me empezaron a hacer payasadas para que volviera a reír. Mientras eso pasaba, recuerdo que alguien por allá atrás decía que le gustaban mi sonrisa y la expresión de mis ojos.

Al tiempo, me llamaron para hacer el comercial. Yo estaba asustada porque nunca me dieron libreto. En los dos primeros comerciales de Límpido yo no era Blanquita, sino Cleotilde, la amiga, que desde su casa se sube a una escalera para espiar la ropa que lava blanquita y se cae al verla tan limpia. A partir del tercer comercial no volví a ver a la primera Blanquita, yo tomé su lugar y, desde entonces, he hecho más de diez comerciales del producto. Yo soy licenciada en Educación Preescolar, con un postgrado en Desarrollo Comunitario y toda la vida he trabajado con la comunidad afrocolombiana en diferentes proyectos, principalmente en el barrio San Marino, en Cali, donde vivo; aunque, claro, todos me reconocen como Blanquita. Alguna vez vinieron a verme unos señores para que promocionara otro detergente, pero nunca fueron claros, y por eso preferí no aceptar la oferta. Ahora firmo un contrato de exclusividad que se renueva cada año y que incluye eventos en diferentes ciudades de Colombia. Por esa labor recibo un sueldo mensual. Muy a menudo, la gente se acerca a decirme que me conoce, pero que no sabe de dónde. Cuando me río inmediatamente me reconocen.  
 
 

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