Llegué a mis 20 años arrastrando el pesado fardo de pecados mortales que me atribuían los hermanos cristianos, pecados que nunca cometí.

Si mi recurrente Borges dijo "la lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado", yo tengo muchas razones para decir que mis veinte años sucedieron en el siglo antepasado. ¿Por qué lo digo? Porque probablemente soy el último colombiano que viajó de Bogotá a Nueva York bajando por el río Magdalena, cuando todavía se veían caimanes asoleándose en las playas de la Gloria y Tamalameque.

Sí, señores, como lo oyen… En los primeros días de febrero de 1941, es decir en pleno goce de mis 20 años, una delegación del café del Rhin (quienes no saben qué fue el café del Rhin no están en nada) se trasladó a despedirme a la estación de la Sabana, y compungidos y envidiosos me acomodaron en el último vagón que decía "este coche va a Salgar". Hasta hace poco rodaba en el desorden de mis recuerdos esa foto en que me daban la despedida a las 7:15 de la mañana Gonzalo Rueda Caro, Ernesto Gamboa, Jorge y Juliaco Reyes Nieto y Hernando de Francisco. Todos han muerto. Cuánto daría por recuperar esa fotografía.

¿Y por qué Castaño se iba a Nueva York? Ahhh… en mi libro para la Inmensa minoría, publicado recientemente y que por cierto ha tenido un éxito que yo no esperaba, cuento que cuando mi padre estableció que una imponente inmigrante rumana llegada a Colombia con dos hermanos circuncisos era la misma que alumbraba con sus ojos verdes mi mesita de noche, resolvió empacarme de inmediato para Nueva York, en el vapor Santa Lucía de la Grace Line. Por esa razón, estaba viajando en el ferrocarril de la Sabana vía Salgar. Mi coche llegó allí cuando estaba a punto de arrancar el vapor de ruedas de madera estilo Mississippi de la Naviera Colombiana, lleno de marinos de color serio con toallas desteñidas al cuello para enjugar el sudor, estilo Tirofijo. Apenas tuve tiempo de trasladar con la ayuda de varios negritos un gran baúl de camarote anacrónico y descomunal que guardaba en su interior toda clase de pequeños cajones perfumados. Así debió ser el baúl donde la Bella Otero guardaba la ropa interior en sus giras ultramarinas.

El viaje por el río Magdalena fue un calvario porque mi padre tuvo a bien, con ingenuidad senil, recomendarme en carta dirigida al capitán de la nave. ¡Quién dijo miedo! ¿Qué están pensando estos cachacos barbilindos

… que coman mucha M… y así me hostilizó hasta que mis compañeros que habían visto que yo era un tipo simpático y que compartía con ellos las agrias en la sofocante cubierta del navío, resolvieron respaldarme enérgicamente cuando el capitán quiso bajarme en Calamar, ya acercándonos a Bocas de Ceniza. El motín a bordo demoró el itinerario del viaje y estuve a punto de llegar tarde al muelle de Barranquilla para encaramarme  a la escalerilla bamboleante.

Cuando llegué al malecón, evoqué los versos de Alberto Ángel Montoya: "Al mar, al mar, gritaban las sirenas". Recuerdo que entre los pasajeros que embarcaron había una hermosa dama llamada Serafina Obregón y un viejo encantador de cabellera gris revuelta con quien más tarde acordaríamos un pacto que nunca olvidaré: él fungiría ser mi profesor de violín haciéndome cuarto en la estrategia de seducción que yo armaría para conquistar a una bella pasajera que aparecerá dentro de pocos renglones. Era el profesor Belisario Ruiz Wilches, gloria indudable de la ciencia colombiana, quien resultó ser un viejo amigo de mi padre y por tal razón aceptó con picardía mis patrañas de conquistador en ciernes. Al terminar mi ascenso por la escalerilla se abrió como una inmensa flor todo el esplendor del Santa Lucía. Era un mundo deslumbrante. Los sirvientes de casacas blancas pasaban raudos tropezándose deliberadamente con los nuevos pasajeros. El barco venía de Buenos Aires. Acababa de atravesar el canal de Panamá. Muchos de los pasajeros ni se tomaron la molestia de conocer a Barranquilla aunque fuera por unos pocos minutos. Se quedaron acomodados en sus tumbonas aplicándose sorbo a sorbo sus cocteles de champaña. Yo, modesto provinciano de veinte años, disimulaba mi ansiedad con la torpeza de los cretinos de solemnidad. El Santa Lucía me estaba abriendo un mundo incitante y desconocido. De pronto mi mirada se desvío hacia una dama de traje vaporoso verde y blanco que languidecía en el extremo de la cubierta. En mi deslumbramiento tuve la osadía de preguntar a un mesero argentino quién era el churro silencioso. "Ah, me contestó, venía peleando con su esposo desde que zarpamos en Buenos Aires. Y al llegar a Panamá fue la pelea final. Parece que para el conde dejó de ser su Margarita y se convirtió en Margó".

"¿Conde?", pregunté yo con curiosidad. Y entonces me contestó: "Sí señor, el churro es una condesa y le está caminando todo el pasaje ante las iras de su esposo quien, aburrido de sus coqueterías, abandonó en Panamá el Santa Lucía". ¡Ay, el Santa Lucía! Pensar que pocos meses después el gobierno norteamericano lo mandó al África y allá se hundió con su carga de recuerdos de la albanesa Olga Golda, condesa de Toptani. Otro día les contaré más sobre ella porque esto está quedando largo.
 

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