El estadio techado está repleto de espectadores. Cuando todos aplauden al mismo tiempo, uno siente que en cualquier momento los vidrios comenzarán a explotar. Debo reconocer, para uno que viene viajando del otro lado del mundo, que el entusiasmo me parece excesivo. Un grupo de jóvenes lanza unos gritos tipo barra brava, que no logro comprender. Algunas chicas les toman fotos a los deportistas más famosos y, un poco más allá, están los que protestan los fallos arbitrales con furia, demasiado fuera de sí para un deporte con cero fricción. Seguramente, algo parecido a lo que siento ahora les debe ocurrir a los chinos o canadienses o a cualquiera de esos turistas que no logran entender el fútbol, y que en mitad de un viaje por Suramérica deciden hacer la "travesura" de irse al estadio a ver un partido de fútbol. De nuestro fútbol: con los relatores radiales exagerando todo, con gritos desde la tribuna al delantero gordo que nos vendieron por kilo, y con abrazos interminables cuando finalmente —y pese a tener todo en contra— nuestro equipo hace un gol, que nos parece un golazo y después de todo nos alegra el domingo. Ahora, es domingo y estoy en un estadio con tres mil vietnamitas mirando bádminton. Y me siento solo.

El Phan Dinh Phung Indoor Stadium queda en el distrito tres de la ex Saigón, en el número ocho de la calle Van Tan. En la puerta del viejo edificio, diseñado por algún experto en estadios techados comunistas, se promocionaba en grandes letras el Campeonato de Bádminton de Asia. A un costado de las boleterías había un par de revendedores, la fila para el ingreso era larga y nerviosa, y muchos de los asistentes llevaban en sus brazos el diario del día con comentarios del torneo.

El cliché dice que el cronista de viajes debe mostrar otros mundos. Pues bien, de ser así, debo informarles que a este lado del planeta el bádminton es un deporte que no solo mueve millones de espectadores (solo en China, cientos de millones), sino muchísimo dinero. Durante los días del campeonato, en los alrededores del Phan Dinh Phung Indoor Stadium está montada una feria, con promotoras risueñas, con diferentes stands que venden raquetas, zapatillas, cintillos y camisetas de bádminton. Hay grandes afiches con jugadores asiáticos famosos, recostados sobre una cancha con su torso desnudo, que miran a la cámara publicitaria sujetando en sus manos un gallito, esa plumilla plástica con que se juega esto. Hay instaladas oficinas de turismo que ofrecen paquetes para un próximo torneo, y canales deportivos con una espectacular programación de cable exclusiva para los fanáticos del deporte. Hay chicas de ojos rasgados y sonrisa inocente que te venden frascos plásticos con suplementos alimenticios ideales para que puedas desarrollar todas tus capacidades en el bádminton. Se ven álbumes de figuritas, para los más pequeños. Y hay una agenda de actividades, donde se indica la hora en que las grandes estrellas del deporte estarán firmando autógrafos.

Soy el único que no tiene los ojos rasgados de todos los que estamos aquí adentro. Me siento como un periodista japonés enviado a La Bombonera. En la cancha principal, de las tres que se ven abajo, recién se jugó China contra Tailandia y acaba de comenzar Vietnam contra Corea. Ocho cámaras de TV transmiten lo que aquí sucede para toda Asia. Sin bien el bádminton siempre lo asocié a lentitud y debilidad, los competidores de este partido se dan duro, con golpes violentos, de un lado a otro, mientras todos miramos esa pelota con plumas que se mueve lenta. El juego no es muy difícil de entender: comienza con un saque desde la zona de la derecha a la diagonalmente opuesta y continúa con el peloteo hasta que uno de los dos jugadores o pareja comete una falta. Lo que es difícil de entender es que algo así desate tantas pasiones. O dicho de otra manera, que se tomen tan en serio un deporte que, a nosotros, más que nada nos provoca risas.

El bádminton es de origen chino, de ahí llegó a la India, en la India lo vieron los colonizadores ingleses, y más tarde los ingleses inventaron el tenis. No es un dato menor que el tenis nunca haya podido entrar fuerte en Asia. Ni que el bádminton, jamás haya despertado estas pasiones en Occidente. Es más, justo ahora que todos aplauden, y que parece que el estadio se viene abajo porque los coreanos no supieron devolver bien el gallito, creo ver más claro que nunca el contraste. Lo que separa a ambas partes del mundo. En mitad de este alboroto por el bádminton, a estadio lleno, siento que la diferencia de todo, de filosofía y costumbres y comidas y tácticas de combate y formas de ver el mundo, la tengo ahora frente a mis ojos. Y se debe a algo muy simple: la distinta levedad que hay entre una pelota y una plumilla.
 
 

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