Estoy en la habitación 40 del Hotel dos Santos, en pleno Pelourinho. La ventana da justo frente a la casa de Jorge Amado, el escritor de Doña Flor y sus dos maridos y Gabriela. El autor más famoso de Brasil hasta que un día apareció el señor Paulo Coelho y sus guerreros místicos y esos peregrinos pobres que lo han convertido en un pacifista millonario.

El Pelourinho, en la parte alta de Salvador de Bahía, tiene varias gracias: es un barrio colonial, de casas eternamente repintadas de amarillo, celeste, rojo. Las calles tienen adoquines chuecos y son en pendientes que suben y bajan. Alguna vez aquí Michael Jackson grabó un videoclip con los mismos que, los martes en la noche, hacen una danza de tambores en el centro. Cada tanto, bahianas de grandes vestidos blancos pasan ofreciendo mercadería y hay secretas ceremonias de la danza del candomblé: porque Bahía, que fue la primera capital de Brasil, es la zona de más costumbres africanas del país. Jorge Amado fue certero en describirla: esto es la Roma negra.

El Peló, como se le dice al Pelourinho, también tiene hotelitos baratos, porque es la zona preferida para reunir a mochileros de todo el mundo. Hay mesas en la calle, donde te puedes comer unos boliños de peixe o una moqueca de camarón: plato típico de Bahía. Hace un calor casi infernal, así que la cerveza te la venden protegida para que se mantenga helada, y las caipiriñas tienen hermanas como la caipiroshka y la caipiriñisima.  

El Pelourinho tiene toda la vida de una ciudad de puerto, de una ciudad grande y de una ciudad de Brasil. Los niños pidiendo plata te pueden seguir toda una cuadra, los jóvenes que vienen de aspirar cocaína sin refinar insisten en ponerte una cinta de Nuestro Señor de Bonfim (esa cinta de colores para los buenos deseos, que se amarra a la muñeca todo el que pasó por esta parte de Brasil), y hay muchos policías con botas y metralletas para mantener la seguridad en la zona donde la historia dice que aquí se mataba a los negros esclavos.

A ciertos turistas como Niki, una alemana que conocí ayer y que se hospeda en el hostal del Pelourihno, no le incomoda la mujer embarazada que se arrastra pidiendo dinero mientras uno come, o los niños que pasan corriendo como si acabaran de robar algo. Le causan gracia, la hacen sentirse viviendo Latinoamérica, me dice, porque para ella América Latina es tan así, tan salvaje, tan violenta.

Debe ser por eso que dice la alemana, que mucha gente de la que se queda en el Pelourinho son europeos jóvenes en plan viaje salvaje por la Latinoamérica del Che. En versión American Express, claro.

El Hotel dos Santos es barato y para llegar a la habitación tengo que abrir tres rejas y poner dos candados. Anoche, a las cuatro de la mañana, una pelea frente a la casa de Jorge Amado despertó a medio hotel: Niki, la alemana, estaba en medio del alboroto. Un tipo que la intentó besar a la fuerza casi terminó acuchillado por uno que le robó veinte dólares.

Esta mañana volví a ver a Niki en el desayuno. Entre termos de café, zucos de maracuyá helado y frutas brasileras, me dijo que le costó dormirse después de la pelea. Me lo dijo contenta, casi riendo. Como si estuviera orgullosa de que su plan de seguridad, el salir con solo veinte dólares, le permitiera seguir viajando con las tarjetas de crédito, iPod, cámara digital y pasaporte alemán.

Cuando le pregunté dónde los había guardado, se quedó en silencio unos segundos, y luego me dijo que era su secreto. Que eso no se lo podía decir a nadie. Y volvió a decirme lo interesante y salvaje que le parecía Latinoamérica. Al rato, para pasar el susto, se fue a la parte cara de la ciudad a comprarse ropa. En la noche estaba de vuelta en Peló, lista para ir a una ceremonia de candomblé especialmente para turistas. Una ceremonia africana de esta ciudad brasilera que, alguna vez, en la época de Jorge Amado, era una suerte de Roma negra.

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