Esta columna cambia. La vuelta al mundo se desordena. Dejamos el establecido recorrido alrededor de la tierra, para lanzarnos en una caótica caravana de viajes sin orden ni tiempo, ni metas que cumplir. Seguirán las ciudades perdidas, las grandes capitales y los vuelos en avión. Seguiremos con el plan de dar la vuelta al mundo, pero ya no solo a uno: en esta nueva etapa, daremos la vuelta a diferentes mundos. Y partiremos el desorden como corresponde, hablando del D.F. mexicano.

Que el D.F. es un caos que sabe a chile y huele a rajitas, no debiera ser novedad. Pero para entender mejor esta nueva etapa de la columna, quizás deberían saber que desde hace mucho tiempo y de forma inexplicable, vivo con el D.F. en mi cabeza. No es una metáfora. Hablo, simplemente, que vivo con el Distrito Federal de México en mi cabeza, todos los días, a cada hora, desde hace años.

Nunca he ido al D.F. No conozco México. En esa ausencia, creo, está el principal germen del D.F. que me acompaña diariamente. Desde niño, creo que desde antes de pasarme tardes enteras en la vecindad en blanco y negro del Chavito del 8. Desde mucho antes de saber que Pedro Páramo buscaba su pueblo perdido en el mero México, y de seguir los resultados del Necaxa, y de leer al Roberto Bolaño modelo D.F., y de enterarme de los millones y millones de billetes que mueven las telenovelas y el majadero Canal de las Estrellas y el tequila y la lucha libre punto MX y la liga de fútbol con nombres disparatados. Mucho antes de casi todo lo mexicano que nos influye tanto en Latinoamérica (bastante más que la España de Europa, algo menos que los Estados Unidos de Norteamérica), siempre y no sé por qué quise ir a México. Específicamente, quise conocer el D.F. Pese a que tratemos de esconderlo (algunos con mayor, otros con menor éxito), es hora de que todos los que vivimos en esta parte del mundo lo reconozcamos: mal que nos pese, todos llevamos un mexicano adentro.

El D.F. de mi cabeza se fue armando con frases sueltas: "Son millones de millones de personas en las calles", "hay que ir armado hasta a la misa dominical", "los taxistas mexicanos son los más peligrosos del planeta", "a la Policía le das un poco de dinero y puedes hacer lo que quieras", "los sindicatos son tan nacionalistas que no dejan que trabaje ningún extranjero", "la marihuana de allá no te hace ver uno, sino un camión lleno de indios mapaches", "ahí hacen fiesta para los muertos y veneran calaveras", "no te metas con los políticos que todos tienen matones", "si encuentras que este ají pica, espérate a probar el chile del D.F.", así, de a poco y con esas frases, con ese tipo de frases que me dejaron con la boca abierta desde que tengo memoria fue que lentamente y desde hace muchos años se fue construyendo y levantando, con el abnegado trabajo de los albañiles de mi conciencia, el D.F. que habita en mi cabeza. Ese D.F. que, hoy en día, se ha convertido en la principal unidad de medida con que —puede sonar inexplicable— me dedico a mirar el mundo. Todo, todo lo comparo con el D.F. El D.F. al que nunca he ido.

En Vietnam, mirando el desenfrenado tráfico en las calles de Ho Chi Minh City, pensaba en que era casi tan enloquecido como las calles del D.F. En Estados Unidos siempre veo tantos y tantos mexicanos juntos que, irremediablemente, la principal potencia económica del mundo me termina resultando cada día más parecida a mi D.F. En Buenos Aires, hace poco volvió a suceder: hubo un paro del metro y el subterráneo de la ciudad estaba colapsado y la gente sudaba y se empujaba y yo veía a esa mujer semiinconsciente clamando la salvación divina y me daban ganas de decirle, "esto no es nada comparado con el D.F., señora". Bogotá dice que tiene contaminación: ja, ja, ja, ja, váyanse a respirar al D.F.

Cuando comencé a escribir crónicas de viajes, pensé que había llegado la hora. Mal que mal, gracias a ser un niño que soñaba con ir al D.F. es que me gustan los viajes. Pero tampoco sucedió. He recorrido parte del mundo y acumulado pasaportes con timbres de los diferentes continentes, pero del timbre de los Estados Unidos Mexicanos, ni la sombra.

¡Maldito D.F.!

Hace un tiempo decidí que nunca jamás iré al México real. Es una promesa. Y pese a eso, la vida seguirá y seguiré teniendo noticias del D.F., porque escribo para diarios y revistas del D.F. y tengo buenos amigos del D.F. y, por supuesto, me deben dinero del D.F. y me han mentido del D.F. y me han ofrecido cosas que la gente del D.F. después no cumple. Aunque he decidido no ir, seguiré midiendo el resto del mundo con el D.F., con mi D.F., como el asaltante de revólver que corría ayer por Buenos Aires y pensé que parecía de Tepito, un barrio bravo del "defectuoso". Y cada vez que pueda, como siempre, volveré a recordar todo lo que me llevó a construir esa ciudad tan gigantesca y tan caótica y tan latinoamericana y tan agresiva en mi cabeza. Pero tomarme un avión y comenzar a caminar por ahí, nunca jamás.

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