Escribo esta columna en Punta del Este, desde un departamento frente al mar y con la computadora en el balcón. Hace calor, como en casi todo el verano, y por la costanera pasan trotando mujeres con joyas, viejos con perritos perfumados, deportistas aficionados que se bajan de autos descapotables o estacionan sus motos antes de largarse a correr junto al atardecer. Todo ocurre en un sector de La Brava, con el océano Atlántico de fondo y en una ciudad que, hace rato, muchos insisten en llamar "la Saint Tropez Latinoamericana".

Por cierto, la imagen que veo desde el balcón es apenas una de las muchas realidades que tiene esta ciudad uruguaya que en verano se repleta de argentinos, brasileños y estadounidenses. Sucede con todas las ciudades que se venden como glamurosas, y donde las mujeres van con sombreros hasta el supermercado. Finalmente, la mayoría llega con más ganas de disfrazarse y de actuar, que de relajarse en vacaciones.

Por muchas cosas Punta del Este se ha hecho conocida. Por sus fiestas, que son famosas y largas, como muchas de las mujeres que se ven bailando hasta el amanecer. Con tipos que viven entre el gimnasio y el bar, y suelen estar más duros que una tabla de surf. Con casinos que funcionan las 24 horas, con desfiles de moda en la playa, con las más reconocidas modelos latinoamericanas lanzando besos en bikinis y botas largas. Con millonarios que saturan el pequeño aeropuerto con sus jets privados, y con mansiones que tienen en el jardín helicópteros de tipos que se vienen desde São Paulo o Buenos Aires en poco tiempo. Y, por cierto, con celebridades de nivel mundial. Personajes que les dan comida a las fieras de la prensa rosa para que las revistas sigan levantando el mito. Ese mito que dice que aquí, en Punta del Este durante el verano, está la esquina más glamurosa de esa misma Latinoamérica que Chávez promete unificar.

Este año las celebridades que más se nombran son Luciano Benetton, la modelo Eva Herzigova, el hijo de Muamar Kadafi, la hija del dueño de Playboy y, especialmente, al dueño del imperio Polo, el estadounidense Ralph Lauren. Todos ellos descansando al mismo tiempo, y en una misma ciudad sudamericana.

Escapando un poco de todo ese ruido, anoche terminé comiendo en el Marismo, un restaurante al aire libre, con piso de arena y fogón a la vista, en el medio de un bosque muy cerca de la playa José Ignacio. Un lugar perdido y escondido. Pese a lo cual, en la puerta había un par de tipos armados con pistolas a la vista. Minutos más tarde, en una de las rústicas mesas vecinas, se sentó de sorpresa un viejo canoso de pantalón rojo. Silencioso y discreto, iba acompañado de una mujer con chal de seda y un joven de pulseras de cuero. "¡Es Ralph Lauren!", contó amablemente un mozo.

Seguramente, en el Saint Tropez original las celebridades no necesitan de estos Mercedes blindados y guardaespaldas que te muestran el cañón, pero el glamour en el continente de los secuestros es así.

Traté de ver si Ralph Lauren estaba con alguna de esas famosas camisas Polo, la prenda de ropa más falsificada del planeta, esas que he visto vender a un dólar tanto en un mercado de Vietnam como en las veredas de Wall Street. Esas que utilizan todos los ejecutivos latinoamericanos, haciéndonos creer que son las originales. Pero Ralph, como casi todos los que visitan este tipo de lugares, no usaba lo que vende.

Ya casi se va el sol, y la brisa de Punta del Este refresca el balcón. Estoy pensando en lo falsificado del glamour latinoamericano cuando me traen una copa de champaña. Eso sí, antes de hacer el brindis del atardecer, primero debo poner este punto final.

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