Al final de esta columna le pego una bofetada a Ernest Hemingway. Se la pego a un costado de su cara, entre la oreja y la mejilla izquierda. Pero eso sucede al final de esta columna, que parte ahora, cuando quedan pocos minutos para comenzar a correr en San Fermín, la famosa fiesta de Pamplona, España, donde sueltan a los toros por las calles mientras el resto corre para no morir de una cornada.

Son las siete de la mañana y a los que vamos a correr nos tienen encerrados, atrapados entre dos puertas, mientras por parlantes dan indicaciones en varios idiomas por las medidas de seguridad (si te caes al suelo tápate la cabeza con las manos, nunca toques a los toros, no te subas a las barandas mientras corres). Hay algunos corredores que recién se levantan, para correr más despiertos, y casi todos son estadounidenses que traen zapatillas especiales, camisetas alusivas al viaje, chapas de San Fermín, y que han llegado todos en tours organizados con varios meses de anticipación. Sin embargo, la mayoría de los que vamos a correr no hemos dormido. Durante toda la noche el centro de Pamplona es un desfile interminable de fiestas, bares bailables, carnaval por las calles. La bebida que más se consume es calimocho (vino tinto y Coca-Cola), y con un par de litros de calimocho repartido en toda la noche ya estás en condiciones de bailar hasta que sale el sol, y de correr, a toda prisa, por donde sea.

Mientras estamos en el encierro previo, la Policía va sacando a los corredores que apenas se mantienen en pie por la borrachera. También está prohibido lanzarse a la aventura con cámaras de foto, pero las casas fotográficas del ayuntamiento tienen un despliegue de fotógrafos por todas las calles, y después de la corrida puedes ir a las tiendas y por diez euros llevarte tu foto cerca de los animales.

Antes de largar hay nervios. Muchos nervios. Por los parlantes se indica que ya estamos a punto de comenzar la carrera. Los que estamos acá abajo somos pocos, y la mayoría de los visitantes sensatamente ha preferido ver la escena desde tranquilas tribunas o desde los balcones de las casas que se arriendan a los turistas durante el encierro.

Un bombazo anuncia que han soltado a los toros, que ya vienen hacia nosotros, entonces todos comenzamos a correr desesperadamente hacia adelante. A correr sin importar si pisamos a alguien en el camino. A salvarse quien pueda. Por momentos, esto parece una metáfora de la vida que nos quieren hacer vivir: sálvate sin importar cuántas cabezas aplastes en el camino.

La carrera termina en la plaza de toros de Pamplona, pero para eso falta mucho. Unos pocos minutos, que aquí parecen un siglo. Y sigues corriendo. El grito es ensordecedor. De los balcones lanzan papel picado y sobre tu cabeza cae una lluvia infinita de flashes. Las cámaras de Televisión Española despachan en directo, como todos los julio de cada año, las imágenes al mundo. Y sigues corriendo. Corres mirando hacia atrás. Corres como un ladrón de carteras del D.F., como un roba collares de Bogotá, como un roba estéreos de Buenos Aires. Corres de los toros. Que ya se sienten. Cada vez más cerca. Se escuchan, porque traen en el cuello unas campanitas que anuncian su presencia policial. Corres como nunca corriste en tu vida. Tus piernas corren más veloces que lo que les estás ordenando. Estás en San Fermín, los toros te pasan a pocos centímetros, el latido de tu corazón te parte la cabeza, y sientes miedo de verdad.

Cuando entras corriendo a la plaza de toros, te recibe un estadio lleno de gente vestida de blanco y pañuelos rojos que te aplaude a rabiar por lo que acabas de hacer. Miles de personas sentadas en las tribunas, que esperaron pacientemente la muerte de alguno de nosotros, y que ahora te lanzan vítores y disparan fotos.

Cuando termina la carrera, en la plaza de toros sueltan unas vaquillonas para que los corredores se entretengan jugando a ser toreros. De los litros de calimocho ya no queda nada, mágicamente, todo se ha ido con la adrenalina de la corrida. Sin embargo, aunque ya han pasado unos minutos del fin, te sientes eufórico, con ganas de gritar al cielo, y gritas, gritas como si estuvieras en la mitad de un desierto abandonado, gritas en el centro de la plaza de toros de Pamplona un mes de julio durante los san fermines, gritas con los puños apretados, sueltas, aflojas, botas.

A la salida de la plaza de toros, una enorme estatua de Ernest Hemingay le hace un homenaje al escritor que hizo famosa mundialmente la fiesta de San Fermín, y las carreras escapando de los toros. El escritor rudo, de puño cerrado, que le contó al mundo lo que era escapar de toros sueltos por la mitad de las calles. Y ahí estaba Hemingway, mirando cómo salíamos todos los corredores. Entonces, me subo a la estatua de mi admirado Ernest, aún con la adrenalina controlando cada uno de mis movimientos y con la exaltación de sentirme por unos minutos un superhéroe. Me acerco a su cara y le doy una bofetada. "Fuiste un marica, nunca te atreviste a correrla de verdad", le digo mirándolo a los ojos, antes de irme a buscar un nuevo calimocho para continuar la fiesta.

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