A la hora de viajar, todos lo hacemos más o menos igual. Puede ser una tortuosa travesía en camello o un vuelo rápido en First Class. Lo que más nos ocupa es llegar bien a un destino, que los inconvenientes no arruinen el traslado y que nos reciban bien cuando volvemos a casa. Esa ridiculez estaba pensando cuando se apareció por el pasillo una rubia con ropa ajustada y boca de muñeca inflable. El avión entre Barcelona y Madrid estaba por despegar. La mujer revisó el número de su ticket y sabiendo que muchos la mirábamos, se acomodó lentamente en su asiento. Nos separaban el pasillo y unos pocos centímetros. Su cara me resultaba conocida. Aún no sabía que ella era Victoria Lanz.

Cuando contestó una llamada telefónica con acento venezolano y dijo que el festival había estado "chévere", se me aclaró el panorama: apenas dos días antes finalizaba una nueva versión del Festival de Cine Erótico de Barcelona. Y ahora yo estaba viajando con una pornostar.

Cuando dan las instrucciones en caso de emergencia, la estrella porno pone poca atención y se dedica a mandar un último mensaje de texto antes de apagar su teléfono celular. Se amarra el cinturón de seguridad de manera automática, y luego se peina distraídamente. Más que estar en el avión, parece estar haciendo un trámite aburrido.

Más tarde sabría que Victoria Lanz es la actriz porno venezolana más famosa. Que tiene una verdadera legión de seguidores en su país y en España. Que ha filmado películas en Europa, Latinoamérica y Estados Unidos. En el avión, solo veía un escote a punto de estallar, unas botas de taco altísimo, un pantalón ajustado y un rubio platinado que parecía tener luz propia. Su perfume se olía varias filas de asientos a su alrededor y las mejillas iban cubiertas de una capa de polvos de maquillaje, como suele viajar cualquier mujer que trabaja frente a las cámaras.

Cuando el avión despega, la pornostar se persigna como cualquier egresada de colegio de monjas. Cierra el ritual chocando las uñas plateadas de su mano derecha con esos labios redibujados por un cirujano adicto al colágeno. A medida que tomamos vuelo intenta dormir, pero no lo logra. Imagino que no es sencillo conciliar el sueño siendo parte del mundo triple X y dejando atrás el festival del cine erótico de Barcelona, con fiestas famosas en toda la industria.

Cuando el avión toma velocidad crucero, la estrella porno reclina el asiento y comienza a mirar la revista del dutyfree. Se queda en la sección de los perfumes, mientras los vecinos de asiento la miramos a ella. Como una deportista más, la pornostar en viaje apenas pide un vaso de agua mineral sin gas. Se cruza insistentemente de piernas, incómoda, como si definitivamente lo suyo no fuera llevarlas cruzadas. Cada tanto vuelve a su peinado. Todo el que pasa a su lado la mira sin disimulo.

Uno de los momentos cumbres del viaje de una pornostar es cuando va al baño. Se desenreda del asiento aparatosamente y parte junto a su cartera, donde todos quisieran creer que lleva algún juguete de pilas. Su desfile no pasa desapercibido, y atrae las miradas, como las estrellas los reflectores. Las azafatas miran a la pornostar. Ella no mira a las azafatas.

En los viajes todos disimulan su actividad. El tipo de corbata tan bien sentado puede ser un cruel negociante que no trepida en cortar cabezas para salvar los números. O aquel universitario puede ser un asesino serial camino a su último golpe. La madre ecuatoriana que carga a un hijo en brazos puede ser una burrera, con el estómago repleto de cápsulas de cocaína. La pornostar, en cambio, durante todo el viaje, es la pornostar.

Victoria Lanz vuelve con nuevo color de labios, como cualquier señora bien que se pinta en el baño cuando comienza el aterrizaje. Si las cifras que se manejan en la industria son ciertas, en los últimos dos meses la pornostar ha tenido sexo con más personas que todas las que vamos en el avión: incluidos los pilotos. Aunque de las azafatas también se dicen cosas parecidas.

Cuando las ruedas del avión golpean la pista, algunos aplauden. La pornostar jamás. Apenas dan la señal de soltar los cinturones, ella vuelve a encender su celular. Se pone a escuchar mensajes de voz, como lo hace cualquiera ejecutiva importante después de un viaje en avión.

Cuando salimos del avión, ella avanza rápido, haciendo sonar sus tacos frente a la mirada atónita de los policías españoles. Uno de ellos parece haberla reconocido de la señal erótica del cable. De alguna última película porno. Teniendo sexo de diferentes maneras, en alguno de esos sets con cama grande, donde Victoria Lanz cumple su trabajo de oficina entre viaje y viaje.

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