La carretera más extraña por la que he conducido es la que conecta el aeropuerto de Reykjavik con la ciudad. El paisaje está compuesto por montañas, mar y ríos, ¡y ríos de lava! (la actividad volcánica aquí es tremenda). Las estaciones también lo dejan a uno loco. En invierno el sol no se asoma, solo se ve en el horizonte una pequeña luz que sale a las once de la mañana y se esconde a las tres. Es como una noche perpetua que dura varios meses bajo una temperatura de menos diez grados. El peor mes es diciembre. Duermo todo el día, el cuerpo no responde y la energía es bajísima. Lo único que da ganas de hacer es ver cómo el cielo se vuelve verde, morado, de todos los colores, por culpa de fenómenos atmosféricos que solo se dan aquí. Durante el verano es todo lo contrario. Hay luz las 24 horas del día y tenemos calor, lo que significa un máximo de quince grados centígrados. En esos meses me toca dormir con antifaz para no desvelarme.
La gran diversión es ir a una playa que tienen que aclimatar con agua caliente o visitar clubes como Nasa o Capitol.
Cuando uno decide irse de rumba -como no hay casi niñeras, toda la gente lo hace acompañada de sus hijos, no importa lo pequeños que sean-, lo mejor es comprar una botella de vodka por US$40 en una licorera, a las que aquí se les llama el 'gobierno'. La idea es llegar 'prendido' a los sitios porque el trago es carísimo: un coctel puede valer mil coronas, lo que equivale a US$13; una cerveza, US$10. Claro que un salario mínimo en Islandia es una cosa desproporcionada, porque una persona que lava platos en un restaurante puede hacerse al mes US$2.000. Y aquí todo el mundo trabaja, no solo por la buena paga y las oportunidades, sino porque de lo contrario uno es visto como un flojo o un enfermo.
En cuanto a la comida las cosas también son bien particulares. En la casa de mis suegros (estoy casada con un islandés, no habría otra explicación para mi vida aquí) sirven cabeza de oveja hervida de la que uno debe comer los cachetes, los ojos y la lengua. Yo nunca he podido con eso. Lo que sí me gusta es el slatur, una especie de morcilla de oveja.
Hasta ahora este sitio no suena muy atrayente pero para una mujer embarazada puede ser el paraíso. Después de que tuve a mi hija me dieron en el trabajo seis meses de licencia paga (recibía el 80 por ciento de mi sueldo) y a mi esposo le concedieron dos. En ese tiempo aprendí a querer este lugar por la razón más importante de todas: aquí soy feliz con mi familia. A pesar de que la población de ovejas sobrepase a la de seres humanos, de que no se consiga yuca y de que se coma a todas horas pescado hervido y papas sin sal.

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