Los poetas antiguos llenaron a la pobre luna de nombres impedidos y de analogías infames con la muerte, la infidelidad y la infecundidad. Los románticos, aficionados a ladrarle a la luna, la plagaron de velos y natas de significados imprecisos y lánguidos como sus lágrimas. Pero no tiene nada de malo ladrarle a la luna. Es un ejercicio inofensivo, tolerable. Los vanguardistas, tan ansiosos por parecer modernos, la asociaron con paisajes cubistas: azoteas, hidroeléctricas y cajas de zapatos.
Digamos en defensa de los poetas del pasado que su ladrar milenario anticipó, en todo caso debió estimular, la conquista del frío peñasco por los astronautas. Y tuvieron la dignidad de cambiar de tema cuando los norteamericanos la violaron con el asta de su bandera y se pusieron a brincar sobre su superficie vieja y empolvada como sobre una república bananera.
La única lágrima posible en el poema de hoy es lágrima ascendente de la coma. Y la única luna, en estos tiempos de la muerte de la poesía, la oscura del punto final.
Gurdjieff, un filósofo ruso que infectó a Europa con la estrambótica teoría de que estamos dormidos pero podemos despertar, afirmó que la luna está viva. Y que se alimenta con nuestros sufrimientos. Las guerras serían la compensación por el dolor consciente que le negamos.
El lenguaje ofende cuando dice que alguien vive en la luna. Es una expresión inadecuada. ¿Cómo definir al habitante de la luna? Una cosa es vivir en una luna de hielo de Saturno, otra en una luna de ácido sulfúrico de Júpiter, y otra la luna de miel que es la forma rosa de trasladarse transitoriamente a la luna de San Andrés, Cartagena o Mónaco. No son la misma luna.
Vivir en la luna no es tan solo una forma del despiste. Conocí a una mujer que se pasaba la vida debajo de la cama y escarbando en el lado oscuro de los escaparates, volteando cajones, haciendo vomitar sus carteras en busca de unas llaves, una cuenta, un pasaporte, un diente. Y sin embargo no vivía en la luna. A veces, cuando se quedaba embebida en algún amor secreto y sucio de su infancia, o en el crucigrama del periódico, esa forma de limbo, daba la impresión de vivir en la luna. En realidad estaba sumergida en un medio acuoso. Parecía vivir en la luna. Pero estaba tan lejos de la luna como Dios y William James y George Bush.
Vivir en la luna no es un defecto. También es un privilegio. Y hasta un signo del genio. La relación de la luna con el talento y la sensibilidad es evidente. Muchas cifras de la inteligencia humana fueron inquilinos del enigmático, blanco satélite. Kant, por ejemplo, la regularidad de cuyas costumbres recordaba la luna. Y Einstein, de quien cuentan que era necesario parar el tráfico de su vecindad para que herr profesor profesara sus propincuas caminatas matinales con medias de distintos colores.
En adelante todos los sabios, en especial los físicos de la posmodernidad, dejan enfriar cigarrillos empezados por todas partes y llevan la camisa sobre la chaqueta o hablan por teléfono con sus emparedados.
Vivir en la luna no es el autismo, la catatonia, la torpeza motriz o la simple fuga del estar ido. Es una experiencia del espíritu que nos permite la conciencia sutil del paralelo y el terror de enfrentar al gemelo que nos piensa, sin escapar por completo de la leyes de la gravedad de existir, sin renunciar a la hospitalidad de los espejos como los que viajan en cuerpo astral, y sin caer en la ausencia del no ser, o en los desórdenes de la crisis de identidad. Tiene además otras ventajas. Entre las cuales sobresalen la invulnerabilidad ante las ofensas del prójimo y la estéril envidia, y la capacidad para disfrutar de la soledad, el silencio y la carencia de propósitos.
Un amigo mío, estudiante de yoga, leía en varios idiomas que ignoraba de pe a pa. Y escribía en consecuencia en un sobrio castellano embebido de equívocos semánticos, frutos de sus distracciones, tal vez. Usaba la halitosis espantosa propia de los políglotas inconscientes y los comedores de ajos, que compartía con sus vecinos por medio de bostezos asnales. Y sin embargo tampoco vivía en la luna, como muchos creyeron. Porque además, para vivir en la luna no bastan la cháchara de la dieta ni las teologías de los arios.
Cada cosa tiene su sombra. Vivir en la luna también tiene sus inconvenientes. Es ridículo descubrirse metiendo los zapatos en el refrigerador. Tratando de convertir una corbata en una media. O regresar a casa del supermercado a donde fuimos por bombillos y pan, con una impensada botella de ron. Unas toallas higiénicas, cómicas en un viudo consuetudinario, y un pan de granos, que te salva de la desesperación de la santidad de habitar en la luna. Y vuelves al supermercado. Y terminas lustrándote los zapatos junto al puesto de la florista, azucenas, claveles y lirios. Azucenas, claveles y lirios que acabarán pudriéndose en un lavamanos mientras buscas el florero azul que lleva una mano crispada. En la otra un abrelatas que nadie sabe cómo paró ahí.
Vladimir Nabokov, en una novela ejemplar del mejor humorismo ruso, titulada Pnin, hace un retrato compasivo de un viviente en la luna. El profesor Timofey Pnin demuestra que vivir en la luna es también vivir una esencia de las cosas. Y que en el fondo los otros, los mundanos, los pobrecitos que se precian de tener los pies sobre la tierra y que miran con ojos de superioridad a quienes pretendemos vivir en la luna, porque jamás se consigue la maestría en el arte, no son más que instrumentos nuestros, nuestras pruebas contra la conciencia estragada del mundo como eficiencia y codicia, y la confirmación de nuestro derecho a vivir donde nos da la gana. En cualquier parte, como dijo Baudelaire, siempre que sea fuera de este mundo.

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