Antes de asomar el sol en estos parajes, hacia las 4:30 de la madrugada, abro el ojo. Todavía no se mete la luz por entre las brechas del techo de caraná de mi maloquita de paredes de asaí y piso de ripa. Alumbrando con una lámpara de kerosén cojo mis materiales de pesca: las varas, la mallas, los anzuelos, la flecha y el arco; salgo de la casa buscando la orilla del río; achico con la totuma y pongo las cosas en el fondo de la canoa. Después me acomodo en la proa y comienzo a avanzar con mi remo, golpeando el agua sin salpicar y sin hacer bulla.
Voy río arriba por la orilla que lleva menos fuerza. Hay mucha neblina y cuando llego a la bocana del lago ya ha amanecido. Tengo que remontar la correntada y me dirijo hacia las palizadas. Tiro las mallas por ahí y pican algunos dormilones, palometas y bocachicos. Hago una buena pesca para comer. El día ya entró con sonidos de micos, tucanes, guacamayas, águilas y gavilanes que buscan su alimento también.
Ya llegando al puerto de vuelta miro cómo mi mujer, María, me espera con una bandeja para alistar mi sarta de pescado. Se lo entrego y subo a la casita ubicada entre las últimas de la comunidad. Entro y encuentro el fogón ya prendido, me preparo un café y voy a la hamaca a fumar un tabaco. Mientras tanto llega mi compadre Yavico a convidarme a la minga para labrar una canoa. La minga es un trabajo comunitario que se utiliza por los pueblos de la Amazonía y otros indígenas para la elaboración de una casa, una chagra, una canoa. Acepto la invitación después de compartir con Yavico el caldo de pescado con plátano y yuca que preparó María. Los pescados más grandes los asó y los guardó para más tarde.
Después de afilar el machete y las hachas nos vamos a trabajar en la minga. A eso de las 10:30 nos encontramos con los demás hombres y las mujeres, y nos vamos al lugar en donde está el tronco para hacer la canoa. Yavico tiene escogida una troza de madera muy fina de Achapo. Llevamos una ollada grande de masa de chontaduro para la chicha y dos gallinas para el almuerzo después de terminar la jornada. En agradecimiento, el dueño de la minga siempre invita a comida y chicha y a veces terminamos en una gran fiesta si el masato está fuerte.
Trabajamos cuatro horas sin parar con dos cavadores hasta que le dimos la forma a la canoa por fuera, y por dentro avanzamos con buen ritmo en la caleta. Ya como a las 3:30 de la tarde nos llaman las mujeres para almorzar con sancocho de gallina. Después del almuerzo regreso a mi casa porque tengo un partido de micro casado con los jóvenes de la comunidad. Apostamos un galón de guarapo y un timbo de chicha de yuca para el fin de semana. Jugamos dos partidos como hasta las 5:30 y perdemos el primero. El segundo se va a penales y también lo perdemos. Es un martes y estamos a tiempo para que el masato y el guarapo estén bien fuertes el sábado.
Después de la derrota bajamos al puerto a nadar en el río. Nos refrescamos un poco y luego cada uno coge para su casa. Para entonces ya ha caído el sol y la noche llega con el canto de las chicharras, los grillos, y las ranas pidiendo la lluvia. Estamos en una semana de verano. Me cambio de ropa y prendo una lámpara. María me tiene la cena lista, pero estoy muy lleno. Hablamos un poco y me muestra lo que ha hecho durante el día.
Antes de dormirme le cuento a María de mi día y al mismo tiempo escuchamos noticias en un radio viejo que tengo. Luego acomodamos bien el toldillo y así se acaba para mí un día más en la selva del Amazonas, donde nací.

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