El lugar donde vivo flota sobre el mar Caribe, tiene el tamaño de una cancha de fútbol y está asegurado por anclas tan grandes como un edificio de cuatro pisos, compuestas por eslabones por donde cabría un carro. Aquí se consume la energía suficiente para una ciudad de 30 mil personas a pesar de que solo lo habitamos 80; sostenerlo cuesta novecientos millones de pesos al día y el mandamás gana en una jornada cinco millones. En este sitio las mujeres no existen, los hombres no podemos llevar barba (en caso de un accidente las máscaras de que disponemos no surtirían efecto si se ponen sobre una cara peluda), solo tenemos un restaurante, la ropa nos dura muy poco a causa del petróleo y el diesel, los cigarrillos son los objetos más preciados y no olemos nunca un perfume. En el día, el azul del cielao no se distingue del azul del mar y por las noches la oscuridad envuelve todo alrededor.
Mi trabajo es simple: estoy encargado de que este lugar no vuele en pedazos. Para ello tengo que supervisar en las noches los niveles de gases a través de cinco monitores durante doce horas seguidas (me despierto con el atardecer y me acuesto con el amanecer). Lo hago desde mi oficina, una especie de container presurizado a prueba de todo. Sólo para llegar aquí tuve que tomar una cantidad de cursos que incluían cómo sobrevivir a un accidente en helicóptero, saltar al mar desde una altura de 50 metros y no dejarse comer por peces peligrosos, y desde el primer día que puse un pie sobre esta torre llevo un arnés atado al cuerpo que evita que caiga al vacío.
Durante los dos años que llevo viviendo aquí me han evacuado cuatro veces en helicópteros como los que utilizaron en Vietnam y sobreviví a un huracán que pasó por el Golfo de México arrasando con todo. Además, soporté una semana entera entre la inmundicia: las cañerías se taparon y solo siete días después llegaron los técnicos encargados de repararlas, y he visto cómo bandadas enteras de pájaros extraviados se estrellan contra las estructuras de metal y amanecen muertos sobre el piso.
La mayoría de mis compañeros son rednecks, típicos obreros gringos musculosos que se divierten viendo por televisión programas de caza, especiales de música country y la Nascar Racing, o pescando atún. Vivir aquí es como vivir en un hotel-prisión. Siempre estoy rodeado de machos, no existe intimidad posible, mis llamadas y correos electrónicos son monitoreados sin falta y no hay posibilidad de escapar, de capar trabajo, de dejar tirado el puesto, de irse a cine o caminar en línea recta más de 100 metros. Lo bueno es que cada mes dejo este sitio. Trabajo treinta días y descanso los siguientes treinta, lo que significa que de los doce meses del año tengo seis enteros para mí, y me pagan muy, pero muy bien. Tanto así que me voy a quedar otros dos años aquí, en medio de la nada.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.