Esto que tengo no es un cuerpo, es una bola amorfa de grasa, una marioneta rudimentaria que desempeña, apenas, las prestaciones más elementales. Esto que tengo no es un cuerpo: cuerpo es lo que tienen ellos, esos negros fibrosos, musculosos, vergudos, esas mujeres tetonas, culonas, piernudas que se mueven a oscuras, se balancean en la disco-galpón desbordada, todos pegoteados, apretados, sudados, incansables, sincrónicos en ese porno reggaetón inacabable, ese perreo cópula enloquecido, frota que te frota, culo contra pinga, espalda contra pecho, rompe, rompe, bring it down, bring it down, rompe rompe, el olor de los cuerpos, el olor a sexo, a tabaco, el humo, el sudor de cerveza, los vahos de alcohol, rompe rompe embisten rebotan rompe rompe uno dos uno dos bring it down hace calor bring it down mucho calor en Capurganá rompe rompe aquí el que no sabe bailar está perdido rompe rompe es un testigo bring it down un espectador un gringo alguien de afuera que mira como yo, que no puede hacer otra cosa que beber y mirar a los demás, ven vamos a bailar me invita Dinorah la morena y en cuanto observa mis movimientos espásticos se arrepiente, desiste en segundos y me dice desilusionada casi ofendida no sabes bailar, qué haces aquí, aquí no se puede no saber bailar, eso dice Dinorah y en seguida toma de la mano al más alto de los muchachos que sirven tragos en la barra y me dice anda deja que él te enseñe y pretende que me quede mirándola frotarse gozar con él rompe rompe bring it down ves qué fácil la risa burlona de ella la compasión del bailarín que me guiña un ojo y luego me regalará un trago humillante bring it down bring it down que aceptaré para olvidar la pena del desprecio de la morena, la torpeza motriz que me hace sentir Stephen Hawking en los juegos olímpicos.

Pasamos el día entre la arena blanca, el agua transparente y mansa, las islas y bahías que se ven desde la playa, el pequeño centro comercial de la calle empedrada El Comercio, donde venden artesanías y cosas para turistas. Comemos en las afueras de una casa de familia, que hace unos pesos extra poniendo mesas y sillas en la calle y cocinando para los visitantes caldo de pescado, carito con ensalada y popocho, arroz de coco y, para beber, limonada casera.

Nuestra recorrida nocturna nos lleva a bailar en lugares como este galpón y luego, para despejarse, a tomar algo en el pequeño pub que está pegadito al mar, donde pasan otro tipo de música, digamos, Soda Stereo, The Cure, el pequeño pub ochentoso donde no tiene mucho sentido quedarse del lado de adentro, en la medida en que uno puede llevarse su cervecita y tomarla frente al mar, porque total la música se escucha desde afuera, y después regresar caminando despacio por la playa, bien despacio, porque la habitación del hostal El Delfín es bien barata, diez dólares, pero uno preferiría que el baño tuviera puerta y no cortinas. De cualquier manera, no hay de qué quejarse, porque nadie llegó hasta aquí para encerrarse en una habitación. El problema serio es el ventilador de techo, que con este clima no nos sirve para nada, no nos hace ni cosquillas a quienes no estamos acostumbrados a este calor sofocante, a quienes pisamos el Caribe por primera vez en nuestras vidas.

Capurganá es tan lindo que sentimos que todas las peripecias de nuestro viaje que arrancó en Buenos Aires en el bus El Ormeño tienen un sentido, en tanto terminamos llegando a un lugar como este. Pero como dice una canción de Vox Dei, todo concluye al fin, nada puede escapar, y siempre que llegamos tenemos que irnos, porque así es esta travesía que emprendimos, cuya escala final es Tijuana, México, donde Bush y los suyos dicen hasta aquí llegaron, ni se les ocurra cruzar sin permiso porque los mato.

No hay carreteras entre Colombia y Panamá: la ruta panamericana se interrumpe en Turbo y hay que hacer malabares como los que estamos haciendo nosotros para poder seguir: lancha desde Turbo a Capurganá, lancha desde Capurganá hasta Puerto Obaldía (Panamá), inevitable avioneta desde Puerto Obaldía hasta la Ciudad de Panamá. La otra opción es ir desde Capurganá a La Miel, pero los vuelos desde La Miel son menos frecuentes y más caros. En el sur de la república de Panamá está la selva del Darién, que abarca casi la tercera parte de la superficie del territorio panameño. Construir el tramo faltante de la carretera es una decisión política cuya complejidad excede en mucho el espacio de estas líneas. Enunciaré, al menos, los puntos básicos de un debate que lleva más de un siglo. El día que esos 108 kilómetros se construyan, si es que alguna vez se construyen, la ruta panamericana estará completa, desde Alaska hasta la Patagonia. Álvaro Uribe y el presidente panameño, Martín Torrijos, están de acuerdo en que se haga, pero a pesar de ese respaldo político, la ruta no se ha hecho hasta ahora. Quienes están a favor en los dos países mencionan la integración entre los pueblos, los evidentes beneficios para el comercio y el turismo. Quienes están en contra son los grupos ambientalistas panameños, que consideran que la ruta afectará a la biosfera (el Parque Nacional del Darién es el bosque tropical más grande de América Central), las comunidades negras que viven en la cuenca del río Cacarica y las comunidades indígenas que viven en la selva, que sostienen que el proyecto afectará sus vidas de un modo atroz. En cuanto a la posibilidad de que se refugien en el Darién los narcos, las Farc, los paramilitares, etc., los que están a favor de la ruta opinan que la carretera generará nuevos controles y entorpecerá las actividades ilegales, y los que están en contra entienden que les facilitará los movimientos.

Mientras los gobiernos y los pueblos se ponen de acuerdo, o no, proseguimos adelante con nuestro recorrido. Un señor en Capurganá me comenta que no hay nada más maravilloso que recorrer a caballo esos 108 kilómetros sin carretera: de ese modo conoció a su esposa, que vivía en una comunidad en el Darién. Ahora viven juntos, no recuerdo si en Cartagena o en Barranquilla. Aunque ya tenemos mujeres, ojalá tengamos algún día la ocasión de hacer ese tramo ecuestre. El día que el director de SoHo considere encargarle la misión a alguien, me encantaría que nos tenga en cuenta. En cuanto llegamos a Capurganá, la gente de migraciones, pura amabilidad, nos sella la salida de Colombia, nos avisa que el sello tiene una validez de tres días, y nos aconseja viajar ya a Puerto Obaldía, a fin de reservar nuestras plazas en la avioneta y volver, porque si no reservamos los pasajes con antelación corremos serios riesgos de quedarnos varados en Capurganá. Para ahorrar dinero, Juan Manuel permanece en Capurganá y yo abordo la lancha hasta Puerto Obaldía. Esta vez no es una lancha con varios pasajeros sentados, un timón y todo eso, es más bien un bote con un motor de esos que se activan tirando de una piola, un motor de esos que se colocan en la popa, con un timonel que un marinero de pie va guiando y dos remos por si el motor llega a fallar. Le pido el pasaporte a Juan Manuel, para darle sus datos personales a la aerolínea, y parto, junto con Moisés y Nathali, una pareja de jóvenes viajeros que habíamos conocido en Turbo. Moisés es español; Nathali es de Sri Lanka. Se conocieron recorriendo el mundo: él se había peleado con una novia anterior e iba para México; ella no tenía novio ni rumbo fijo. Decidieron continuar juntos, sin otro compromiso que el de compartir la aventura, sin otra certeza que la conveniencia de dejar que el tiempo fluya. Ahora tienen un problema, digamos, financiero: casi no llevan efectivo y ni en Capurganá ni en Puerto Obaldía disponen de cajeros automáticos para hacer extracciones con sus tarjetas de crédito. No tienen más remedio que irse a la Ciudad de Panamá, a la que Moisés llama "Panamá City": en cuanto lleguemos allí, comprobaremos dolorosamente que la denominación es muy adecuada.

Durante el viaje, mientras el agua nos salpica, el marinero que conduce me reclama de mala gana que quite las manos de los bordes del bote, porque el agua que me rebota en las manos le pega en la cara y lo empapa. Yo me aferro porque estoy asustado, porque me pregunto qué pasaría si me cayera al agua, cuánto tiempo tardarían en recogerme, de cuánto me serviría el chaleco salvavidas que llevo puesto, qué pasaría si este bote se diera vuelta.

Si a cualquiera lo puede abrumar la desproporción entre la inmensidad del mar y el tamaño del barco en el que viaja, si tantos escritores se han interrogado sobre la condición humana mientras estaban mar adentro, imagínense navegar por el Caribe en un bote, sentirse menos que una hormiga, digamos un átomo que podría hundirse sin que la naturaleza se dé por enterada. No voy a negar el miedo, pero hay otros sentimientos que son mucho más intensos que ese miedo: quiero decir, estamos en la frontera entre el mar y la selva y hay que ser ciego y frío para no conmoverse ante este paisaje increíble. Claro que, cuando está todo bien, siempre aparece alguien con la intención de joderle la vida al prójimo. Apenas el bote amarre en Puerto Obaldía lo conoceré.

La revisación en la aduana es breve, casi una formalidad, porque no vengo para quedarme, llevo apenas una mochila. En la oficina de Aeroperlas me dicen que no tienen lugar para el vuelo del día siguiente, que si quiero nos pueden poner en lista de espera, pero que antes de anotarnos debo pasar por migraciones. Allí viviré una especie de pesadilla en las garras de un burócrata.

Camino unos pasos hasta la oficina de migraciones. Todo está cerca en este pueblo. Osmán Vaz me impedirá conocerlo en forma. Cuando llego, al mediodía, Osmán está cerrando la puerta de su despacho. Aunque parezca mentira, se toma tres horas para comer y dormir la siesta mientras la gente se va acumulando en la puerta de su oficina. Es un hombre pequeño y jodido, uno de esos tipos dispuestos a hacerles sentir a los demás que los tiene en un puño y que disfruta de su pequeño poder. Él va a decidir si entramos o no en Panamá y está dispuesto a vender caro su permiso.

A las 15, Osmán regresa con un muchacho que parece su ayudante. El muchacho me pide el pasaporte, anota mi nombre, me pregunta cuándo voy a viajar, le digo mañana, me pregunta si esta noche pernoctaré en Puerto Obaldía, le digo que no. Llama a su jefe. Osmán me interroga.

—¿Tiene su vacuna contra la fiebre amarilla?

—Sí, señor.

—¿Tiene 500 dólares que mostrarme o que pueda acreditar?

—Sí, señor.

—¿Tiene su pasaje de salida

—No, señor. Todavía no tengo el pasaje de entrada.

—Tiene que tener su pasaje de salida. Si no, no puede entrar en Panamá.

—Es que cómo iba a tenerlo, si era imposible saber cuándo llegaría aquí.

—¿Adónde va después de Panamá?

—A Costa Rica.

—¿De qué modo va a salir de Panamá?

—Por la compañía Tica Bus.

—Entonces se puede comunicar con Tica Bus y le envían su pasaje de salida.

—Señor, no me puedo quedar aquí hasta que llegue mi pasaje de salida.

—No es mi problema. La ley es la ley y está para hacerla respetar.

—Es que soy periodista, estamos recorriendo Latinoamérica por tierra y...

—Si usted es periodista, debe saber que para ejercer su profesión en mi país tiene que pedir una autorización al ministerio del Interior...

—No lo sabía, señor.

—¿Qué le pasa señor, está molesto?

—...

—¿Por qué tiene otro pasaporte encima? ¿Usted pretende que le selle el pasaporte de una persona que no está presente?

—No, señor, yo no le pedí eso.

—¿De quién es ese pasaporte?

—De Juan Manuel, el fotógrafo que está trabajando conmigo.

—¿Y dónde está su compañero de trabajo? ¿Usted sabe que no puede estar en un país extranjero con un pasaporte ajeno?

—Señor, traje el pasaporte de mi compañero al solo efecto de brindarle sus datos personales a la compañía aérea.

—O sea que su compañero está en Colombia, indocumentado...

—Por favor...

—¿Están dispuestos usted y su compañero a pagar una custodia física hasta la llegada a la terminal de Tica Bus?

—Entiendo que sí. ¿Cuánto cuesta?

—10 dólares por persona.

—Está bien.

—¿Va a permitir que un agente de seguridad lo acompañe hasta que compre su pasaje de salida?

—Qué remedio...

(Toma mi pasaporte y lo sella).

—¿Por qué me sella el ingreso a Panamá si yo estoy regresándome ahora?

—¿Por qué no me avisó que se regresaba ahora?

—Su compañero lo sabía.

— (Mira a su ayudante) ¿Usted lo sabía?

—No.

—Yo se lo dije.

—No.

(Toma un sello que dice ANULADO, lo estampa sobre mi ingreso a Panamá.)

—Hasta mañana. Usted nunca ingresó a Panamá. Mañana veremos.

Cuando regreso a Capurganá, lo encuentro a Juan Manuel, de lo más feliz haciendo la plancha en el mar. A su alrededor, media docena de ninfas nadan, se ríen, se salpican entre ellas. Yo estoy al borde de las lágrimas; Juan Manuel, en el mejor de los mundos.

—¿Qué pasó que tardaste tanto?

—No sé si salimos de acá. Ese cabrón me volvió loco.

—¿Qué pasó?

Le cuento.

—Tranquilo, papá, va a estar todo bien —dice Juan Manuel, en perfecto estado zen caribeño.

Nos vamos al muelle a las seis de la mañana. Desayunamos café. Queremos algo frío, pero no hay energía eléctrica. Tenemos que estar temprano en Puerto Obaldía, porque no sabemos lo que puede pasar con Osmán Vaz y no sabemos si conseguiremos plaza en la avioneta o no. Al cabo de un rato de espera y un regateo durísimo, conseguimos un bote que nos lleve: en cuanto se pone en marcha, descubrimos que carece de chaleco salvavidas. Estamos jugados, ya no podemos bajarnos. Por alguna razón que desconocemos, el bote no amarra en el muelle sino un poco antes: entramos en Panamá caminando por el agua con nuestro equipaje. En Puerto Obaldía nos reencontramos con Moisés y Nathalí. Nos invitan a dejar los bolsos en la habitación donde se alojan, pero nos intercepta la dueña y nos aclara de muy mal modo que si queremos dejar los bolsos no se opone, pero que ni se nos ocurra usar el baño porque en ese caso deberemos pagar el alojamiento. Ahora Osmán está, no digo de buen humor pero sí más relajado que el día anterior, y nos dice que las normas son sencillas, que el problema es que los mochileros, muchas veces, se lanzan a la frontera sin conocerlas y bla bla bla. La palabra "mochileros" es, para él, un insulto. Osmán envía un mail a migraciones de Panamá para que nos asignen custodia física y nos sella el ingreso. Me pregunto si entiende cuán desagradable es entrar en un país sintiendo que uno no es bienvenido. Nos dirigimos a la oficina de Aeroperlas: todavía no sabemos si volamos o no, parece que están rebotando gente por exceso de equipaje. No nos podemos mover de ahí, porque si se nos adelantan y se cubre el cupo, nos quedamos afuera del avión. El trayecto tiene un costo de 120 dólares. Llegamos a creer que está todo perdido, y sin embargo nos llaman para embarcar nuestro equipaje.

Vamos a volar.

La avioneta es pequeña, sí, pero más pequeña aún es la pista, una especie de calle que tiene en un borde un cerro y en el otro el mar. Ante las circunstancias, me tomo una petaca de ron El Abuelo; Juan Manuel prefiere medio lexotanil. Así logramos la paz necesaria para salir de Puerto Obaldía. (Continuará...)

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