Apenas llegamos a Panamá City nos asignan una custodia física, o sea, un policía exclusivo para nosotros. La función de este policía es mostrarnos la puerta de salida. En otras palabras, la condición sine qua non para ingresar a Panamá es comprar el pasaje que nos sacará de Panamá y que el policía que nos acompaña esté presente cuando lo hacemos. Viajamos, entonces, a bordo de un patrullero, desde el aeropuerto hasta la terminal de buses de Albrook, y el policía que nos han asignado nos acompaña hasta la boletería del Tica Bus y se queda hasta que compramos nuestros dos pasajes a Costa Rica. Pueden quedarse, nos dice, son bienvenidos a nuestro país, no se lo tomen a mal, pero deben tener el pasaje de salida. Juan Manuel está molesto y le dice quédese tranquilo, vamos a irnos de aquí cuanto antes. El policía nos abandonará recién cuando se haya llevado sendas fotocopias de nuestros pasajes. Entre Osmán Vaz, el burócrata de migraciones que nos volvió locos en Puerto Obaldía, y el viaje en patrullero, decidimos que Panamá no es para nosotros. Las camisetas de fútbol, eso sí, son buenas y baratas, nos compramos las del Plaza Amador y la del San Francisco por cuarenta dólares, aunque no encontramos una sola persona capaz de decirnos cómo juegan esos equipos panameños. Nos alojamos en el hotel Veracruz, el más triste de los hoteles en una ciudad desierta: no hay un alma en la calle y no es solo porque sea domingo, no hay un alma porque hay un feriado nacional que dura tres días, un superferiado espantoso que todo nos lo impide. Comemos un bistec encebollado con plátanos maduros y un flan en el bar del hotel, compramos un diario en el lobby (los dos panameños que conocemos, Rubén Blades y Mano de Piedra Durán, están allí) y nos quedamos mirando fútbol argentino en nuestra habitación.

Al día siguiente, esperamos encontrarnos con la actividad febril del primer día hábil de la semana. Nada de eso: hay asueto hasta el mediodía, más o menos hasta la hora en que sale nuestro bus. Panamá sigue durmiendo y nosotros nos queremos ir cuanto antes. Nos subimos a un taxi para que nos lleve a recorrer el centro histórico, el Puente de las Américas y el Canal de Panamá. El taxista se llama Armando Luna y es un ex boxeador supergallo, diecinueve peleas en el amateurismo, dieciséis triunfos, tres derrotas, una maldita lesión en la muñeca le impidió ser campeón en el profesionalismo, le impidió ser el otro Mano de Piedra y lo condenó a ser, apenas, Armando Luna, un taxista que dice que lo mejor que le pasó a su país fue la invasión norteamericana de 1990. Los norteamericanos mataron mucha gente, dice, no le digo que no, claro que mataron mucha gente, pero en la época de Noriega no se podía andar por la calle, los militares se le subían al bus y lo maltrataban porque sí y si lo querían robar lo robaban, y los americanos trajeron orden y fíjese, ese complejo hermoso, era una base que ellos tenían, y quedó para nosotros, y los mejores edificios públicos fueron, antes, bases de los americanos, mire, eso es la universidad y era una base de ellos, porque los americanos, señor, saben hacer las cosas, porque yo, señor, le digo que este país es lo que es gracias a ellos, gracias a los americanos. Ellos construyen un edificio, construyen un automóvil, construyen lo que sea y usted sabe que está bien hecho, en cambio si lo construimos nosotros no, usted sabe que puede fallar, pero ellos no fallan, por eso los norteamericanos son lo que son en todo el mundo, señor.

Nuestro viaje empezó en Buenos Aires y terminará en Tijuana: queremos tocar el muro de Bush, toparnos con la evidencia física del final de América Latina y el comienzo del mundo gringo. La ciudad de Panamá nos desconcierta: sentimos que estamos en una especie de barrio latino de los Estados Unidos, y don Armando Luna es en gran medida responsable de esta sensación arbitraria, pero bien real. Si en todos los países que atravesamos hasta ahora hemos sentido que hay algo así como un sentido de pertenencia a un espacio común y que son muchas más las cosas que nos unen que las que nos separan, en nuestro brevísimo paso por Panamá hemos sentido otra cosa bien distinta. No podemos atribuirle a un burócrata, un policía y un taxista admirador de los yanquis y sus invasiones la representación de todo el pueblo panameño, pero son estos los panameños que nos han tocado en suerte y de aquí nos queremos ir cuanto antes.

Y nos vamos a Costa Rica en el Tica Bus, un bus que atraviesa desde Panamá hasta México (todos los países, exceptuando Belice), y este primer viaje de Panamá hasta San José de Costa Rica dura dieciséis horas, más o menos catorce bajo la lluvia, una parada para comer en las afueras de la ciudad, otra, obligatoria, en la frontera, un tormento salir de la base, digo de la república de Panamá, pero en Albrook, antes de subir al bus, conocemos a Lorena, guatemalteca, auxiliar de enfermería, y la más discriminada de todo el viaje, discriminada por portación de Guatemala. Lorena es la única guate del bus y a su salida de Panamá y a su entrada a Costa Rica le sucederá lo mismo: los oficiales de migraciones de los dos países la enloquecerán.

A la salida de Panamá me preguntaron hasta lo que comí, dónde estuve hospedada, me registraron todo, todo, y me entrevistaron tres personas distintas. Que cuándo había ingresado al país, que dónde había estado, con una amiga, que cuánto tiempo estuve con ella, que dónde fui a comprar, que cuánto llevaba en mercadería aproximadamente, y me revisaron todo, todo pero todo... Tal vez podría aceptar un poco de interrogatorio o un poco de revisación, pero lo peor es que si uno hace algún gesto, o demuestra que le molesta o que se siente intimidado, es mucho peor, pero conmigo exageraron... Finalmente me dejaron pasar, más allá del mal momento y de la tardanza no pasó nada.

Cenamos en un bar a mitad de camino entre un departamento de migraciones y el otro. Un empleado del Tica Bus lleva encima los pasaportes de todos: es cierto que así ganamos tiempo, que no hay que preocuparse, etc. Pero de noche, en ese lugar, con el pasaporte en manos ajenas, es difícil relajarse. Cuando uno viaja en avión los trámites migratorio-aduaneros son mucho más elegantes, mucho más cool, nadie quiere que nadie pierda el tiempo y uno pasa por ventanillas asépticas, mucha luz, bienvenido, por aquí, pase; cuando uno viaja por tierra, en cambio, las fronteras son el lugar donde cualquier cosa puede pasar, el territorio de la indefensión. Y si no que lo diga Lorena, ahora del lado costarricense, donde otra vez tardan más tiempo en revisar los equipajes de ella que en revisar los de todos los demás pasajeros. La tienen veinte minutos, media hora, tal vez, sospechamos que no pasa, que van a encontrar una excusa para bajarla del bus. Observamos la escena de los tipos que la interrogan al aire libre, no sabemos de qué hablan pero se nota que la situación es tensa. Cuando empezamos a hacer apuestas sobre su destino, la migra se apiada de Lorena.

—¿Qué te preguntaron?

—Todo. No dejaron nada sin preguntarme. Primero me revisaron todo otra vez, después me preguntaron cuánto tiempo había estado en Panamá, les dije, me preguntaron si había declarado lo que llevaba, les dije que no tenía nada para declarar, me preguntaron de qué trabajaba en Guatemala, les dije que trabajaba de auxiliar de enfermería, me preguntaron cuánto tiempo había estudiado, les dije que un año, me preguntaron y por qué tan poquito, les dije que el de auxiliar es un curso de un año, que para ser enfermera hay que estudiar tres años pero para ser auxiliar no, me preguntaron dónde trabajaba, les dije en el área de geriatría, les dije en qué hospital trabajaba y que tenía pacientes particulares, me preguntaron si una enfermera podía hacer un papanicolau, les dije que por supuesto que no, me preguntaron dónde se ponía una inyección intravenosa, una intramuscular, una intradérmica, me preguntaron cómo se tomaban los signos vitales, me preguntaron cómo se llamaban los aparatos para medir los signos vitales, me preguntaron cuánto era mi sueldo allá, les dije, y no quedaban satisfechos, no sé si no me creían o qué, como me querían hacer titubear, me preguntaron si pensaba seguir estudiando, uno preguntaba una cosa, otro preguntaba otra cosa, me preguntaron si una enfermera podía llegar a ser obstetra, yo les dije que sí, siempre y cuando estudiara Medicina en la rama de obstetricia, me preguntaron si una enfermera podía poner una sonda gástrica, me preguntaron y me preguntaron, no sé cuánto tiempo pasó pero se me hizo eterno, ustedes lo vieron, todos los pasajeros estaban listos para seguir el viaje, tal vez enojados conmigo porque los demoraba, pero yo no había hecho nada y a mí me seguían preguntando.

Bueno, a las tres de la mañana un grupo de animosos buitres nos espera en la agencia del Tica Bus de San José para ofrecernos cambio-cambio y taxi-taxi (y los más tenebrosos nos ofrecen las dos cosas) casi no nos dejan bajar, pero la música de los buitres es grata, es raro decirlo, pero cuando uno oye cambio-cambio y taxi-taxi es porque ha llegado a otro lugar, es porque ese lugar nuevo nos deparará algo nuevo por más que uno no debe demostrarles su alegría, su satisfacción a los buitres y uno dice cosas como no rompan las pelotas, déjenme en paz y ellos, con cara de princesas ofendidas, dicen señor, por favor, no se enoje. Caminamos una cuadra desde la agencia hasta el hotel Washington, el más cercano, porque las tres de la mañana no dan para hacer casting de hoteles, el Washington, diez dólares la habitación, baños en el hall, y un bar en la esquina, un 24 horas donde podemos sentarnos a comer unos sándwiches calentitos, pero descubrimos que casi no tenemos colones, que los pocos que habíamos cambiado en la frontera no alcanzan, y entonces te podemos pagar en dólares y el empleado del bar dice no y son las 3:30 de la mañana y nos esperás, que vamos a buscar cambio y el del bar, bueno, pero uno de ustedes que se quede aquí. Ok, me quedo, Juan Manuel camina un par de cuadras hasta un bingo y en el bingo cambia unos dólares y a la salida lo espera un tipo y le pide algo y se lo saca de encima como puede, viene al bar, pagamos, nos vamos, el tipo se parece a Huggy Bear, el soplón de Starsky y Hutch, nos vamos al hotel y se queda un rato vigilándonos desde la vereda de enfrente o, al menos, nos parece que nos vigila (la paranoia es la impresión inicial de la llegada a cada país desconocido: después se va sola).

Por la mañana, el barrio no está tan mal, pero el hotel está horroroso. Nos cambiamos, entonces, para un hostal, el Tranquilo Backpackers, lindo, o alegre al menos, mucha gente, chicas de varios países, un salón con una tele, un par de compus, pisos de madera que hacen mucho ruido cuando alguien los pisa, no es fácil dormir aquí, no es fácil, tampoco, identificar las calles, porque no tienen nombre, Costa Rica es igual de caro o un poco más que Colombia, los colones se evaporan en cosas mínimas, nos encontramos con los compañeros de la SoHo de Costa Rica y los SoHo ticos nos llevan a pasear a una feria de decoración y diseño de interiores que parece que es lo top de lo top, en la puerta hay chicas que tragan fuego y funcionarios del gobierno que hablan de lo importante que es todo esto para nosotros y nuestra cultura y nuestro futuro, y estamos tan de acuerdo con ellos que nos emborrachamos en los interiores posmo conceptuales y caminamos por pasillos angostos y miramos para acá para allá con cara de entendidos y una copa en la mano y no saben qué linda es la directora de la revista y terminamos en la casa de Luis Chaves, increíble poeta, redactor de SoHo, al día siguiente no recordamos del todo lo que hicimos, lo que dijimos, pero sí lo que tenemos que hacer, un saludable desvío estratégico, nos compramos camisetas, yo la del Sport Herediano y Juan Manuel la del Alajuelense, y nos vamos a Mal País, bus desde San José hasta Punta Arena, ferry desde Punta Arena hasta Paquera (el ferry atraviesa el golfo de Nicoya) conversando con Kaya, creo que se llama así, una chica de San Francisco hija de authentic hippies que se dedica a los bienes raíces y que va a comprar tierras en Mal País, porque a los americanos (como ellos se autodenominan) les encanta la combinación de selva y de playa (y a quién no), y conversamos también con una neohippie argentina que vive en Tambor y que está embarazada, digamos, de catorce meses (va a tener un Alien, o un tambor) y repite como un mantra la frase Pura Vida, un leitmotiv costarricense, que eso es lo que dice que encontraremos en este paisaje maravilloso que vamos a conocer, y que dice que no hay razones, ninguna clase de razones para volver a la mala vibra de la ciudad, y lo mejor de todo sucede sobre la cubierta del ferry, Juan Manuel deja la vida en un metegol frenético bajo la lluvia con marineros y pasajeros, un eterno elquehaceelgolgana y luego el ferry llega a destino y volvemos a subir al bus, este es el primer viaje terrestre-anfibio-terrestre que hacemos y llegamos a Mal País por la noche y nos vamos en una 4X4 con la sanfrancisquense (el camino es de barro) mientras el chofer diserta sobre la fauna, los monos y los pájaros y las playas y todo eso, y nos cuenta que aquí viene a menudo Chuck Norris en helicóptero y que los Red Hot Chili Peppers también suelen venir, que Flea, el bajista de la banda, se está construyendo una casa, que Leo DiCaprio solía venir cuando estaba con Giselle Bundchen y que a veces los acompañaba Kate Moss, etc.

Llegamos al hotel Rey Patricio por la noche: es una supercabaña que tiene por detrás la selva y por delante la playa: es la Biblia en un pueblo que es, en sí mismo, la Biblia. En cuanto amanezca lo sabremos bien y descubriremos que las playas (arena blanca, agua transparente) tienen zonas de estanque para reposar y olvidarse de todo y zonas de megaolas para surfistas avezados, a las iguanas uno se acostumbra y se hace amigo de ellas, los pájaros azules son lo más y el Pez Manjar es el pargo rojo. Los malpaisinos afirman que el sol no quema: mentira, quema y mucho y solo la crema de rosas salvará la piel chamuscada. Mal País no es para ver gente, es para descansar, escuchar reggae y fumar lo que se consiga. Y hay alojamientos de todo tipo: hostales baratos, hoteles-cabañas de precios medianos y hoteles de 900 dólares para estrellas de Hollywood que anden de incógnito. Javier el surfista y Ana la escritora son los jóvenes dueños de este hotel atendido por sus dueños que tiene un verdadero presupuesto en jardinero: es que la vegetación selvática crece a un ritmo tan desmesurado que un mes de descuido acabaría con el Rey Patricio para siempre.

Se nos ocurre pasar un día en Montezuma, porque queda muy cerca y para conocer un sitio nuevo. Es un grave error, porque Montezuma no puede competir con Mal País. Paraíso del turista gringo, pura venta de souvenir, un enorme hostel al aire libre, una playa feúcha, una peatonal puro comercio, gente que parece siempre estar a punto de comprar algo, pero así y todo hay una canchita y un partido de fútbol, el desafío entre los artesanos y un equipo de Cobano, que naturalmente los artesanos pierden por goleada porque están demasiado drogados para competir seriamente.

Nos tomamos un bus que nos lleva de regreso desde Montezuma hasta la ruta Panamericana (atravesamos, de nuevo, el golfo de Nicoya en el ferry) y retomamos el Tica Bus en una parada que se llama Barranco. Nos habían dicho que lo esperáramos en el restaurante Tabaris, pero anotaron otra cosa: a la hora señalada, a pesar de nuestras señas desesperadas el bus pasa de largo y tenemos que esperar el siguiente durante cuatro horas bajo un sol quemante. Yo me había incinerado en la playa y tengo una especie de urticaria nerviosa. Juan Manuel me diluye sin avisarme medio ansiolítico en la bebida y solo así me calmo y puedo seguir viaje a Nicaragua. En el bus nos cruzamos con Felipe Granados, de SoHo Costa Rica: Felipe reemplazará a Juan Manuel, que debe regresar a Buenos Aires. Igual que Juan Manuel, es la primera vez que Felipe sale de su país. Ha debido sacar una visa para ingresar a Nicaragua y tiene un poco de miedo. Las relaciones entre ticos y nicas son pésimas. Los conflictos limítrofes históricos entre ambos países (el de la soberanía sobre el fronterizo Río San Juan es el más importante) son uno de los motivos, pero no el único. Felipe me cuenta que hay mucha xenofobia en su país y que muchos ticos creen que los inmigrantes nicas les vienen a sacar el trabajo. El llamado "incidente del rottweiler" vino a echarle nafta al fuego: en noviembre de 2005, el nicaragüense Natividad Canda Mairena, de 24 años, murió en Cartago, Costa Rica, a causa de las mordeduras de dos perros de la raza rottweiler, en un taller al que supuestamente había entrado sin permiso. La Policía llegó al lugar mientras los perros devoraban a Natividad. El gobierno nicaragüense, la familia de Natividad y los organismos de derechos humanos sostienen que lo dejaron morir despedazado; la Policía tica asegura que si le disparaba a los perros podía matar al joven Canda Mairena y que no se pudo hacer nada; Felipe visita Nicaragua y teme que lo maltraten, que no lo quieran, que su acento tico lo delate y que le echen a él la culpa de los rottweiler.

El hotel del Tica Bus en Managua está bueno, es económico y agradable, y muy práctico para quienes vamos a seguir viaje, porque está dentro de la terminal. Lo que no está bueno es el barrio Bolonia, de noche tenemos que salir en taxi sí o sí, no da para caminar porque hay un parque oscurísimo donde los vecinos aseguran que todos los peligros del mundo nos acechan. Los taxis nicaragüenses son más caros según la cantidad de pasajeros y nunca sabemos si estamos pagando lo correcto, en verdad no hay manera de saberlo, hay que regatear si valoramos nuestros córdobas. La pregunta que uno se hace en Managua es dónde está la gente, en esta capital-sin-centro, donde están las multitudes que caminan de acá para allá, y no están, en verdad, en ningún lado, porque Managua no es una ciudad para caminar sino para andar en automóvil, una ciudad de carreteras. En diciembre de 1972 hubo un terremoto y la ciudad nunca se recuperó del golpe, y la gente habla con tal familiaridad de él que parece que hubiera sido la semana pasada. Managua es una ciudad en ruinas, las huellas del terremoto (casas, edificios abandonados) están por todas partes. Nos vamos a la Plaza de la Revolución y nos persiguen unos niñitos que hacen pajaritas y flores y artesanías varias mientras caminan, casi corren, con las hojas alargadas de una especie de yuca, las hojas que trenzan al paso con una habilidad sorprendente, y tome, se la regalo, y muchas gracias, y usted no me regalaría unas córdobas, son cuatro, los niños, cuatro niños bulliciosos de voces agudísimas, niños bien flacos y bien pequeños. Paramos a comer en un puesto en el Malecón, frente al lago Xolotlán y pedimos una mesa para los niños y que les sirvan el plato del día. Mientras comen, el bullicio desaparece: están serios, casi en silencio, y cuando terminan de comer se levantan de su mesa, forman una fila y nos saludan, uno por uno, estrechándonos sus manitas y haciéndonos una especie de reverencia antes de irse. La solemnidad que le otorgan a su almuerzo nos parece una señal inequívoca de que están bastante lejos de comer todos los días. Nunca olvidaremos esta triste primera impresión de Managua. Nunca olvidaremos a estos niños (Continuará...)

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