Si nada vuelve a fallar, arribaré a Bogotá dos días más tarde de lo previsto. El primer Expreso Ormeño que tomé llegó en tiempo y en forma desde Buenos Aires a Lima. El segundo Ormeño, el que me está llevando desde Lima hasta Bogotá, no salió a las 24 horas del primero (como me habían prometido en Buenos Aires), sino recién a las 48 horas. No me puedo quejar por esta demora: en el intervalo entre los hechos que se cuentan en la primera y en la segunda crónica publicadas en los números anteriores de SoHo, pasamos dos días de turistas relajados, de pasear por Miraflores y comer un sabroso piqueo en un bar con vista al mar, de conocer el Barranco al que le cantó Chabuca Granda, de comprar MP3 de música peruana en el mercado popular El Hueco, de pasear por el centro histórico y no mucho más, y no mucho menos que conocer una ciudad nueva, un país nuevo, tener miedo al llegar y luego relajarse y disfrutar. Erika, la única pasajera que inició el viaje en Buenos Aires y viajó de Lima a Bogotá con nosotros, nos paseó por la ciudad. Pepe, el cantor de boleros cantineros que fue a su Lima para comprar especias para el restaurante peruano que pondrá en Buenos Aires, nos llevó a El Hueco. Hubiera querido que nos quedáramos más tiempo pero había que seguir el viaje: Latinoamérica es grande y nos propusimos llegar hasta el final, tocar con nuestras propias manos las horribles chapas de la barda de Tijuana.

El segundo, accidentado Ormeño, se demorará 12 horas más de lo previsto, entre las vueltas obligadas por la huelga bananera que bloqueó la frontera Perú-Ecuador y obligó a los choferes a internarse (y a perderse) en un camino que desconocían, y las siete horas de descanso obligado en Ibarra, porque debíamos esperar a que reabriera la frontera con Colombia. Íbamos a tardar siete días en llegar a Bogotá: tardaremos nueve. No me quejo: los contratiempos construyen la historia. Estamos a bordo del Ormeño y no, digamos, del Eurailpass. A esta parte del mundo pertenecemos, y a mucha honra. Y ahora estamos en Ibarra y tenemos que llegar de una vez a Colombia.

Después de siete horas de espera y paseos, a las 3 de la mañana retomamos el viaje. Entramos en Colombia a eso de las 7, por el paso de Rumichaca. En migraciones son selectivamente fastidiosos: a Erika le reclaman la vacuna contra la fiebre amarilla para sellarle la salida de Ecuador. Es la única pasajera en todo el bus a quien se la reclaman. No la tiene. La misma persona que le dice a Erika que se siente en un banco y que espere unos minutos, unos instantes después está barriendo el piso. El barrendero es un detector de candidatos. Su tarea es sencilla y cruel: registra alguien que le parezca intimidable y lo intimida.

Nosotros tampoco tenemos la vacuna, pero nadie nos la pide. Oscar le dice a Erika que le van a pedir cinco dólares, que eso es todo. Efectivamente, un tipo de la ventanilla le pide cinco dólares y Erika zafa sin problemas. Me pregunto qué pasaría si el tipo se pusiera pesado y le respondiera por quién me tomó, quién se cree que soy o algo así, para reclamar más dólares. Cada puesto de migraciones que atravieso es igual: la sensación es que estamos indefensos, que no hay ley que valga y que pasaremos al país siguiente si y sólo si lo permite el humor del empleado que nos toque.

En la oficina colombiana abundan los buitres. Ofrecen llenar los papeles de entrada a cambio de una colaboración para la gaseosita, ofrecen, ofrecen, molestan. Parecen tábanos. Estamos en Colombia y por más que todavía falte mucho para Bogotá y por más que el paso por migraciones es siempre un engorro, la llegada al país de destino siempre supone una alegría. Subimos felices al bus, vemos una comedia donde Guillermo Francella está a punto de dejar a su mujer por una morena dominicana pero se arrepiente y comprende que lo primero es la familia, vemos videos de Só Pra Contrariar y el trío de morenas voluptuosas festeja al moreno y los varones le gritamos guarangadas y ponemos en duda su virilidad, y las chicas ponen en duda la nuestra. Nos hemos relajado: después de lo que pasamos, ahora estamos felices como si fuésemos estudiantes en pleno viaje de egresados. Aprovecho la distensión para intentar conocer un poco más a los pasajeros con los que hablé poco y nada. Me pongo a conversar con Claudia, una colombiana de cabello corto que me cuenta que vive en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, junto al chef francés que tiene por marido, y que viaja a Bogotá para comprar especias para el restaurante de comida internacional que abrirán en breve en Santa Cruz, y para visitar a su familia. El chef también está comprando especias y visitando a su familia, pero no en Bogotá sino en Paris. Allí se reencontrarán. Desde allí retornarán a Bolivia y se pondrán manos a la obra. Él pondrá su talento; ella, su conocimiento en Administración de Empresas.

Tampoco he hablado con Horacio, el sociólogo chileno. Horacio dice que está a bordo del Ormeño porque el dinero no le alcanzó para viajar en avión. Si hubiese podido teletransportarse lo habría hecho. Apenas se enteró que su novia, que vive en Bogotá, tiene un tumor en el cerebro, se tomó el primer bus. Imagino la poca gracia que le harán las demoras, los desvíos. Imagino cuán ansioso estará por llegar, aunque no se queje de nada, aunque se mantenga siempre tranquilo, siempre leyendo su libro de Michel Onfray, lejos del bullicio y las quejas. A Horacio le gusta hablar de política y es, en ese sentido, un optimista nato. Cree que Latinoamérica está viviendo una nueva era, de la mano de gobiernos como el de Michelle Bachelet en Chile, el de Kirchner en la Argentina, el de Lula en el Brasil. Dice que el Polo Democrático es el correlato colombiano de esos procesos y que a su debido momento llegará al poder. Me pregunto si existirá tal nueva era, si los cambios son profundos o cosméticos, si las cosas se mueven de verdad o si, cada tanto, parecen moverse un poco para que finalmente descubramos que todo permanece en su sitio.

Paramos a almorzar en un lugar donde el sol pega desde todos los frentes, donde casi no hay manera de guarecerse, o por lo menos esa es la impresión que nos da, con la ropa semiadherida al cuerpo, con el cansancio de tantas horas. Busco un teléfono para llamar a mi hermano, que justo ese día cumple años. Llamo a su casa: nadie me atiende. Es una pena, porque quién sabe cuándo tendré una nueva oportunidad de comunicarme con él. Vamos a ver qué hay de comida. Pedimos el plato del día: tiene el sabor de la aventura, el sabor de lo que jamás podremos comer en nuestro Buenos Aires, preguntamos qué es y qué tiene. Es un sancocho con yuca, arracacha, frijol, papa, plátano verde y caldo de carne, aunque también se puede cocinar con caldo de pollo. Puede que sea difícil de entender para un lector colombiano, pero hasta la propia sonoridad de las palabras "yuca", "arracacha" y "frijol" nos atrae. Cuando terminamos de comer, el cuerpo nos hierve por dentro y por fuera. Valió la pena. Preguntamos por los baños: hay que tener ganas en serio para meterse en cagaderos cochambrosos como esos. Las tengo. En realidad todos las tenemos, porque en el baño del Ormeño está prohibidísimo cagar.

Pregunto dónde estamos: un viejo que habla para adentro, con un cigarrillo atravesado en la boca, me dice que en El Tablón, departamento de Nariño. Frente a nosotros desfilan, al cansino paso que la temperatura les dicta, uno, dos, tres pastores acompañados por sus cabritos.

Unas horas después, media docena de uniformes verde oliva nos interceptan el paso.

Señores, somos del batallón José Hilario López, de Popayán, del Ejército Nacional de Colombia. Esto es una requisa, por favor desciendan con sus equipajes de mano. Los brazos en alto, entonces, contra la pared del bus, y las piernas separadas, y si alguno de los soldados considera que no están lo suficientemente separadas, las apartará con sus borceguíes con un puntapié suave. El soldado que me revisa, cuando termina, me dice argentino, le gusta La Mosca Tsé Tsé. No me gusta, pero le digo que sí. Me pregunta luego si me gusta Soda Stéreo. Le digo que sí. Me pregunta por Vilma Palma e Vampiros. Permanezco en silencio. Me dice que las mujeres argentinas son hermosas y que blablabla. Le digo que las colombianas también lo son. Somos muy buenos amigos. Por qué hacen esto, le pregunto a un soldado, bueno, por prevención, porque aquí anda la guerrilla, secuestra gente, quema carros, usted sabe... La australiana Alicia está fascinada con los jóvenes militares y los jóvenes militares están fascinados con ella. Me atraen los uniformes, me parecen muy sensuales, dirá, más tarde. Juan Manuel quiere robarles una foto a los del ejército. No me gusta la idea. Les pedimos permiso: descubrimos que les encanta que les tomen fotos. De regreso en el bus, el conductor contará que en mayo de 2006 este mismo bus en el que viajamos fue interceptado por las Farc más o menos en este mismo lugar. Hicieron bajar a los pasajeros con sus pertenencias y les dijeron que caminaran aproximadamente un kilómetro porque pensaban prenderle fuego al carro. Entonces llegaron los militares, hubo una balacera, en el tiroteo murieron los de las Farc y el ejército custodió el bus durante el resto del camino.

Miramos una película en la que Denzel Washington hace de guardaespaldas alcohólico y Dakota Fanning es una niña secuestrada por una banda que se llama La Hermandad, con ramificaciones en el gobierno mexicano. Una periodista explica en la película que Colombia y México son los países con más alto índice de secuestros en América Latina, pero que las modalidades son distintas porque en Colombia los secuestros son prolongados y en México prevalecen los secuestros Express. Cuando Denzel está a punto de descubrir que Marc Anthony, el padre de la niña, está implicado en el secuestro de su propia hija, nos detiene la policía de carreteras.

No falta mucho para llegar a Cali y la requisa, esta vez, es francamente exasperante: abren la bodega del bus, empiezan a bajar los equipajes uno por uno y a abrirlos. Observamos atónitos la escena desde las ventanillas hasta que una señora que había subido en Quito pierde la paciencia y decide bajar, y todos la seguimos, y todos nos contagiamos de su indignación. Esto no puede ser, no pueden abrirnos los equipajes sin que estemos presentes, quién se creen que son. Oscar interviene a favor de la policía. Esos manes te cuidan, me dice, no hay que enojarse. Si nos cuidan, está claro que no cuidan nuestro equipaje. Uno de ellos está pisando con sus botas algunas hojas de un libro anillado que él mismo rompió. Se lo hago notar, eso que está pisando son hojas de un libro, me pregunta si la caja y el cuaderno son míos, como diciendo por qué se mete, le contesto que no es mía pero que eso no le da derecho a romperla, guarda a regañadientes en la caja las hojas sueltas, con el estampado de la huella de sus botas.. Ahora todo el mundo está en llamas menos Oscar, que departe con los policías como si fuera uno más. Erika discute con un agente. Oscar defiende al agente. Juan Manuel toma un par de fotos de la requisa. El lamparazo del flash arma un verdadero escándalo. Usted no tiene derecho a tomarme fotos, dice un policía. Cómo que no, este es un país democrático, dice Juan Manuel. Sí, pero usted no tiene derecho a tomarle fotos a las fuerzas de seguridad. Las fuerzas de seguridad están para protegernos y no para destrozar nuestro equipaje, digo yo. Para sacarle una foto a un policía usted tiene que pedirle permiso a mi general, dice el policía. Saco mi credencial de SoHo y empiezo a leerle a los gritos el artículo 12 del Estatuto del Periodista de Colombia. Los funcionarios y especialmente las autoridades de policía garantizarán la libre movilización del periodista y su acceso a los lugares de información, para el pleno cumplimiento de su función informativa, salvo en casos reservados, conforme a las leyes. Mientras tanto, Juan Manuel sube al bus, esconde los rollos, regresa. Los policías dan por concluida la requisa. A bordo del bus discuto a los gritos con Oscar y luego no vuelvo a dirigirle la palabra. Vemos el final de la película de Denzel. No podemos hablar de final feliz, porque Denzel Washington está muerto. Las tres morenas se bajan en Cali. En la terminal compramos comida: unas empanadas redondas con un relleno cuyo ingrediente principal es carne reseca y cuyos ingredientes secundarios son un misterio absoluto. Para el postre, una vendedora ambulante nos vende helados artesanales, de guanábana, chirimoya y pacay, manjares que no existen en Buenos Aires. Algunos pasajeros se meten en un centro de llamadas, pero sólo unos pocos logran comunicarse con sus familiares porque el chofer del bus está ansioso por arrancar de nuevo. Otra vez me quedo sin llamar a mi hermano. No volveremos a detenernos hasta la madrugada, en una oscura estación de servicio de Tolima. Mientras los choferes le dan aire a los neumáticos, bajamos a estirar las piernas. Hace mucho frío y estamos en medio de la noche más negra. Así es la primera clase práctica que recibimos sobre los diferentes climas en el territorio colombiano.

El resto del trayecto hasta Bogotá es más o menos sereno, más o menos sin sobresaltos. Nos merecemos un poco de paz. (Continuará...)

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