Por Andrés Sanín?

Los indios abrazan al conde como madres que recuperan a un hijo tras años de secuestro. Él, Anton Wolfgang von Faber Castell, sostiene con las yemas de los dedos de su mano izquierda una chaqueta cazadora verde menta que cae con la soltura propia de un noble. Con la mano derecha, aprieta y aprieta manos y manos de color chocolate batido y reparte amistosas palmadas en espaldas cubiertas por linos y algodones de la India, mientras intenta disimular, con una sonrisa de portada de revista del jet set, la notoria incomodidad que le produce un collar de ajos que lleva colgado al cuello. No se puede desprender de él, pues es uno de los regalos que le han traído desde la India estos coloridos y cándidos personajes, como gratitud por haberlos invitado a celebrar con él y con otras distinguidas personalidades de todos los rincones del mundo los 245 años de Faber Castell.

El flash de las cámaras no para de titilar y el conde apenas entrecierra sus ojos encandilados y sujeta el otro regalo de los indios contra su pelo canoso: un turbante rojo luminoso que le da un aire de Lawrence de Arabia, pero que parece' estorbar su fluido andar, tanto como los ajos. A lo lejos, intento acercarme al conde con el zoom telescópico de mi cámara como si fuera un ruin paparazzi. Llegué hinchado de orgullo por haber sido el único afortunado en Colombia que se encontró en el buzón de su Outlook un correo dorado, el correo de un Willy Wonka de los colores que me invitaba a celebrar el aniversario de su empresa y a recorrer su fábrica de colores, pero la falta de roce con gente de tanta alcurnia (conde, nobles y altos ejecutivos) me hace sentir como un traslúcido personaje de Quino insertado en un cuento de príncipes, princesas y hasta de un tipo que se proclamó embajador del País de la Fantasía, venido de un pueblo perdido en Noruega.

Una oportunidad única, ocho horas de avión a París, una más a Nuremberg y quince minutos en bus para llegar a este mundo de colores multicolores, crayolas, títulos hereditarios, caballeros medievales y castillos son buenas razones para superar mi timidez de plebeyo. Camino hacia el conde, parqueo mi cuerpo desgarbado junto al suyo y el flash de la cámara me saca la frase más infortunada, rastrera y estúpida: "Es usted muy alto. ¿Cuánto mide, acaso?", "buena esa, sabandija, ya estás haciendo puntos para heredar su emporio de colores. Sigue así y barrerás hasta el último rincón de sus fábricas y castillos", me digo en lo más profundo de mi alma gusana. "Uno con noventa", dice y desaparece entre los jardines del castillo que construyó su abuelo, el conde Alexander Castell, descendiente de la primigenia realeza europea, para ocultar con mármoles y cristales el origen plebeyo de su mujer, Otilia von Faber tras desposarla y unir sus apellidos en una sólida marca.

Ha sido un día agitado. Por la mañana, los elegidos recorrimos la fábrica del conde y vimos con ojos de niño cómo salían millones de lápices, como si fueran simples galletas: por una banda desfilaban "tostadas" de madera, les hacían ranuras, insertaban los grafitos y les pegaban la otra "tostada" untada de pegamento para rebanar en tiritas los emparedados, limarlos, pintarlos y ponerles el toque del conde: el sello Von Faber Castell que los deje listos para que millones de niños se den el gusto de sacarles punta y de hacer finos remolinos de viruta.

La entrevista personal será el segundo face to face con el noble y la oportunidad de reivindicar mi desprestigiado intelecto. He averiguado ya detalles que me tranquilizan. Por ejemplo, que el Mercedes descapotable rojo que opaca a los demás, incluido el del conde, no es el de Anton, sino el de su altiva secretaria. En esta empresa tratan bien a los empleados, tanto así que duran toda la vida trabajando para el conde y hay, incluso, familias con varias generaciones de empleados de Faber Castell. También oí que su sangre azul alguna vez estuvo teñida del carmesí de la mía, de la suya. Fue hace más de 100 años, cuando en 1861 Lothar von Faber, el tatarabuelo de Anton, recibió el título de caballero de por vida y, veinte años después, fue nombrado barón hereditario como reconocimiento de la corona de Baviera por los servicios prestados a la sociedad (fundó orfanatos, construyó iglesias, escuelas y creó servicios de salud para los empleados de Faber) y a la economía de esta región cervecera (gracias a él la empresa compró una mina de grafito en Siberia y expandió su emporio hasta que el sol naciera y se ocultara en él). Fue esa la primera gota azul que tiñó el apellido de Kaspar Faber, el ebanista que fabricó y vendió, en 1761, el primer lápiz Faber en Nuremberg e inició esta larga y exitosa historia. La segunda y definitiva gota azul limpió toda mancha escarlata que persistiera. Fue la unión estratégica de Otilia y Alexander, quien, supe luego, terminó botándola de su castillo por haberse enamorado de su mejor amigo. Enredos reales, sin duda, como aquellos que tuvo que desenmarañar el conde Roland von Faber Castell, para que su hijo Anton fuera quien se quedara con sus propiedades en contra de la voluntad de su madrastra y de los intereses de sus otros nueve hermanos, encontrándose a escondidas para firmar contratos cuando su mujer se iba a la peluquería.

Todo esto lo contó el conde, durante los quince minutos que me dieron para entrevistarlo en un hall de su castillo antes de que se iniciara la fiesta. De lo primero que habló, sin que aún le preguntara nada, fue de la suerte que había tenido al elegir al cura de su comunidad. "Un joven simpático y competente", según dijo. Le pregunté, entonces, qué tan seguido iba a misa. Respondió que no más de tres veces. "¿Y consultó a alguien para tomar la decisión?"... "A mi conciencia", contestó. "Claro, la misma que lo ha impulsado a elaborar lápices con materiales ecológicos y a impulsar políticas laborales a favor de sus empleados", pensé para llenar de calma las dudas que me suscitaba la injerencia de nobles en asuntos divinos y decidí romper su coraza de caballero preguntando por su primer recuerdo de infancia relacionado con un producto Faber. Funcionó: confesó que con lo primero que dibujó, a los tres años, fue con una tiza en un tablero, "un producto barato, perfecto para la dura situación que hubo en Alemania tras la Segunda Guerra".

Ese recuerdo abrió la caja de sus memorias y empezaron a fluirle las palabras a borbotones: "Yo tenía cuatro años, pero me acuerdo de los nazis rodeando nuestro hogar. Sobrevivimos por suerte, pues tenían armas pesadas, ocuparon nuestra propiedad y empezaron a disparar contra los americanos. Antes del desenlace de la guerra, muchos alcaldes y personas fueron colgados por la SS. Mi papá no simpatizaba con ellos y debió enviarnos a vivir a Suiza, luego de entregarles a los nazis el castillo para que construyeran en él una batería antiaérea. En Suiza me sentí como en un paraíso. Todo era limpio y al llegar a casa olía a mermelada. Cuando regresamos, tras la caída de Hitler, encontramos una Alemania en ruinas por los bombardeos. Podías sentir la diferencia. Recuerdo, también, que los americanos entraron a la casa, en 1945 con sus pistolas apuntando y yo estaba sentado a la mesa con mi hermana. Permanecieron allí un tiempo y me invitaron a una fiesta de Navidad, pero yo estaba furioso, pues habían destruido mi pequeño tanque de guerra de juguete por tener una esvástica pintada".

El conde toma aire, olvida los disparos, mira a su alrededor y agrega: "Aunque este castillo fue también un refugio de periodistas. Acá estuvieron alojados Hemingway y muchos famosos periodistas de la época cuando vinieron a cubrir los juicios de Nuremberg". Imagino las barbas espesas del viejo Hemingway, reanimo mi ego de periodista herido y le lanzo una pregunta intelectual pretenciosa: "¿Es cierto que se escribe cartas con el Nobel de Literatura Günter Grass?". "Sí, me agradeció por hacer estos lápices tan suaves, los A.W. Faber-Castell 9000. ¡Adora escribir con ellos los apuntes de sus novelas!, incluso, hay todo un pasaje de su libro Un vasto campo en el que habla de sus virtudes. Si te interesa, hay otras citas sobre nuestros lápices de escritores como Aleksandr Solzhenitsyn y Vladimir Nabokov e, incluso, una carta en la que Van Gogh le habla a su amigo Anton van Rappard de unos lápices hechos por Faber que le parecían de una calidad superior".

Le pregunto al conde si aún dibuja, y contesta: "En las conferencias aburridas". Y cómo eligió a su esposa. "No quería casarme joven, así que tuve tiempo para escoger bien. Y lo hice. Lo veo en mis hijos. Si eliges una esposa tonta tus hijos saldrán tontos. Lo clave es que cada generación consiga una esposa como la mía. Si lo hace, tendrán más hijos y el negocio continuará", dice entre risas, cuando ya su jefe de prensa le dice que no puede seguir hablando conmigo, pues ya es el turno de los periodistas malasios. Solo una última pregunta: ¿Qué esfero lleva en la solapa? "Un Faber ...de la gama alta". Es decir, un lápiz de cientos de miles de pesos.

En la fiesta, decenas de meseros reparten salchichas hasta por los aires, hay fuegos artificiales, batucada, malabaristas, música en vivo de un grupo que lidera un cubano y un constante fluir de cerveza bávara de todos los colores. El conde ya se ve más suelto. Dio su discurso de bienvenida, vio reír a los indios con los chistes flojos que echó su hermano al micrófono y se dedica ahora a atender su jarro de cerveza. Son las tres de la mañana y yo hago lo propio, pero tras saludar a lo lejos a un simpático indio de capul canosa que baila solo en las puntas de los dedos y levanta las manos como una momia hinduista, sus compañeros me sacan a bailar en círculo. Siento en una mejilla el beso pegajoso que lanza uno de ellos, aparto la cara espantado y veo al conde arrinconado por dos ninfas que mecen sus falditas mientras le hacen una especie de ronda cortesana. Es la vida. Es el sacrificio de ser el conde Anton Wolfgang von Faber Castell.

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