Suena el despertador a las 5:00 a.m., eso si uno es hombre, tiene el pelo corto y no toca lavarse el pelo ese día. La ducha es breve porque hay que estar en el punto de partida a las seis. Una charla, un desayuno y una orden: adelantar los relojes una hora, lo que garantiza jornadas más largas y sueños más cortos. A las 7:45 a.m. de un martes comienza la aventura que terminará el siguiente sábado a las 7:00 p.m., pero que quedará en la memoria para siempre. De ahora en adelante, y durante cinco días, lo que haga una persona lo harán otras 220 y por donde vaya un carro irán 55 más.

DíA 1

Se sentía uno como Juan Pablo II cada vez que llegaba a un pueblo por donde pasaba la Expedición Toyota. En Socorro, la gente interrumpió sus labores a la mitad de la tarde para recibir con aplausos y banderas de Colombia a los 56 Toyota Prado. En Guane, donde durmió la caravana la primera noche, el alcalde dio la bienvenida y el Museo de Historia abrió a las 10:00 p.m., una vez finalizado el partido de Colombia contra Argentina, para que los ilustres visitantes lo conocieran. Es que los santandereanos no son como los franceses, que cierran el Louvre a las seis de la tarde.

El clima también dio la bienvenida a su manera, mandando agua sin falta durante cada una de las cuatro noches, poniendo así a prueba la resistencia de las carpas y la paciencia de los expedicionarios. Ninguno de los dos cedió.

DíA 2

A 10 minutos de Guane está Barichara, especie de Villa de Leyva en clima templado. Un desayuno en un mirador y rumbo a San Gil para hacer rafting, o caminata, o expedición a la Cueva del Indio. La tarde ya llega y apenas da tiempo para un rápido almuerzo y seguir andando, nunca por caminos asfaltados. Al final del día esperaba Cepitá, pueblo oculto entre las interminables montañas del cañón del Chicamocha. Para llegar hay que sortear un estrecho descenso de 15 kilómetros, cuya cercanía con el abismo a veces inquieta; en casos como este se antoja mejor ir al volante que ser copiloto.

Los 2.500 habitantes esperaron pacientes la caída de la noche para reventar en aplausos apenas apareció el carro líder, pero no por ser calurosa la bienvenida, la dormida sería menos dura. El agua azotaba la carpa, la roca perforaba la espalda, el trueno alumbraba a lo lejos, las pocas horas de sueño: no nos hubiéramos conformado con menos. A las siete de la mañana hora caravana abandonamos Cepitá, quién sabe si para volver algún día.

DÍA 3

Estamos a 600 metros de altura y en una mañana subiremos hasta los 4.000. La carretera que nos tiende la mano hace lucir al descenso a Cepitá como una autopista gringa. El paisaje y el clima variarán con cada kilómetro. Un árido rocoso va cediendo ante el verde de la cadena montañosa y la jornada de largo aliento obliga a dosificar fuerzas. Por eso hay escala en San Andrés, donde nos recibió la banda de guerra mientras todos hacíamos un picnic en la cancha de fútbol; no merecíamos tal honor.

El terreno fértil desaparece a medida que subimos y delgadas estepas verdes se apoderan del horizonte, acompañadas de una gruesa neblina. Solo los cultivos de papa, unas vacas y pocos humanos aguantan el frío del Páramo de Berlín, a 4.002 metros. El tiempo alcanza para la entrega simbólica de máquinas para recolectar cacao, cantar el himno y tomarse una taza de chocolate, y pensar que había quienes sugerían pasar allí la noche en carpas. Ese jueves, por fortuna, dormiremos en un hotel en Bucaramanga.

DÍA 4

El descanso es un espejismo que desaparece apenas se vuelve a coger terreno destapado, rumbo a una mina de yeso cerca de La Mesa de los Santos. No faltan los niños en el recibimiento, todos con uniforme de colegio, ansiosos de ver una caravana que pasará en dos minutos y por la cual tuvieron que esperar horas.

Dentro de la mina habrá un concierto de música colombiana y a la mitad del mismo uno de los expedicionarios le pedirá a su novia que se casen. ¿En qué película de Julia Roberts ocurrió algo similar?

Conocer Santander es la excusa para seguir andando y almorzar a casi dos horas de allí, al aire libre, sobre una meseta con vista al río que un kilómetro abajo parece un fino hilo. Allí nada impide que el viento sople, a veces amable, a veces violento, pero todo hace parte del paseo. La aventura está por terminar, pero antes falta una última noche de camping, un aguacero de despedida y una merecida fiesta. Al día siguiente, sábado por la mañana, como gran recompensa, nos dejarán despertar a las 7:30 de la mañana (6:30 real) para salir dos horas después rumbo a un almuerzo y luego a Bogotá, donde el frío de la sabana nos devolverá a la vida cotidiana.

Bastaron cinco días para superar una prueba que requirió ocho meses de preparación y ocho recorridos previos antes de volverse realidad. Ningún cabo quedó suelto y nadie puede quejarse de lo vivido, porque en situaciones así hasta las dificultades son placenteras.

Solo queda especular a dónde nos llevará la expedición de 2008. Algunos sueñan con Chocó, otros con Venezuela, el resto quiere ver la nieve. Ya veremos, ahora lo más sensato es descansar.

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