Hace seis años me fui del país
donde nací. Ahora vuelvo a Santiago de Chile, la ciudad escogida para iniciar la vuelta al mundo.
El día está nubladísimo y hay un frío que atraviesa la ropa con total impunidad. La mayoría de la gente que camina por el centro lleva bufanda, abrigos oscuros y cara malhumorada. En una esquina del Paseo Ahumada, la principal calle peatonal del centro, un vendedor ambulante vende globos terráqueos en miniatura.
-Por una luca se lo lleva a la casa -me dice el ciego con sobrepeso devenido en comerciante callejero. Una luca son mil pesos chilenos, dos dólares.
Compro el mundo bonsái sabiendo que estoy comenzando a darle la vuelta. Los diarios informan que en la misma ciudad están Alberto Fujimori y Carlos Menem. El ex presidente peruano acaba de recuperar su libertad y aparece en las fotos con los brazos en alto. El ex presidente argentino, que vivió en Chile cuando tenía orden de captura en su país, ha llegado a visitar a su mujer y a su hijo chilenos. En las fotos aparece sonriendo junto a Cecilia Bolocco y al pequeño Máximo. Nací y crecí en una ciudad en dictadura que, hoy en día, personas como Fujimori y Menem consideran un paraíso.
Pese al malhumor que provoca el frío, en Chile, la mayoría parece conforme. Michelle Bachelet, la primera mujer elegida presidenta en la historia de Suramérica, goza de una popularidad de estrella pop: cerca del 70 por ciento. El presidente que acaba de salir, Ricardo Lagos, terminó su mandato socialista entre aplausos de todos los sectores. "Chile es un ejemplo para América Latina", dijo hace unos meses el Secretario de Estado de los Estados Unidos, con la misma autoridad que un obispo bendice a los feligreses que cumplen los mandatos de la Iglesia.
Los primeros días en Santiago me han parecido una visita a una convención de gente conforme. Un sitio donde mantener buenos índices económicos es mucho más importante que los índices de analfabetismo, y donde qué hacer con los grandes excedentes monetarios es un tema sobre el cual opina cualquier peatón. El país va por buen camino, así que da lo mismo que mi sueldo sea miserable. Tenemos muy poca corrupción, así que nos olvidamos que amparamos una de las peores distribuciones de ingreso de todo el planeta. Estamos conformes.
Pese a todo, el auge económico es casi de lo único que se habla en una ciudad que construye carreteras subterráneas y shoppings siguiendo los cánones estadounidenses. La fiebre del consumo llega a tanto, que los bancos te ofrecen créditos a cambio de una sonrisa, y las financieras tardan menos de cuatro minutos en meterte a su sistema. Un terreno ideal para que se hayan venido las cafeterías Starbuck, para que florezcan los centros comerciales con megamulticines y para que el propio Adrián Ferrà, supuestamente el mejor chef del mundo, haya abierto aquí su primer restaurante fuera de Barcelona.
Como se trata de una ciudad donde la palabra salsa solo se asocia a espaguetis, los pocos sitios de bailes tropicales son territorio exclusivo de extranjeros. Cubanos, ecuatorianos, dominicanos y peruanos, estos últimos con su propia "Lima chica", en el centro de la ciudad. La llegada de profesionales colombianos y vendedores argentinos ha sido materia de reportajes. Los hoteles muestran ofertas especiales para ejecutivos del primer mundo.
-Mi sueño es viajar -me dice Bibi, una rubia en ropa interior que me vende un café. Según las guías de viaje, los "café con piernas", sitios oscuros donde chicas en bikini te venden un cortadito o un espresso, hace rato que son el mejor panorama de la ciudad. Son más de 150 locales hot, escondidos en el centro de una urbe con fama -vieja- de ser una de las más conservadoras del continente.
-¿Y a qué lugar te gustaría viajar?
-A cualquier lugar, pero lejos. Dejar este trabajo y recorrer el mundo, me dice ella, y sin contarle que estoy iniciando la vuelta al globo, acaricio en secreto el mundo que tengo en el bolsillo.
En pocos días dejo Santiago, y me voy por tierra a recorrer el interior de Argentina. Una pequeña noticia del periódico, venida del sector tribunales, me recuerda que Pinochet sigue vivo. Reside en una mansión del sector alto de la ciudad, se orina en los pantalones, le tiritan las manos y pasa tardes enteras frente a un televisor. Dicen que ha perdido la memoria, pero la amnesia parece ser de todo el país.
"A veces es mejor olvidar", me dijo Bibi, la chica del café con piernas. Otra alternativa es ir a darle la vuelta al mundo.

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