Faltaban pocos minutos para las once de la noche. En la cubierta, decenas de parejas miraban por última vez las luces de Mahón, una pequeña ciudad de la isla de Menorca que durante muchos siglos ha visto pasar muy de cerca las más diversas culturas del Mediterráneo. Un puerto de las Baleares en el que varios artistas españoles han construido hermosas casas blancas sobre las rocas que miran al mar.
El Silver Whisper, un barco de lujo para 382 huéspedes, había atracado en Mahón a las ocho de la mañana de ese mismo día, en desarrollo de un crucero que había partido del puerto de Civitavecchia, a pocos kilómetros de Roma, seis días atrás. Faltaban pocos minutos para las once de la noche, y, al lado de la piscina, Enrico -un italiano de más de cien kilos al que algunas noches había visto en el bar del casino- servía champaña sin descanso. Cada vez que el barco iniciaba otro tramo de su recorrido había un nuevo motivo para brindar. Así había sucedido en Livorno y en Sorrento, y así sucedería en Palma de Mallorca y en Barcelona.
Sin embargo, algunos habían pospuesto el brindis, pues esa noche habían tenido el privilegio de asistir al puente de mando para ver la salida del crucero. Al capitán Ignazio Tatulli, un genovés de 42 años que ha cruzado los siete mares y que desde hace poco más de un año está a la cabeza de esta embarcación, no le molesta la presencia de dos o tres extraños en este lugar, siempre y cuando guarden absoluto silencio y se ubiquen en un punto fijo en el que no estorben a los marineros. Al lado de una serie de sofisticadas pantallas que reproducen al detalle el laberinto del puerto, un marinero como los de los tiempos de Cristóbal Colón va dibujando a mano la ruta en un mapa de papel. Al lado de los radares de última tecnología, los astrolabios todavía cuentan. Con unos y otros se decide cada giro de la nave, que en lugares como Mahón pasa a pocos metros de las construcciones de la isla. En una ceremonia que se realiza con las luces apagadas, el capitán y el piloto del puerto dan las órdenes mientras en cubierta continúa la fiesta. Unos minutos más tarde, con la isla atrás, mar adentro, Tatulli le entrega el mando a su segundo y destapa una botella de Limoncello para brindar con sus invitados.
El Silver Whisper, uno de los cuatro barcos de la firma Silversea, es un hotel de cinco estrellas que se mueve por los puertos más atractivos del mundo. A diferencia de los cruceros de combate en los que los pasajeros duermen en estrechas literas, en el Silver Whisper cada habitación es una suite con terraza sobre el mar, sala con todas las comodidades, vestier y baño dotado con productos Bvlgari. La tripulación está compuesta por 295 personas -en su mayoría norteamericanos, italianos y filipinos-, de manera que hay un empleado por cada 1,3 huéspedes. Aunque el barco navega casi siempre de noche, y durante el día se detiene en el puerto para que los pasajeros desciendan y conozcan un poco de cada lugar -para lo cual hay excursiones planeadas-, la idea es que el tiempo a bordo constituya una experiencia inolvidable. Por eso, los barcos de Silversea tienen piscina, casino, spa, salón de belleza, biblioteca, sala para jugar cartas, zona para trotar, centro de cómputo, un teatro en el que cada noche se ofrece un espectáculo musical, bares con diferentes ambientes (desde discoteca hasta salón de piano) y restaurantes de diversos estilos: los más sofisticados son Le Champagne -calificado con tres estrellas Michelin- y The Restaurant -cuya carta está avalada por Relais & Chateaux. Y todo (o prácticamente todo) incluido.
Realmente, no hay forma de aburrirse a bordo de un crucero de esta categoría. Tanto así que hay personajes -quizás solitarios y adinerados a la vez- que han convertido al Silver Whisper en su casa. Para la muestra, una californiana que ronda los 80 años, y que está a punto de completar 400 días a bordo. Se llama Ruth y para muchos de los tripulantes ha ocupado el lugar de esa mamá que rara vez pueden ver, por vivir de puerto en puerto.
Jugar cartas, beber champaña, comer caviar, hacer planes en el balcón de la suite, probar suerte en el casino o bailar pegado mientras el barco avanza en alta mar es una experiencia que bien vale la pena programar para unas vacaciones no muy lejanas. Sobre todo si cada mañana uno amanece en un puerto diferente y tiene la oportunidad de cambiar de ambiente, de cultura y de plan todos los días. como en la vuelta al mundo de Julio Verne.

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