¿Existiría la literatura sin el alcohol?, nos preguntó Julio Cortázar a un grupo de escritores reunidos en la abadía de Royaumont, a pocos kilómetros de París, en un benigno otoño de 1972. Invitados por la Escuela Práctica de Altos Estudios, discutíamos sobre la sociología de la literatura latinoamericana, tema tan sesudo como tedioso. El marco de la abadía tenía cierta fascinación y misterio medievales. Cuando leí El nombre de la rosa, la novela de Umberto Eco, evoqué siempre ese recinto religioso regentado por monjes benedictinos, a quienes se les atribuye con razón el privilegio de fabricar una de las bebidas espirituosas más célebres del mundo.

Cortázar propuso un congreso paralelo, tal vez para sacarnos del aburrimiento de la teoría literaria. A su propuesta se sumaron Alfredo Bryce Echenique y Julio Ramón Ribeyro, escritores peruanos dispuestos a sostener, con ponencias autobiográficas que, en efecto, sería imposible imaginarse la literatura sin la existencia del alcohol. En ello coincidimos los demás ponentes, animados durante tres noches seguidas por el agua de vidaque nos ofrecía un robusto monje benedictino de nariz rubicunda.

Lástima que no se dejara un registro de las actas de aquellas sesiones, dedicadas a un ausente: el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, bebedor de whisky empedernido. Como oscuros pájaros nocturnos aparecieron en las celdas de la abadía grandes escritores de todas las épocas, desde François Villon hasta Molière, desde William Shakespeare hasta Dylan Thomas y Malcolm Lowry. Con su robusta voz caribeña, Roberto Fernández Retamar nos recitaba poemas de Omar Khayyam. El antropólogo Roger Bastide hacía una historia abreviada del ron antillano y el paraguayo Rubén Barreiro Saguier hablaba de la caña suramericana. La abadía se convertía así en un barco ebrio de ingeniosas reflexiones alrededor del alcohol y la literatura, para muchos un pleonasmo, una redundancia. Bebida y literatura, ¿eran acaso sinónimos? Grecia y Roma no podían concebirse sin el vino que regó las páginas de su historia. Mientras escuchaba estas disertaciones, se me dio por tararear en catalán la canción del valenciano Ovidi Monitor, mi vecino del Parc Güell de Barcelona: el vi del vici/ el vi del sacrifico (vino del vicio/vino del sacrificio).

La mayor apología contemporánea de la bebida se la debemos sin duda a Malcolm Lowry, tremendo escritor que no pudo evitar el delirium tremens ni la genialidad de escribir la gran novela alcohólica del siglo XX: Bajo el volcán. Localizada en Cuauhnahuae (la Cuernavaca moderna), la novela del cónsul Geoffrey Firmin es la última temporada en el infierno del escritor que habría de morir con una botella de ginebra en el guargüero. Lowry es al delirante mundo del alcohol lo que William Burroughs es al mundo de las drogas: los extremos de la lucidez extraídos de la locura.

No pretendo hablar de lo que hablamos de sobra en aquel otoño benedictino sino resaltar, como se resaltan las marcas de las bebidas en sus etiquetas, la importancia que el alcohol ha tenido en la creación imaginaria de todas las épocas. El elogio del alcohol incluye pues un elogio de la literatura, esa borrachera de la conciencia humana, consagrada incluso en la Historia Sagrada del Occidente cristiano en una figura que pareciera haber sido bañada por la liturgia del vino: me refiero a Noé. En las actas de mi memoria quedan, sin embargo, algunas conclusiones sacadas en aquellas jornadas etílicas, resumidas ahora, no como otro elogio de la locura sino como el elogio de la cordura que debe presidir los actos de todo bebedor.

El trago de los latinoamericanos, el drink de los anglosajones, el coup de los franceses, las copas de los españoles, han corrido la mala suerte de ser difamados por sociedades curiosamente formadas por hombres y mujeres que conocieron los excesos antes de elegir la religiosidad del arrepentimiento. El alcohol, creo, no merece tantas diatribas. Es la palanca que empuja a la sociabilidad humana. Si ha dejado y sigue dejando víctimas, la culpa no es del alcohol sino de la fragilidad de esas voluntades que nunca supieron que el alcohol no era un fin sino un medio. Bebedor que se respete sabe que se mueve en las redes tupidas y peligrosas de un enemigo con el cual hay que saber convivir.

El cartesiano pienso, luego existo no es menos trascendental que el bebo, luego vivo. La muerte espiritual de los hombres, en cambio, es su insana renuncia a las bebidas espirituosas. La voluntad se hizo para regular la relación del hombre con sus vicios. Éste es el signo inequívoco de su cultura. Y la cultura alcohólica ha sido siempre el apéndice de la cultura de todas las sociedades y épocas. Imaginarse un pueblo sin bebidas equivale a imaginarse a un pueblo sin... agricultura. A toda agricultura le sigue la fermentación de alguna fruta.

Se me dirá que gracias al alcohol se han cometido los crímenes más espantosos. Por mi parte, podría decir que la lucidez de la razón abstemia ha producido mayores crímenes. Ebrio de poder y sin beberse un solo trago, Macbeth asesina a Duncan, rey de Escocia. Si la historia no miente, Hitler, Francisco Franco, Pinochet y Papá Doc no eran déspotas inclinados a la bebida. Eran abstemios, como nuestro presidente Uribe, a quien no trato de llamar déspota. La inclinación hacia el crimen es pues anterior a la inclinación hacia la bebida. Antes de ser un borracho, el hombre es un ser predispuesto a numerosos crímenes. A menudo, las bondades de la santidad ocultan las perversiones de numerosas maldades. La borrachera de sus rencores no necesita del tan difamado elíxir. Un hombre bueno que bebe será un borracho bueno e inofensivo, un poco tontarrón, es cierto, pero inofensivo: llora y se duerme. El buen borracho no conoce el aguijón de los remordimientos, ni se ahoga en las aguas pantanosas de la resaca moral. Una segunda conciencia, vigilante como policía, estuvo siempre detrás de la inconsciencia de beber a discreción.

Vinculado a la sociabilidad y a la creatividad humanas, el alcohol está también vinculado a la sexualidad, esa experiencia de la sociabilidad y la creatividad convertida en el origen de fracasos y triunfos.

En el acto 2, escena III de Macbeth, el portero del palacio donde se asesina a Duncan, nos da la más sabia reflexión y el más preciado consejo sobre los efectos bondadosos y perniciosos de la bebida. En cuanto a la lujuria (el alcohol) la provoca y desprovoca: provoca el deseo pero impide su erecta ejecución. Por eso el mucho beber es, como se dice, el embaucador de la lujuria: la crea y la destruye, la excita y la paraliza, la persuade y la desanima, la endereza y la arruga. En conclusión: en el sueño la seduce y luego le dice: No más que me aburrí. (Traducción de Jorge Plata).

En ese contradictorio dilema se mueven los efectos de la bebida. Enriquece y arruina la sociabilidad. Un buen bebedor es aquel que escucha al sexto sentido que le dice: hasta aquí llegamos juntos. Los malos borrachos son una plaga que los buenos debieran despreciar. Porque el peor de los crímenes cometidos por los borrachitos se comete en principio contra ellos mismos. De esto se ocupa la psicología, pero la psicología no dice que la culpa sea de la bebida, un medio, como muchos, para administrar nuestra vida con los demás. La psicología disecciona al carácter pero no culpa a las técnicas de fermentación de las frutas. La psicología no abomina de los alambiques sino de los alambicados caminos que conducen a la fragilidad humana.

Prefiero la ebriedad poética a la borrachera maluca. Siempre he creído que el hombre es un ser ebrio de conocimientos, de experiencias, de compañías y de soledades. Inventó la bebida para convivir con los demás y consigo mismo. La ebriedad es la exaltación de la lucidez, el medio más expeditivo de abreviar las distancias que nos separan de los desconocidos. La bebida convierte el obstáculo en trampolín. Remedio para el retraído o el tímido, lo vuelve osado de lengua y de conducta. Pero, ¡ay de aquel que crea que la bebida remedia sus melancolías o reduce sus agresividades! No se engañen: las multiplica. Las penas ahogadas en alcohol reviven con más ímpetu; el emputecimiento mojado con vino produce encabronamiento más agresivo.

En el Manual del Buen Bebedor debería prohibirse beber cuando se viven penas o cóleras incomprendidas. Preferible aceptar que el tiempo resta lo que la bebida multiplica. Se equivocan entonces el bolero y el tango, géneros en los que las penas y las rabias no se ahogan en alcohol sino que reviven en una misma queja repetida.

Las campañas contra el consumo de alcohol son un sofisma de distracción. Lo que se quiere decir es que el ser humano, con sus inmensas imperfecciones, es alguien que no puede administrar correctamente lo que inventa para su placer. Los argumentos de los prohibicionistas no son distintos a los que algún tonto esgrimiría contra la producción y adquisición de automóviles, apoyado en las estadísticas que dan cuenta de la accidentalidad vehicular y los muertos que deja a diario por el mundo. El alcohol es un automóvil que hay que saber conducir.

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