La primera vez que veo el Madison Square Garden es por televisión. Y no precisamente en un evento musical: es una pelea de boxeo. ?Vuelvo? al Madison a través de la música unos años más tarde, en un video donde la legendaria banda Led Zeppelin utiliza el escenario para su concierto The song remains the same (La canción es la misma). El Madison, para mí, ha ido siempre de la mano de artistas como La Fania All Stars, Prince, James Brown, Frank Sinatra, Pink Floyd, los Rolling Stones. Y para todos, el Madison ha sido, y es, un templo. Allá no se toca; se oficia.

Han pasado años desde entonces y hoy soy yo el protagonista de mi propio video. Estoy en Nueva York para unirme al Madison. Todas las noches salgo a caminar y paseo cerca al aviso electrónico de los próximos conciertos. No lo puedo creer: después de Cabas vienen los Rolling Stones, The Who, la Dave Matthews Band. Gasto un rollo entero de fotos en el anuncio y la mitad de ellas las dejo por ahí, en lugares estratégicos, para que alguien las encuentre y se imagine lo que es tener su nombre unido al del Madison. De las 18 horas diarias que paso haciendo promoción, estos minutos son una recarga energética para agradecer y contemplar con nostalgia el transcurso de mi vida. Para valorar tanta entrega a un sueño que está ahora a mis pies.

El día anterior a mi cita con el templo, camino por una calle de Nueva York y encuentro a un afroamericano de esos que usan una batería hecha con latas de pintura. Su técnica y groove son impresionantes. Pienso que debería invitarlo a abrir mi concierto. Es una paradoja de mi propia situación, porque aunque toco pocas veces en la calle, y he hecho el obligado circuito de bares, teatros y plazas de toros, cuando te enfrentas al Madison cualquier otro escenario se convierte en un callejoncito sórdido y aburrido, donde te las arreglas con tus latas para divertir a los transeúntes. Aquí te sales del callejón y miras al mundo de la música a los ojos.

¿Cómo y a qué horas comenzó todo? En estrictos términos musicales, a las 4:00 p.m., cuando hicimos la prueba de sonido, en medio de mucho estrés y mucho lío. Es el momento en que arranca a competir con la música el aspecto comercial del asunto y a uno se le complica la vida. El Madison es tan mágico que en la prueba de sonido termino garabateando sonoridades no planeadas, haciendo nuevas canciones. El ambiente y la imponencia del lugar te hacen crear, ir más allá. El Madison no te permite resbalarte; solo escalar y encontrar nuevos sentimientos. Además, pienso que en un par de horas voy a estar compartiendo tiempo y vida con tres artistas que han influenciado mi carrera musical: Leonor González Mina, Lisandro Mesa y el Joe Arroyo. Con el perdón de las demás bandas, a las cuales admiro, para mí, como colombiano, estar junto a ellos es el equivalente a estar con los Beatles, Pink Floyd o Led Zeppelin. Ellos son parte de mi familia, como lo son hoy mis músicos.

Somos nueve, y aprovechamos los minutos previos al concierto, en el camerino, para hacer bullerengues, tamboras, cumbias. Mamamos gallo y bajamos la mamadera con roncito. Veinte minutos antes de salir a escena, saco a todos los que no tienen nada que ver con el asunto musical; no quiero que me chupen la energía. Me repito que la música es una y que la música es uno. El camerino es un sitio frío, poco cálido en todos los sentidos, así que me pongo a saltar y a moverme para estar a tono con la multitud. La prensa está afuera, tratando de entrar, de colar una grabadora, de clavarme dos preguntas. Tienen que entender que antes del concierto no hablo con nadie. Quienes no lo comprenden van a escribir que soy un tipo pedante. Estoy preparado para leerlo mañana.

Salgo del camerino y me rodea la gente, y siento que soy el protagonista de uno de esos documentales musicales en los que el líder de la banda va camino de la prueba de fuego. Soy una isla, una isla rodeada de gente que cuchichea, que me señala, que estira las manos para arrancarme no sé qué, que habla de mi pelo. ?¡Andrés, Andrés, una foto!?, me gritan de todas partes. No es el momento. Yo estoy en lo mío y lo mío son quienes me esperan del otro lado de las luces.

Comienzo a cantar. Tengo apenas 15 minutos y los voy a aprovechar. Me gusta que en una canción alguien sepa que se la estoy cantando. Escojo persona y música: ella es una jovencita que está cerca del escenario y le canto Ana María sin quitarle los ojos de encima. Ella sonríe porque sabe que la estoy mirando. El escenario se vuelve como los tacones de tus botas, una extensión tuya. En el aire flotan las vibraciones, las alegrías y las emociones fuertes de todos los artistas que han estado, como yo, ahí. Es cierto: a uno se le alegra el corazón de pensar que se está actuando en el Madison Square Garden y, sobre todo, que uno está cantando música colombiana con una guitarra eléctrica encima, y reventando. Siento que todos los artistas que participamos en este ?canto a la paz? del 20 de julio hemos hecho algo por lo que valdrá la pena recordarnos. Hemos hecho lo nuestro. Mejor dicho: aparte de que el mundo está patas arriba, en mi alma de rockero, niño y soñador, sé que por haberle cantado a la paz de Colombia en el Madison la vida no dudará en premiarme con el motivo de mi canto.

Pongo a la gente a saltar, como yo en el camerino, y cuando estas 15.000 personas enloquecidas comienzan a gritar y a moverse, pienso que vamos a derrumbar el lugar; alcanzo a alucinar con una destrucción del Madison: el poder colombiano aclarándole al mundo que no somos bandidos, terroristas ni nada parecido, que somos guerreros, bailadores y cantantes, y que nuestra fiesta es tan brava que lo ponemos todo a temblar.

Se termina mi tiempo pero arranco las primeras notas de Colombia, tierra querida. La cantamos todos a capella y tengo la seguridad de que el templo se ha convertido en satélite y comenzamos a enviar a través de él, a todo el universo, el amor enorme que le tenemos a nuestra tierra. Comprendo aquella frase de mi ídolo, Bono, de U2: ?La tarima no es sino un zapato de plataforma?.

A pocos metros, Camilo Pombo, mi manager, tiene que lidiar con los organizadores, enredados en cuestiones de reloj. Me doy cuenta de que pueden estar incómodos pero sé que no puedo terminar esto sin un garabato. Me tomo dos minutos preciosos para Fiesta de tambores y remato cantando con los otros 15.000 miembros de ?mi? banda: ?El cuerpo es tu instrumento, ¡muévelo como se te dé la gana!?
De arriba, literalmente, voy para abajo. Escaleras abajo del escenario siento un bajonazo. Estuve arriba con la gente y no hay un high que se compare con esto. Ni las fiestas, ni las felicitaciones, ni los abrazos de nadie. Quiero estar a solas con mis músicos pero entiendo que hay que cumplir compromisos sociales. Vamos a Novecento, un bar de colombianos donde bailamos funk, Aterciopelados, Ceratti y buen rockcito hasta la una de la madrugada. De allí nos vamos a la fiesta oficial del evento a darle la mano a este, a aquel y al de más allá. Me vuelo. La gente cree que me voy a una rumba privada con siete modelos, todas hermosas, todas desnudas, todas entre burbujas. Nada. A las 2:00 a.m. estoy dormido. Tocar es una cosa verdadera y después de tocar quiero hacer algo verdadero. Dormir es algo verdadero.

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