Apreciado joven:
Me atrevo a importunarlo porque somos compatriotas. Pero no me alienta menos a escribirle el hecho de hacerlo a una revista colombiana, como si este dato protegiera mejor mi intimidad. Joven, estoy desesperada. Tengo 65 años y en las pasadas vacaciones, en una conocida playa de la costa atlántica, un joven de unos cuarenta años, no más, se acercó a mis amigas y a mí, con pretensiones inexplicables. Se hallaba el joven en la carpa de enfrente a la nuestra, y se comportaba con una galantería impropia. Mis amigas y yo –Dorita, de 70; Irma, de 68; Leonor, de 71– nos dijimos que se trataba de un cazafortunas, de un perverso, de un psicópata asesino. ¿Por qué habría de rondarnos, a nosotras, separadas o viudas, o ya olvidadas, un mozuelo que a su edad debería andar buscando, como todos, chicas de veinte? Nos propusimos rechazarlo, pero Irma cayó en sus redes. Ya llevan dos meses y nuestra amiga, rejuvenecida, nos explicó en el último té de los jueves: “Me dice que tiene también mujeres de veinte. Pero que lo que le gusta de mí es que lo adoro como a un objeto sexual. Le gusta tenerme de esclava y ver cómo rejuvenezco gracias a él. Y la verdad es que me encanta ser su esclava”.
Esto podría quedar acá, estimado joven, pero lo inconcebible es que Alberto consiguió mi correo, y ahora me escribe y me sugiere vernos, a espaldas de mi amiga Irma. No sé qué hacer.
Estimada señora:
Su amiga se entregó, arriesgando su fortuna y su vida, cuando todavía no sabían de qué se trataba. Pudo haber muerto o ser estafada en el intento. De hecho, todavía no podemos descartar ninguna de estas dos eventualidades. Pero lo que sí podemos afirmar ya mismo es que ninguna de sus amigas tiene derecho a compartir con ella a su semental. Fue ella la que arriesgó. No vale seguir las huellas de quien se adentró en campo minado. Cuando no creemos en los milagros, los ángeles se enojan. Irma creyó en el milagro, usted y sus amigas deben aceptar ahora la furia de los ángeles. Si no es capaz de contenerse ahora como se contuvo en la playa, deberá sufrir algo aún más despiadado que la furia de los ángeles: el peso de su propia conciencia culpable. Deje sin responder ese correo. Deje tranquila a su amiga. Ni en el amor ni en la guerra vale todo. Ese es un dicho de los inmorales, que aprovechan para disfrazar cualquier situación de amor o de guerra.
Yo no hubiera sabido darle un consejo antes de que esto ocurriera, pero no me cabe ninguna duda del que le estoy dando ahora.