El pasado cinco de abril, a las tres y media de la mañana, mi novio y yo nos clavamos contra un poste. Lo más indicado habría sido que nos hubiéramos ido en un taxi, pero como ya nos habíamos aplicado $40.000 pesos en vodka, pues nos pareció sensato irnos en mi carro. Mi novio, que venía manejando, se quedó dormido y ¡tas!; lo siguiente fue comprobar que estábamos vivos, juntar los escombros de mi cuerpo adolorido y llamar a mis papás para contarles.

Dos ambulancias, luego servicio de urgencias, exámenes de sangre y radiografías desde la cabeza hasta los tobillos para cada uno. Como yo me rompí la clavícula, tuve severos espasmos musculares, me espiché un nervio del brazo y me salieron múltiples edemas en la mandíbula, tuve que pagar honorarios de cirujano maxilofacial y ortopedista. Lo de mi novio parecía más serio porque a él le hicieron un TAG y lo examinó un neurólogo; falsa alarma: solo se había raspado la calva.

Pasé dos noches en la clínica. Mi novio solo una. Al final, la cuenta era como del Hilton: $7.840.000. Bastante, sobre todo si tenemos en cuenta que los médicos, indignados porque íbamos borrachos, nos trataron muy mal.

Para describir los daños del carro, baste decir que aún no ha salido del taller. En este momento van $6.470.000 y con posibilidades de aumentar.

La próxima vez, lo juro por Dios, Buda, Lao Tse y el Osito Bimbo, cogeremos un taxi.

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