Yo llevaba la vida del serenatero. Tomaba todos los días para no dejarme del guayabo porque si me alcanzaba de ahí no salía. Mis primeros tragos me los tomé en el Gun Club, del que mi padre era socio. Salía de la Universidad del Rosario donde estudiaba economía, cruzaba la Jiménez, almorzaba con él en el club y me sentaba con sus amigos a beber whisky toda la tarde.

Después de su muerte abandoné la universidad y me metí en el mundo de la publicidad. Comencé ganando 600 pesos mensuales, muy buen sueldo para mi edad: 21 años.

No necesitaba nada porque venía de una familia acomodada. Estudié en el Gimnasio Campestre y en el Helvetia, pasaba vacaciones en España, llegué a tener un handicap de 10 en golf y practicaba la equitación en los caballos de mi padre, así que podía gastarme el sueldo entero en salidas.

La agencia para la que trabajaba tenía cuenta abierta a mi nombre para invitar clientes y amigos. Los llevaba al Refugio Alpino. Obviamente los almuerzos eran con vino y después nos pasábamos a algo más fuerte. Bebíamos Coca-Cola con ginebra Sander que costaba unos $28. (Hoy en el Refugio Alpino un almuerzo con caracoles de entrada, steak tartare de plato fuerte y una botella de vino Los Vascos sale por $75.000. Si se pide langostinos como plato principal la cuenta es de $95.000. Una botella de ginebra vale $60.000. Tres comensales con una sobremesa de dos botellas de gin más cigarrillos pagan actualmente $300.000. Dos almuerzos a la semana de este calibre suman al año 30 millones).

Con el tiempo pasé a una agencia de publicidad con capital gringo exclusivamente, donde ocupé el puesto de subgerente por varios años. Mi trabajo requería viajes constantes, creo que volaba unas tres veces a la semana. En Barranquilla me quedaba en el Hotel El Prado, en Cartagena en el Caribe, en Cali en el Aristi o el Alférez y en Medellín en el Nutibara. Siempre los mejores hoteles. En cada una de esas ciudades reproduje la vida que llevaba en Bogotá. Invitaba a los clientes, hacíamos fiestas de dos o tres días con todo lo habido y por haber. En Medellín incluso armamos una con Julio Iglesias, del que me hice amigo. Un buen tipo pero sinvergüenza como él solo. Le gustaba hacer muchas cochinadas. (Un tiquete a Cartagena en clase ejecutiva con impuestos más IVA cuesta $987.000 y una noche de hotel con desayuno incluido, $130.000. Un viaje a la semana de este tipo durante un año suma 65 millones de pesos)

Como tenía las mejores cuentas publicitarias con el tiempo abrí mi propia agencia. Cogí las de las compañías más grandes. Nos llegaba la plata directamente a nosotros, no por comisión como sucede ahora y era por montones. Para ese entonces le echaba un chorrito de vodka o brandy al café para entonarme hasta que llegaba la hora de uno de mis almuerzos de trabajo y arrancaba de nuevo. Tuve la agencia unos cinco o seis años pero malos manejos y mi tren de vida nos llevaron a la quiebra. Fue entonces cuando me llamaron para gerenciar una agencia fuera de Bogotá porque, a pesar de mi alcoholismo, era un excelente publicista.

No tuvimos que salir del apartamento que teníamos en Rosales ni de los dos carros Fiat. Me trasladaron con el colegio de mis hijos pago, tenía carro con chofer, acciones en un club, mejor dicho todo. Como era una multinacional los viajes se extendieron a Estados Unidos, México, Brasil, Argentina. Una vez más llevé mi vida a rastras. Pagaba perras a punta de American Express.

En esos años apareció la cocaína en mi vida. Con mis amigos inauguramos el 'ritmo cuarenta', que no era otra cosa que echarse un pase largo cada cuarenta minutos. Obviamente era perico de la mejor calidad. Como venía en piedra lo echábamos a un molinillo de madera y lo volvíamos polvo y cada línea era un sacudón. El gramo costaba $2.000, eso eran los ochenta, y como las rumbas ya eran de semanas se nos iban unas buenas cantidades. (Cinco adictos en una rumba de tres días pueden consumir 15 ó más gramos de cocaína de alta pureza por $150.000 aproximadamente. Una reunión de estas cada quince días suma al año 15 millones).

Cuando empecé a beber y a meter a diario despachaba desde el sitio que escogíamos para reunirnos. Me hacía poner un teléfono en la mesa y desde ahí contestaba las llamadas del trabajo. Obviamente había mujeres a todas horas. Llegué a acostarme con una diferente todos los días. (Una prostituta de lujo cobra $250.000 por hora y $800.000 una jornada. Tener sexo toda una noche una vez a la semana un año entero factura cerca de 40 millones de pesos).

Pronto mi mujer no aguantó más y nos separamos. Me devolví a Bogotá, entré a otra agencia, buen puesto, buena plata, unos cinco millones al mes libres hasta de impuestos. Se me iban toditos. Continué hasta que me echaron definitivamente. No podía tenerme en pie. Como no ahorré nada en esos 20 años y las propiedades estaban a nombre de mi esposa tuve que vivir con mi mamá. Después me volví pastor protestante, dejé de tomar y regresé con mi esposa pero ese es otro cuento. Lo cierto es que aún hoy estoy pagando las deudas de plata que contraje cuando me eché a perder. (Un año de rumba, con un viaje todo pago, una mujer, alcohol, comida y droga una vez por semana cuesta 150 millones de pesos al cambio de hoy. Dos décadas, 3.000 millones).

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