Me piden unas palabras sobre cuánto me costó educarme. No aclararon si en dinero o en angustias por llegar sin la tarea, perder el bus o rajarme en álgebra. Me cuentan que estuve en un preescolar pero lo primero que recuerdo es kínder en el Gimnasio Campestre, colegio del que mi padre se había graduado en la primera promoción. Durante mis primeros años de primaria tuve un tío en bachillerato que era un apoyo formidable cuando alguien nos quitaba el balón. Recuerdo cómo escuchaba embelesado los cuentos de hadas que nos narraba Carmencita Villaveces en clase de trabajo manual y las historias mágicas de la Biblia que nos contaba Carmencita Casas en religión. Por varios años quise ser santo y leí toda clase de vidas de santos hasta darme por vencido con la cercanía de la pubertad. Recuerdo leer y leer a Julio Verne, con frecuencia a escondidas, en lugar de hacer tareas de aritmética. Mi logro máximo a esa edad fue recitar Simón el Bobito delante de toda la primaria; fue especialmente formativo para mi vida política futura, pues se trataba de hablar en público y que se rieran de mí. Pero mi felicidad máxima en esos años fue ser lobato, scout y salir a acampar.

El Campestre era un colegio conservador y bastante terrateniente y el Incora era una entidad poderosa y amenazante por esa época. Y mi padre era el gerente de la entidad, por lo que más de una vez recibí muendas de "incorados". Pero más allá de eso había una camaradería que aparentemente solo se desarrolla en los colegios no mixtos.

En disciplina nunca me fue muy bien y de haber crecido en estas épocas seguro me habrían recetado Ritalina. Cuando iba a entrar a tercero de bachillerato nos pasaron a todos mis hermanos y a mí al Refous, pues mi mamá se había aburrido de las quejas de mi indisciplina. Como el Campestre, el Refous fue una experiencia maravillosa, con amigos del alma y con Monsieur Jeangros, un rector mítico que nos llevaba a trotar descalzos ?con él adelante? por las carreteras destapadas de Suba. Las excursiones a todos los rincones de la patria enamoraban de Colombia; y de alguna compañera, por platónico que fuera todo en mi caso.

Gracias a un debate político que merece cuento aparte, mi familia se fue a vivir a Washington cuando yo tenía 15 años. Nunca había salido del país hasta entonces y me parecía un sueño. Allí estuve en un colegio público del barrio donde vivíamos. Era un colegio enorme, con más de tres mil estudiantes para los últimos cuatro años de bachillerato, en que uno escoge las clases y nunca está con los mismos. Para los que tenemos oído negativo y menos ritmo que un eucalipto sabanero, aprender otro idioma es una epopeya. Pasaron meses en que no alcanzaba a distinguir una sola palabra de lo que decían en televisión. Me dormía en todas las clases tratando de entender. Una vez llegó un tipo afanadísimo a la casa pidiendo algo con desespero y, luego de un rato, entendí a través de señas que quería agua. Le saqué un vaso de agua. Resultó que tenía el carro en llamas.

Durante los años de colegio y universidad en los Estados Unidos trabajé casi permanentemente, especialmente en vacaciones: limpié pisos en un restaurante, trabajé de obrero en construcción, aseaba un laboratorio de desarrollo de equipos mineros, vendí zapatos, lavé platos. Recuerdo a un compañero de lavada de platos, inmigrante ilegal de El Salvador, que me contaba que sabía arar "con bestia y con tractor". Fui mesero, trabajé toda la noche lavando bandejas y pisos en una fábrica de donuts, fui asistente de investigación de un profesor y tendero encargado toda la noche de uno de los llamados Seven Eleven. Aún después de graduarme de la universidad fui obrero en Washington. Todos mis compañeros de trabajo eran negros, muchos ex combatientes de Vietnam. Los capataces blancos con frecuencia eran excesivamente duros, pero recuerdo uno negro que me decía: "Tranquilo, hermano, no trabajes tan duro que esto no es nuestro". Sumando mis períodos en construcción, trabajé más de dos años de tiempo completo como obrero raso, sindicalizado y bien pago, eso sí.
Si el colegio en los Estados Unidos no costó nada porque era público, la universidad no solo no costó sino que me pagaban el dormitorio, la alimentación y hasta los libros gracias a una beca. No tuve beca por inteligente sino por futbolista. Y tampoco es que fuera buen futbolista, pero en país de ciegos el tuerto es rey y en esa época no eran muy futbolistas en los Estados Unidos. A mi equipo del colegio le fue bien y resulté con beca en la universidad. Lo que recibía por cuenta de la beca, puesto en costos de hoy, era más de lo que luego recibí como salario en la Alcaldía.

Con los ahorros de un año de obrero me fui de viaje y una vez en París me enamoré del lugar y decidí quedarme (aprender francés fue otro parto de elefante). Luego de estudiar mucho logré entrar a una gran escuela de cine y a una de administración pública y creí poder hacer los dos programas simultáneamente y además trabajar. Cuando vi que no sería posible renuncié al cine. A través de un amigo tunecino con el que compartía apartamento conseguí trabajo en un hotel, tres noches una semana, cuatro la siguiente. Quedaba encargado de la portería, el conmutador y registrar. Años después de regresar a Colombia fui con mi esposa al Hotel Céramic en la Avenida Wagram y mi compañero de noches alternas todavía seguía allí.

Cuando llegué a Colombia me dediqué de tiempo completo a administrar un cultivo de tomates en invernadero, a escribir en la sección económica dominical de El Espectador y a dictar clases en la universidad. Imagino que ya estaba educado entonces, puesto que me dejaban dictar clase. Supongo que, por lo menos mi esposa, a quien conocí cuando fue mi alumna, se creyó el cuento.

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