Yo no sé qué le ven las señoras al número 69. En mi opinión, y en opinión de Catalina, Andrea, Natalia y María José, el 69 es estupendo. Y punto. En él se origina el movimiento perpetuo. Para lograrlo, el 6 y el 9 deben agarrarse lo más enérgicamente posible por sus respectivas punticas, lo que los obligará a desplazarse en redondo, a veces suavemente, a veces en un vórtice vertiginoso. Claro está que a Catalina, Andrea, Natalia y María José, la teoría las tiene sin cuidado. Ellas prefieren la práctica. Yo no. A mí la edad me ha reducido cada vez más a una serie de especulaciones peregrinas. Lástima. Porque hubo una época en que trepándome al 69 llegaba al 69 en su estado pleno y natural, mientras que ahora cuando mucho alcanzo al 33, que es la cifra ideal del dormilón que sueña, acompañado, y sólo pocas veces paso por el 8, que es como debe ser, para limitarme a un mediocre 95, número horrible volteado de espaldas, en el que el 5 se encoge en estado fetal mientras el 9 escurre el trasero para no ser tocado. Obvio, cada cual puede interpretar las cifras como le provoque. Y pensar lo que quiera del 00, del 09 (que no es únicamente la clave de las hormiguitas) o, inclusive, del 80. Lo que no puede es equivocarse respecto del 69. El 69 no admite elucubraciones. Él va a lo que va. Y, como decía Catalina, sentadita en su diván: punto. Aunque ella no decía propiamente “punto”. Decía “y punto”, momento en el cual la cámara le enfocaba el ombligo. Con el patrocinio de Comcel. O de Bellsouth. Ahora bien, si nos remontáramos a la historia podríamos decir que los números comenzaron con el 69. Una juiciosa investigación etnolingüística, encabezada por el profesor Felatio, de la Universidad de Colorado, demostró hace poco que desde el mismo momento de la Creación, cuando Eva le dio a probar su manzana a Adán, nuestros padres comunes descubrieron la razón de ser del Paraíso. En efecto, dice Felatio, los pobres eran tan inexpertos en el asunto que creyeron que se comenzaba por el mismo órgano con el que Dios les había enseñado a pronunciar la palabra Dios. De manera que, una vez embarcados en el asunto, no se pararon en pelillos ni aceptaron más dilaciones, y comenzaron a probar oralmente lo que después sería objeto de más minuciosas exploraciones. Pues, bien. El hallazgo fue sensacional. Cuando avanzaban en la materia, Eva, que fue siempre la primera en todo, lanzó un AU–AUU–AUUU, seguido por el AU–AUU–AUUU de Adán, que el investigador tradujo como 69. Todo lo cual lo llevó a formular una hipótesis: el primer número, inclusive antes del uno, que pronunciaron Adán y Eva, fue el 69. Después, cuando avanzaron en el conocimiento, entraron en la aburrición. Pero ese es otro cuento. De todas maneras, quien quiera consultar las conclusiones de Felatio puede ir a esta dirección: www.69.delicioso.inolvidable.unico.fabuloso.org. Allí encontrará los más completos pormenores sobre la materia, entre ellos cómo las lenguas, mejor dicho los idiomas, son una perversión del primitivo sentido natural. Porque en bantú, en chino, en rumano, en español, en tailandés y en la totalidad de los idiomas que hoy se conocen y que habla el Papa, 69 se dice AU–AUU–AUUU. Desde ese punto de vista, el 69 es la base esencial para un nuevo acuerdo nacional. Si todos (Tirofijo, Castaño, el Cardenal Rubiano, Andrés, los miembros de la mesa, el alto comisionado, los embajadores de los países facilitadores, Simón Trinidad y hasta Rómulo) cambiáramos nuestras expectativas y pusiéramos su cultivo por encima del discurso vacío de la paz, en menos de lo que canta un gallo estaríamos al otro lado del conflicto. La guerra se reduciría así al espacio doméstico de nuestras habitaciones y todos entraríamos en la utopía de la felicidad. Porque el 69 es a la felicidad lo que la ‘metra’ es a los actores del conflicto: un guerrillero o un paramilitar o un soldado que se respete no se separará jamás de su arma. Una felicidad que quiera ser de verdad felicidad pondrá al 69 en el centro mismo de su tarea. Como Cali, el 69 es el 69. Y lo demás es loma.

Ventana al 69
Pero, para qué seguir. Lo cierto es que a medida que me aproximo a los 69, cada día veo al 69 más y más lejano. Ahora, para mí su ejercicio es prácticamente académico. Por eso, cuando hace poco descubrí, vía Internet, el ‘Club del 69’, sentí que tocaba el cielo con las manos. Durante días me preparé juiciosamente con el fin de lograr mi ingreso sin dilaciones, y repasé largas páginas de Las mil y una noches, con su interminable carga erótica, plena de posibilidades. Cuando me sentí fuerte en la materia, me dirigí al sitio. Me recibió la deliciosa imagen felina de una mujer prometedora. Quedé súpito. Al franquear su puerta de la misma manera en que la traspasó Cabrera Infante en la última página de La Habana para un infante difunto, entré al ‘Jardín de las delicias’. Allí estaban todas las ellas posibles, dispuestas, tórridas, insinuantes. No me extrañó para nada que yo fuera el único contertulio. De vez en cuando alguna desaparecía sin saber por qué, pero de inmediato era reemplazada por otra, superior a la primera. Tratando de eludir cualquier emoción primaria, las conté con disimulo. Eran 69, y parecían sacadas de la maravillosa Chacona de De Greiff: Unas se acercan con paso dormidoComo en el sueño cuando el sueño huyó… Y allí estaba yo, esperando que alguna de ellas me recitara la síntesis de mi deseo, que logró Alexandra Samper en Jaguar, un poema que me ronda con insistencia desde diciembre: “Tú vendrás jadeante/ y, sin otro pensamiento,/ te ahondarás sendero abajo,/ apartando los helechos,/ a buscar el nacimiento”. Pero ellas permanecían sonrientes y no pasaba nada. ¡No pasaba nada! Ahí estaba yo. Parado como un tonto, y ahí estaban ellas… Sonriendo. Y nada. Como pude, salí de la pantalla, revisé la dirección, le di vuelta al mouse y entré de nuevo. Todo igual. De manera que, para entrar en materia, grité: ¡69! Y fue entonces cuando descubrí que se trataba de una cacería: las 69 se lanzaron tras de mí con ímpetu feroz. Detrás oía las trompas y los ladridos de los perros y el sordo acezar de los caballos. Hasta que la más endeble de todas me dio alcance y de un solo golpe me cortó la cabeza. Ahora estoy aquí, mirando el mundo con algo de nostalgia. Bajo mi enclenque figura recortada, aparece un solo número: ‘69’, mientras que en las pantallas de Internet comienza a aparecer un espacio que no llama la atención pero que los publicistas tratan de hacer atractivo: 70. Cualquier día, alguno caerá. Espero que sea una ‘ella’ atractiva. Porque mi propósito es mostrarle, como pueda, mi identificación, que en sí misma constituye una propuesta. Pero me asalta una duda: ¿será que el 70 sabrá por vida suya qué cosa es el 69?>

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