Uno de mis grandes placeres negativos es no saber nada sobre automóviles, y no entender ni disfrutar el hecho de conocer cómo funcionan, de cuántos caballos de fuerza dispone el usuario, ni cuáles son las ventajas comparativas de las diferentes marcas y modelos. Jamás en mi vida he sabido la máxima velocidad que desarrolla el que manejo, y los ruidos, desajustes e imperfecciones, no los oigo ni me importunan. Y, por supuesto, soy plenamente feliz al no tener ninguna noción, ni siquiera elemental, de los principios y leyes que gobiernan la mecánica automotriz.

Desde que tengo memoria existe una institución llamada el Automóvil Club de Colombia (ACC), a la que acudo irremediablemente por una pinchada de llanta, por una falla en la batería o, simplemente, porque olvidé tanquear el carro. El hecho de no tener que levantarme un sábado por la mañana a revisar la compresión del motor, o de que me importe un comino si las bielas están gastadas, me produce un placer infinito.

Jamás me ha interesado conocer los pormenores mecánicos ni los avances tecnológicos de ninguna máquina. Siempre quedo absorto cuando algunos de mis amigos, de esos que tienen dos pares de overoles Castrol firmados por Montoya y una caja de herramientas marcada con sus iniciales, me cuentan, al borde del éxtasis, que acaba de salir al mercado el Peugeot 706V8 o que en la feria del automóvil, en Alemania, se lanzó el Porsche XT7 con venturys de titanio. Carezco por completo de la capacidad de asombrarme con estos logros y me da exactamente lo mismo tener rines de vanadio o de peltre de Belencito. Además, todos los que saben de carros son iguales: miran a los dueños de aquellos coches con los que sueñan sin poder ocultar un odio irreconciliable. Se estacionan a su lado en un semáforo en rojo, con falsa indiferencia. Cuando su acompañante les advierte algo del estilo "¡Mira, Juan, ese es el carro que siempre has querido tener!", contestan lacónicamente: "¡No!, ¿cómo se te ocurre?, ¡ese no, es otro modelo! Además ese color es horrible y el tipo debe ser un traqueto", mientras secretamente imploran que el estúpido que maneja el carro de sus sueños se estrelle en la próxima cuadra.

Conozco a muchas personas que sufren el permanente tormento de saber que su vehículo ha sido reemplazado por un modelo posterior, y pasan noches en vela elucubrando cómo podrán deshacerse del viejo y adquirir el nuevo. Nunca antes, como ahora, el mercado nacional e internacional de automóviles había tenido tantas y tan variadas ofertas. En las vitrinas de exhibición de las grandes marcas de automóviles, veo con frecuencia a jóvenes parejas de la mano, a exitosos abogados o corredores de bolsa y en general a personas que sufren de 'sinumol' (síndrome del último modelo) extasiadas frente a la última versión de camioneta familiar de la BMW, ante el nuevo Citroën convertible o ante la versión deportiva de la Volkswagen, y los ven como si se tratara de escoger un hijo. "¡Mira la nueva tapicería en cuero de nutria canadiense!", dice la mujer, mientras su marido siente un malestar en el estómago al comprobar que la presión de inyección supera en un 13,5 por ciento la presión del suyo. E inmediatamente se entregan a la tarea de revisar mentalmente su situación financiera, de incorporar un crédito más al flujo mensual de gastos y hasta consideran seriamente la posibilidad de cancelar el seguro de educación de sus hijos, con tal de poderse hacer al Volvo Astor 567 con motor electro-inyectable y luces de parqueo reflectónicas (los asientos son auto-eyect-reclinables y las agujas del tacómetro vienen en lapislázuli cromo-ajustable). ¡Qué inmensa dicha me produce no estar en esa situación! El único argumento que suelo tener en cuenta para adquirir un nuevo vehículo es que encienda y tenga llantas. Cuatro, por supuesto. Para todo lo demás está el ACC.

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