Llevo varios días pensando qué escribir, obviamente sobre sexo. A eso me comprometí: sexo, mujer y los treinta. No sé qué escribir. Necesito un trago y un trago.
Salgo a donde mi amiga Ana ?una amiga de la infancia?, me tomo un whisky con dos cubos de hielo. Tal vez tenga que tomarme otros, pues varias de las mujeres que están aquí son casadas y no han dejado de pasarse los teléfonos de las nanas. Una de ellas me pasa un número de teléfono. "No gracias, aún no". Me lanza una mirada mezcla de pesar y "de lo que te estás perdiendo". "Es del mejor distribuidor de juguetes de masturbación". Y cambió el rumbo de la conversación. Ahora sí me prendo un cigarrillo y le pongo al vaso otros dos cubos de hielo.
Se habló de la masturbación, no solo como derecho, sino que se le llegó a llamar el Advil del gu-a-ya-bo... Se habló de juguetes, sin juguetes, con la mano, sin tocarse, incluso una de las mujeres contó cómo había logrado, a punta de imaginación, llevar a la cama al mecánico de su Ford. ¿Y yo qué?

* * *
Me levanto el sábado con un guayabo tenaz. No hay Charlie's con queso que valga. Tampoco ayudan las tres latas de Coca-Cola. Me quedó sonando lo del mecánico, pero no tengo Ford. Cuando se está enguayabado el cuerpo necesita acción; les seguiré los pasos a las mujeres de anoche y, como me dijo Ana, "hermana, use la imaginación". Cierro la puerta de mi cuarto, pues no quiero que Magdalena, mi roommate, sea partícipe de cómo juego con mi cuerpo. Me asalta el pudor. Cierro los ojos y me acuerdo que tengo que escribir el artículo, que no he pagado el teléfono y que se dañó el calentador. ¡Se dañó! ¡Hay que llamar a un electricista! ¿Con el electricista? Estoy sola con mi cuerpo y soy la que debe liberar el exceso de estrógeno que se acumuló por el litro de alcohol de ayer. Suena el timbre y salgo con mi pijama de seda que no cubre más que la raya de la nalga. Detrás de la puerta se encuentra un joven con el pelo mojado, acabado de salir del gimnasio, con su caja de herramientas, un cinturón de cuero del que le cuelgan un destornillador, dos pinzas, un alicate y lo que ellos llaman la master, una llave que lo abre todo.
Lo hago seguir directo al calentador. Se inclina y comienza a maniobrar. Está haciendo sol en Bogotá y a este hombre le suda la cara y con el antebrazo se seca las gotas que están bajando por su cuello. Me paro al lado sabiendo que sus ojos están a nivel de mis muslos. Camino buscando un vaso. Me empino para abrir la última gaveta y la pijama se sube hasta dejar descubierta la curva del glúteo. Sé que quisiera soltar las herramientas y arrancarme la pijama. Pero no lo va hacer. Me acerco. Tanto que la piel de mi pierna acaricia su mano. Nos paralizamos. Él deja de jugar con el cable y a mí se me corta la respiración. Creo que Magdalena y su novio, Javier, desde el cuarto de al lado alcanzan a oír mi corazón. Sin dejar de mirar el calentador, estira su mano y hace contacto con mi pierna. Pero no es la mano lo que me hace temblar, es él, el señor del calentador. Un hombre con todos los músculos marcados, un hombre rudo que resbala su brazo por mi pierna. Los dedos bordean, pero no quiere entrar, como si le diera miedo ahogarse en el río que ha creado. Cierro los ojos, pero esta vez veo a Jose besándome. Cierro los ojos de nuevo, pero ahora veo al señor que vendía paletas en la esquina cuando era niña, a mi profesor de Guión II, al presidente Chirac, y los cierro por última vez, se me viene a la cabeza la imagen de un militar con varias medallas. Desato el desfogue de placer más profundo que he tenido, aun en los seis meses que llevo saliendo con Jose.
Llegué.

* * *
Las mujeres practicamos la masturbación y tenemos fantasías que nos hacen llegar al cielo. No a ver a Dios, pero sí muy cerca. He tenido sexo con estrellas, gigantes, enanos y, viéndolo por el lado social, he practicado una forma de control natal. No se necesitan condones, ni preámbulos, ni citas; solo necesitamos nuestro cuerpo y dejar volar la imaginación. Hacer el amor es maravilloso, tener un hombre a quien tocar y besar no es la octava maravilla, sino la primera. Pero saberse tocar y llegar a lugares inimaginados con personas que creamos es la forma poética de unir la cabeza con la pasión. ¿O no?

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