1. No pedirle autógrafos si usted no tiene un libro suyo (o aun otro) a mano. No escribe autógrafos en papeles. Eso se lo deja a los actores de cine.

2. No precipitarse a expresarle entusiastas y exuberantes elogios, muy propios de cachacos. Le producirán de inmediato el deseo de que el ascensor se detenga cuanto antes en el piso adonde se dirige. Decirle cosas como "usted es una gloria nacional" hará que se sienta ya en un mausoleo.

3. Apreciaría más un saludo sobrio como "¿Desde cuando por aquí, maestro? Hacía mucho tiempo que no lo veíamos".

4. Sería preferible que no incurriera en el lugar común de alabarle Cien años de soledad. No lo considera su mejor libro. Aprecia más El amor en los tiempos del cólera.

5. No preguntarle por su salud con aire preocupado o compasivo porque, salvo un chequeo de rutina que se hace cada seis meses en Los Ángeles, esos problemas quedaron, por fortuna, atrás. No tiene ningún deseo de que lo vean como un viejito con achaques o a punto de estirar la pata. Como buen caribe, le apuesta siempre a la vida.

6. Si realmente cuando usted lo encuentre está leyendo o acaba de leer un libro suyo, le gusta que se lo comente.

7. Una buena pregunta para él: ¿Por qué le gusta volver a Cartagena?

8. Sobre todo: no proponerle entrevistas, conferencias, firmas de libros, homenajes, menos aún premios. Le basta con el Nobel y tiene razón.

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