Su respuesta fue la siguiente: "Si pensamos que los procesos históricos evolucionan estocásticamente, los antecedentes contrafactuales no implican resultados determinados para los escenarios contrafactuales". En resumidas cuentas, el profesor sugirió que no perdiéramos el tiempo especulando. Pero sus advertencias, sobra decirlo, no han tenido mucha acogida. Los editores de SoHo, por ejemplo, decidieron desoírlas alegremente. Tal como lo han hecho los montones de historiadores que especulan sobre lo que habría sido de la historia si la nariz de Cleopatra hubiese sido un centímetro más larga. O sobre lo que habría sido de la geografía si los Estados Unidos no hubieran bombardeado atómicamente a los japoneses. 
 
No está de más, entonces, especular sobre lo que habría sido de Colombia si Panamá no se hubiera independizado. El escenario no es descabellado. Si el Congreso hubiese aceptado las condiciones negociadas por John Hay y Tomás Herrán, el movimiento independentista panameño ("la más apropiada y justa de la revoluciones", según Theodore Roosevelt) nunca habría prosperado: habría corrido la misma suerte de las cincuenta revoluciones previas. Pero "esas despreciables y pequeñas criaturas de Bogotá" decidieron no aceptar las condiciones de los gringos y los panameños optaron por cambiar de dueño. Desde entonces, el istmo de nuestro escudo dejó de ser un simple accidente geográfico para convertirse en una herida, en una cicatriz, en el recuerdo amargo de lo que pudo haber sido y no fue.
 
Colombia no sería muy distinta si Panamá fuese un departamento más de nuestra abigarrada geografía. Probablemente nuestro ingreso por habitante sería un poco mayor. Tendríamos mejores puertos. Y más comercio con el mundo. Y una distribución más racional de la producción: muchas empresas se habrían ubicado en Colón o en Ciudad de Panamá o en la misma Cartagena: más cerca del mundo y menos cerca de las estrellas. Pero eso es todo. Nuestro escudo sería consecuente con nuestra geografía. Pero no con nuestra economía: la riqueza representada por el cuerno rebosado de monedas de oro y plata seguiría siendo una ironía. Un sueño de abundancia en medio de la carencia.
 
Y si no me creen, piensen en nuestra corrupción perenne, en los escasos ocho mil dólares que fueron suficientes para sobornar (y enviar de vuelta a casa) a las tropas colombianas estacionadas en Colón. O en las décadas de desidia que soportó la provincia de Panamá: those people in Bogota simplemente iban a recoger la plata que pagaba la concesión del ferrocarril. O piensen, también, en la tenue conexión económica de Urabá con el resto del país. O en la misma precariedad de las carreteras que conectan a los centros productivos con el occidente colombiano. En suma, Panamá sería una región más dentro de la geografía del aislamiento nacional. Su contacto más cierto con el centro del país serían los políticos panameños: los herederos de Tomás Arias, José Agustín Arango, Manuel Amador Guerrero y los otros que se vendieron a los gringos. Y si nos atenemos a las circunstancias actuales, algunos de ellos estarían presos. O, en el mejor de los casos, votando mientras tanto.

Pero me he alejado de las advertencias del mencionado profesor. Así que cabe terminar con algunas predicciones menos aventuradas. Si Panamá fuera colombiana ya tendríamos resuelto el temita del centro delantero para la selección. Ellos no podrían viajar a Costa Rica, a Nicaragua, a Honduras y a Guatemala sin un visado. Y Colombia habría recuperado, para bien, o para mal, los 2,5 millones de habitantes que misteriosamente perdió en el último censo.


¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.