El diario San Francisco Chronicle publicó hace unos días un largo y detenido artículo sobre el BDSM, una sigla difícilmente reconocible para un público no acostumbrado a manejar lenguajes crípticos. Se trata literalmente en inglés de un nuevo fenómeno sexual de moda: Bondage, Domination, Sado, Masoquisme. El artículo es una crónica profunda, ilustrada con un par de fotografías que muestran a una mujer amarrada con cuerdas y correas que es propiamente dicha la práctica del bondage y recuerda la película Átame de Pedro Almodóvar. El cine ha incursionado con cierto miedo en esta dimensión de la sexualidad, que las buenas costumbres siempre han calificado como degeneraciones del ser humano. Así látigos, silicios, penitencias y dolores le sean tan afines al cristianismo baste recordar la imagen del Nazareno o la de San Sebastián?. Quizá quienes han llegado en cine más adentro han sido Buñuel, en Diario de una camarera y Liliana Cavani en Portero de noche. Digamos que han abierto un camino visual que el Marqués de Sade había sacado a la superficie, pero que el mundo lo suponía, para ocultárselo, producto de una fantasía libidinosa y enfermiza. El artículo del San Francisco muestra que las prácticas sadomasoquistas están más extendidas de lo que se pensaba y la sociedad toleraba: clubes, asociaciones, instituciones y una infinita colección de videos.

El llamado 'destape' de los años setenta en España, que ya en Francia había tenido lugar unos años antes, disparó una explosiva carga contra el puritanismo y la pacatería de sociedades en que la represión política toma la forma de represión de la sexualidad. Son palancas que se aprietan juntas y que, cuando la presión se hace insoportable, estallan al mismo tiempo. Peter Brooks, en Marat-Sade, trata esta relación con una maestría insuperable: "Revolución-Copulación, Revolución-Copulación", repite un coro que hace las veces de conciencia moral y que enmarca los parlamentos. Hay también otras evidencias de esta malhadada asociación: el franquismo no asesinó a García Lorca tanto por republicano sino por marica, según se ha ido poniendo en claro con el destape de los archivos secretos del régimen fascista y la biografía de Ian Gibson. Durante el macartismo, los homosexuales fueron declarados comunistas. En los años setenta el clóset comenzó a abrirse en Holanda y Alemania, y salieron de sus escondrijos la homosexualidad, sobre todo la masculina la femenina ha sido tradicionalmente más tolerada y mejor disimulada, estimulando una revolución a la que, sin duda, contribuyó la aparición del sida. En San Francisco, por ejemplo, al muy popular barrio de Castro lo preside una enorme bandera con los colores del arco iris, insignia de la homosexualidad. Es un barrio, como diríamos en Colombia y en España, de maricas. Sus diez mil habitantes lo son, y viven el homosexualismo sin ninguna limitación y sin ninguna vergüenza. En los bares solo hay hombres o solo mujeres. Hace unos días, de un bar masculino expulsaron a una mujer que besaba a su compañero. Interpuso un recurso legal, y el juez sentenció que era un caso de discriminación sexual, prohibida por la Constitución, puesto que así como no se podía discriminar la homosexualidad en lugares de público acceso, tampoco se podía discriminar la heterosexualidad. Una sentencia interesante: no se puede estigmatizar la normalidad. Castro no ha sido una concesión del poder establecido sino una conquista ganada a punta de manifestaciones, de enfrentamientos a brazo partido con la policía y, claro, de poner muertos. En realidad, se trata de un movimiento que viene de los años veinte y que es hermano del llamado antes feminismo y ahora de género. Las mujeres reclamaban el derecho a sus derechos, resumido en uno solo: la igualdad social, política y sexual. Los homosexuales peleaban por lo mismo: por su reconocimiento como seres humanos normales, iguales a los heterosexuales. Castro era un gran clóset. Los maricas vivían juntos, se defendían, pero eran cruelmente señalados y discriminados. A fines de los años setenta, comenzaron a verse en Castro dos y tres entierros semanales. Circularon los más extravagantes rumores: un tifo sexual, una locura de locas, una razzia de la derecha. Los puritanos y fariseos gritaban: ¡castigo del cielo! Pero la cosa era grave, muy grave: la aparición de un virus que asesinaba en meses. Quizá con la intención de acordonar el área e imponer una especie de cuarentena permanente, Castro fue poco a poco definido como zona especial, estatus que, paradójicamente, logró que el clóset se abriera y que los homosexuales salieran a la calle cogidos de la mano y se besaran en la boca en cada esquina. Tuvo un efecto secundario: al permitirse confesar su condición, muchos gays superaron el miedo al estigma y pudieron recibir tratamiento médico contra el sida. Fue una lucha contra el concepto de pecado, una lucha libertaria y liberadora, que en California está, hoy por hoy, ganada. El armario fue derrotado, y hoy hace parte del mobiliario de las abuelas y de los anticuarios.

El BDSM va por el mismo camino. La gente que lo practica es gente normal, como diría un observador corriente. En Nueva York o en San Francisco, padres y madres de familia ejemplares, miembros de comunidades religiosas, funcionarios de gobierno, se encuentran con camioneros, altos ejecutivos, empleadas de almacén, o médicos ilustres los fines de semana en un club o en un bar para hacer de las suyas. En San Francisco, durante el verano hay una feria en la calle Folsom que se ha hecho muy popular. A lo largo de siete cuadras discretamente custodiadas por una policía respetuosa? suelen reunirse miles y miles de aficionados al BDSM y de curiosos. La curiosidad puede más que el pudor. Por las vías de acceso van llegando personajes que se creería hubieran anticipado la fiesta del Halloween dos meses: una bruja con un alto sombrero fálico, una mujer gorda a reventar, con delantal de criada, un científico encondonado, una monja con minifalda. A las dos de la tarde el espectáculo está que arde. Los no iniciados pagamos la entrada con cierta desconfianza, y a cambio recibimos una sonrisa cómplice y un sello con el nombre del evento, que traducido a buen colombiano quiere decir algo así como 'pare la cola'. Y, en efecto, no alcancé a dar los primeros pasos entre una multitud compuesta por muchos hombres y no tantas mujeres, cuando oí los primeros latigazos que un cow-boy descargaba con fuerza sobre un hombre musculoso, bigote a lo Errol Flin, que parecía gozar lo que no está escrito con cada golpe. El espectáculo para los latinos criados a lo mero macho, soy uno de esos ejemplares, era desconcertante.

No son latigazos de mentiras, a juzgar por las marcas rojas que la cola del látigo va dejando en la cola de la víctima. Los curiosos rodean a la pareja con recelo, pero no dejan de oírse comentarios que sugieren un gran profesionalismo: "No chasquea bien el cuero; el vaquero está golpeando muy arriba; el látigo tiene puntas redondas". Cerca de la escena había un grupo de hombres o mujeres embutidos en vestidos de cuero negro brillante, atado a las rejas de hierro de un almacén. Unos llevaban máscaras que dejaban ver solo los ojos; otros tenían un hueco en el pantalón por donde salían sus miembros; había mujeres a las que se les veían los senos y los labios de la vagina atravesados por agujas. Para mí fue imposible saber si no sentían dolor, o si físicamente el dolor les gusta, o lo que era más creíble, el dolor los apasiona como apasiona una caricia. Por la calle caminábamos visitantes y actores. Solo los profanos mirábamos con curiosidad; nadie parece incomodarse y nadie niega una fotografía. Hay mujeres que llevan a su hombre atado con cadenas, otras a sus compañeros vestidos de mujer, o de esclavo romano, o de general del ejército. La de Folsom es una feria en serio: cualquiera puede ofrecer la compra de un esclavo, proponer un canje, o venderse a un amo. Para los visitantes tímidos o secretos hay códigos: un pañuelo rojo en el bolsillo izquierdo quiere decir que se es masoquista, un pañuelo azul en el bolsillo derecho, que se es sádico. Hay hombres que llevan a su esclava con un collar de perro al cuello; otros prefieren mantenerla amordazada. Un tipo vestido con uniforme nazi llevaba a otro con una gorra de soldado confederado, amarrado dentro de una camisa de fuerza. Otro, más allá, arrastra amordazado a un prisionero de San Quintín. Vi con mis dos ojos a un muchacho marcado en la nalga con un hierro candente como si fuera una res. No faltan las drag queens: seres extraños como diseñados por Federico Fellini para Satiricón, cuyo ambiguo género es justamente la virtud que buscan los aficionados a esta extraña y milenaria apetencia. La mayoría de estos seres son altos, pero, además, usan botas con plataformas que pueden llegar a ser de medio metro; son dados a las plumas vistosas y brillantes, a las pestañas postizas, a los antifaces y a los vestidos de lentejuelas fosforescentes. A su lado pasan hermanitas de la caridad flageladas por la superiora, oficiales de la armada dejando ver un sostén rosado bajo la guerrera abierta, falsos policías paseando de rodillas a otros policías que piden clemencia. Hay no pocas cruces de sanandrés, la de multiplicar donde amarran al que quiera ser azotado por un miembro del Ku-klux-clan, o por un obispo, o por un negro corpulento.

Me detuve en este número hasta que sentí que los ojos del flagelador me miraban sugerentes. Más adelante me encontré frente a frente de una mesa de parto donde una enfermera vestida de látex blanco administraba a sus pacientes una lavativa, o una inyección de vitaminas, y los azotaba con un látigo hecho con guantes de cirugía. Había también un aula de clase donde cualquiera podía ser alumno de una maestra de anteojos pequeños y enorme trasero que castigaba a los 'niños malos' con los calzones abajo delante del público. Batman y una de las hermanas de la Cenicienta sostienen que una vara de abedul obra milagros en el culo de quien acepte dejarse administrar una docena de azotes. Se ven jóvenes y viejos amarrados con cuerdas unos con otros, saltando como renacuajos mientras sus dueños los humillan y castigan. Hay animales mayores: gorilas, cebras, leones y menores micos, loros, culebras que tienen domador o domadora. Se pasean al mejor postor ?sin dinero, es la regla? hombres y mujeres con todas sus dotes o ex dotes al aire. No es raro encontrar a una pareja inmóvil, de pie, conectada como perros después de aparearse; a Bush lo muestran en una foto con un gran agujero en la nariz, por donde un hombre saca su órgano haciendo ver al presidente como un payaso; hay amansadores de caballos salvajes, y caballos salvajes que relinchan cuando el chalán les tira el rejo; hay pilotos espaciales que hacen el amor en escafandra sin que se inmute un Santo Padre que pasea con el rabo al aire, bajo un palio llevado por cuatro monaguillos. Como sucede siempre: cada cual se disfraza con lo que esconde. Después de tres horas de mirar aterrado las flaquezas de nuestro prójimo y los abismos del ser humano, todo comenzó a volvérseme rutinario y redundante.

Hay también en el extraño mundo del BDSM un bar enorme que sesiona solo los fines de semana. Se llama Intercambio de Poder. Se trata de trocar servidumbres no solo entre parejas constituidas sino también entre extraños. Los dominantes se transforman en dominados y viceversa, en salones donde están instalados toda clase de equipos para suplicios y tormentos. Además de la tradicional cruz de sanandrés hay mesas con correas para inmovilizar al compañero escogido; poleas para elevarlo de los pies hasta el techo; réplicas exactas de la silla eléctrica que inventó Thomas Alva Edison y que todavía se usan para ejecutar condenados a muerte en algunos estados de la Unión; carecen de corriente eléctrica, por supuesto, pero generan terror cuando en ellas amarran a las víctimas y las encapuchan; hay cepos donde de pie o acostado se le administran al personaje dosis variables de palmadas o de azotes. Hay telas de araña donde el marido cuelga patasarriba a su mujer; o mujeres que trincan a su marido en un poste y le colocan en la cabeza un bombillo haciéndolo ver como una lámpara. Pero lo más impactante es desde luego la subasta.

A media noche el gran galpón queda a media luz. El juego es simple. En la entrada, a cambio del valor de la boleta, cada asistente ha recibido una suma de billetes en papel que constituyen el capital. Sobre una plataforma, el maestro de ceremonias da comienzo al remate. Llaman por lista a quien se haya inscrito para ser subastado. El nombrado sube al estrado y dice quién es, qué le gustaría hacer, y cuál es la base de la puja. Los asistentes ofrecen y el precio sube con el acostumbrado "quién da más", hasta que nadie mejora la última oferta. Entonces el personaje es adquirido, lo cual solo da derecho a establecer con el ganador las reglas del juego que permiten practicar el 'intercambio' durante esa noche. Los juegos más acostumbrados son la sumisión, el cambio de sexo, la dominación, la humillación. Toda regla fijada se hace por mutuo acuerdo: los suplicios, el número de azotes, la intensidad y la zona del cuerpo donde se aplican. Y luego, la pareja intercambiada se dedica al goce que la encadena. Todo transcurre bajo estrictas reglas de higiene y bajo la mirada vigilante de un observador que impide las exageraciones. Hay palabras acordadas para suspender el juego abruptamente cuando uno de los participantes perciba que está en peligro inminente. No se crea, sin embargo, que son prácticas agresivas. Lo son para los observadores,como yo, que no las practican, pero entre la membresía del club, la relación es amable, amorosa entre parejas, y tolerante frente a todas las extravagancias y particularidades. No hay ni un reproche ni un golpe violento, así, repito, al no iniciado le parezcan actos contra la naturaleza y vicios execrables.

Sobra decir que en las relaciones entre estos profesionales y adeptos del BDSM está prohibido el alcohol y excluido estrictamente todo trato comercial. Pero, como de todo se da en este mundo, también hay hombres y mujeres especializados en determinadas torturas o tratamientos, que cobran sumas exorbitantes por una hora de azotes e insultos dados a domicilio. Son personas que sufren una terrible soledad y que se ven obligadas a pagar el intercambio para expresar y satisfacer sus deseos. Hay un momento en que cada pareja o cada grupo de parejas se entrega al juego pactado. Entonces se oyen llantos, gritos, suspiros, chasquidos de látigo, palmadas en las nalgas, ruegos, humillaciones, cadenas rodando. El no iniciado tiene la sensación de haber descendido al mismo Averno descrito por Dante y dibujado por Doré. Para los aficionados al BDSM, en cambio, todo es una fantasía colectiva desenfrenada, que permite que cada cual escenifique los deseos y pasiones que ha reprimido media vida o que ha acariciado en solitario silencio una noche. Es, pues, su paraíso terrenal. No pude saber, después de observar el mundo del BDSM, si sus aficionados lo son por el mero gusto físico del dolor o más bien se trata de un goce secreto en la erotización escénica de vínculos muy elementales que toda persona ha vivido de alguna manera: la dominación, la inmovilidad, la humillación, el miedo.

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