Mi otro nombre es Melanie. Melanie Maidstone. En mi vida virtual tengo medidas de reina de belleza y un sensual lunar junto a la boca, igual al de Cindy Crawford. Recorro los centros comerciales en minifalda sin trastabillar por causa de los tacones y hasta me he conseguido una pareja con quien soy perfectamente compatible según nuestros signos del zodiaco.

Si quisiéramos conocernos en la vida real, uno de los dos tendría que viajar más de diez horas en avión, cambiar de idioma y continente y correríamos el riesgo de llevarnos la gran desilusión de nuestras vidas. Quizás por temor a perder lo que hemos construido en nuestra existencia paralela, ese viaje es algo que no nos hemos planteado de momento.

Nos sentimos muy a gusto así, pasamos en promedio tres horas diarias juntos y somos felices en nuestro hogar digital de tres plantas, amplio y bien iluminado. Mi querido DR —es su nombre virtual— lo construyó antes de que nos conociéramos, es un ingeniero de sistemas con vocación de arquitecto. Dice que fue terapéutico crear la casa de sus sueños sin pensar en el dinero y sin más limitaciones que las de su imaginación. Solía tenerla decorada de forma minimalista y era evidente que la habitaba un hombre soltero.

Ahora que vivimos juntos me he ocupado de que parezca un hogar. Tenemos comedor, muebles de sala, fotos de nuestros álter ego virtuales en las paredes y jarrones donde jamás faltan los girasoles dorados. DR y yo hemos llegado a conocernos tanto y nos compenetramos de tal manera que podríamos contraer matrimonio y encargar un bebé. Todo de forma virtual, se entiende.

No somos las únicas personas que llevan una segunda vida conjunta, ni siquiera los pioneros o los más originales. Muchas otras parejas se han casado en templos virtuales vestidos de novios y lo han celebrado con una fiesta muy fotografiada. Después han tenido hijos que solo existen en la imaginación compartida de ambos, igual que en Quién le teme a Virginia Woolf. Hay quienes pasan tanto tiempo en ese universo paralelo que trasladan sus actividades de la vida real a él e instalan oficinas o negocios.

La industria más floreciente es la de la finca raíz, que ofrece terrenos para todo tipo de gustos: en la cima de una montaña nevada, con vista a un mar de color azul hechicero, o sobre las nubes para edificar la casa en el aire que le hubiera encantado a Rafael Escalona. El alquiler de una hectárea cuesta unos cuarenta dólares mensuales, casi cien mil pesos colombianos, y no son pocos los que han decidido instalar su segunda morada a un clic de distancia.

Second Life (2L) tiene alrededor de cinco millones de residentes, personas que tienen propiedades amobladas a su gusto, pertenecen a clubes de diversa índole y socializan de forma activa. Los visitantes superan con ventaja el número de residentes. Hasta el momento, el récord es de veinte millones de personas en un mismo día. El crecimiento espectacular de Linden Lab, la empresa creadora de Second Life, ubicada en San Francisco, le ha merecido artículos en Business Week y los principales periódicos del mundo, además de la atención de emporios como Coca-Cola y Fedex que tienen máquinas expendedoras y anuncios en el mundo virtual.

Los aspirantes a nuevos millonarios han tomado nota de la historia de una mujer china, Anshe Chung —su nombre en 2L—, quien vendiendo terrenos pixelados acumuló en menos de un año ganancias mayores a los 250.000 dólares. La moneda local es el linden, y 300 lindens son canjeables por un dólar real que puede ir directo al bolsillo. Para la muestra está la jugosa cuenta bancaria de Anshe.

Me he prometido a mí misma no gastar ni un peso en el mundo virtual y de momento lo he conseguido. Lo único que necesité para entrar fue un computador con una buena tarjeta de video y una conexión de banda ancha que me permitiera bajar el programa desde el sitio de Internet www. secondlife.com. Se puede ingresar dando un número de tarjeta de crédito, con lo que se obtienen de regalo 1.500 lindens, o entrar sin cumplir ese requisito y sin dinero. Así fue como yo lo hice. Volverse adicto a ese universo virtual es fácil para las personas que, como yo, llevan años enganchados a los videojuegos del mercado. Alguien capaz de desplazar la conciencia a la pantalla y creer que es un Pac Man devorador, también puede meterse en la piel de un ser tridimensional y desnudarse frente a otro con actitud provocadora.

Lo del sexo virtual es algo que intriga a la mayoría de mis amigos de carne y hueso, sobre todo a quienes jamás batieron un récord matando marcianitos ni tienen idea de quiénes son Mario Bros y Luigi. Puede suponer un reto poner al propio avatar —versión pixelada de uno mismo— meterse en la cama con una especie de ectoplasma y dejar que los píxeles hagan lo que anhelan los cuerpos. El deseo se expresa de forma similar a la vida real porque el principal órgano sexual es el cerebro y aunque allí se eche de menos la piel, los sabores, olores y la espalda perlada de sudor, lo cierto es que tiene sus ventajas.

No existe el riesgo de contagio de enfermedades venéreas, en primer lugar, ni violaciones porque basta con denunciar los comportamientos abusivos de un avatar para que sea expulsado de la comunidad. Aquel mundo funciona para personas que se consideran a sí mismas muy visuales y sensibles a la palabra. El hecho de ver que el alter ego virtual interactúa con otro tiene un efecto que podría llamarse de afrodisíaco placebo. Las endorfinas liberadas son las mismas cuando se anhela tocar a una criatura real que a una virtual o imaginaria, la industria pornográfica está fundamentada en ese principio. Por la misma razón, 2L es un medio profundamente erótico ya que el deseo, al no consumarse, permanece represado y vivo. Eso lo saben quienes han convertido esa necesidad en un negocio. Linden Labs reconoce la propiedad intelectual a los creadores de todo tipo de objetos y de animaciones sexuales.

La mayoría de sus fabricantes tardan un mes en crear una sola de ellas, pero vale la pena, pues las venden a granel. Gracias a las distintas animaciones las parejas pueden besarse, abrazarse, hacer el amor en todas las posiciones del Kamasutra y hasta practicar el sadismo y masoquismo si hay consentimiento de ambas partes. Mead, un creador de animaciones que vive en Inglaterra, vende 300 de sus producciones al día, en especial a las mujeres, lo que le reporta ingresos semanales de 1.900 dólares. El sexo es un negocio tan lucrativo que una prostituta se embolsilla hasta 100.000 lindens en un buen fin de semana. Sus herramientas son un cuerpo pixelado que guste, una banda ancha fiable que le permita moverse sin perder la resolución de la imagen, e intuición para brindar a los clientes el tipo de fantasía que les excite.

2L ha llevado el sexo virtual a un nuevo nivel. En tiempos del chat, aquello consistía en un intercambio de oraciones mediante las que una pareja se ponía de acuerdo acerca de quién le hacía qué a quién y cómo. Con 2L el asunto es diciendo y haciendo. A veces haciendo lo que se puede con lo que hay. Los avatares disponen casi de la misma fisonomía que cualquier hombre y mujer. La diferencia principal radica en que "ellos" no tienen pene. Pueden comprar uno, si lo desean, en una tienda de juguetes sexuales o Sex Shops, que abundan allí. El catálogo de mercancía disponible satisface las imaginaciones más desmedidas y permite llevar a cabo prácticas sexuales que van desde lo convencional hasta el surrealismo.

La vida en 2L tiene actividades para todo tipo de gustos. Hay observatorios astronómicos, bibliotecas con enlaces a sitios donde se pueden descargar libros, playas de arena dorada, bares donde tomar un par de martinis, discotecas con animaciones para bailar, templos en los que jamás deja de arder una tea, lugares de sanación con camas resplandecientes, casas de recreo, casinos al estilo Las Vegas, clubes de striptease, salones donde se puede jugar Tetrix con otros avatares, spas de lujo, enormes centros comerciales y estadios para conciertos. La oferta de ocio daría para pasar días enteros sin repetir actividad y atrae a un creciente número de jóvenes, pero también tiene mucho que ofrecer a las compañías y a los ejecutivos.

Las empresas pueden llevar a cabo reuniones virtuales en salas de alquiler que disponen de los mismos medios que una locación real, con diapositivas, proyección en pantalla de documentos en Excel o Power Point y hasta música de fondo. El potencial educativo también es inmenso. Se pueden crear aulas virtuales con capacidad para miles de alumnos que deseen escuchar la charla de un premio Nobel, por ejemplo, y tendrán quizás la única oportunidad de su vida de formularle una pregunta. También pueden organizarse recitales de poesía, obras de teatro, espectáculos circenses... Las posibilidades son infinitas.

Una de mis aficiones en 2L es hacer algo que la economía de mi vida real no me permite. Voy de compras a bazares donde se consiguen, gratis, desde ropa interior y zapatos, hasta muebles, pasando por carteras de diseño, tatuajes y peinados excéntricos. En mi segunda vida me puedo permitir ser frívola y cambiarme de ropa las veces que quiera, allí soy alta, delgada y tengo el aspecto convincente de una mujer, pero cualquier día puedo convertirme en ángel o en uno de esos elfos que se cruzan en mi camino.
En aquel universo existen los centauros, pájaros humanos, duendes, transformers y hasta vampiros que se atreven a salir en plena luz del día. Cada quien elige la apariencia que prefiere y el tipo de vida que quizás sueña con tener. Llevo suficiente tiempo en 2L para haber comprobado que las amistades y los romances se establecen con base en el mismo tipo de afinidades que los del mundo real. Existe mayor margen para la mentira, desde luego, es un medio que atrae a criminales, embaucadores y personas con legítima inclinación a la maldad, así que ser precavido es un requisito. En todo caso es difícil que alguien pueda crear una mejor versión de sí mismo o sostener una personalidad falsa por demasiado tiempo.

DR ha sido mi primera y única pareja virtual y yo la suya. Ambos estamos convencidos de que el sexo, ya sea real o virtual, es más hermoso con cariño. Nos gustan los placeres simples, como escuchar música o sumergirnos juntos en una piscina bajo la luz de la luna. A veces, mientras tecleo con mi café humeante al lado de mi computadora, rodeada de objetos físicos que tienen valor sentimental y de fotos de mi familia, pienso que la vida es muy buena. Entonces mi álter ego abraza a DR, subo el volumen a la canción It´s a Beautiful Day de U2 para compartirla con él y me digo a mí misma que solo existe algo tan valioso como una vida buena: una segunda buena vida.

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