Miguel Ángel el ‘Ringo’ Converti vio venir el centro de costado enviado por Wíllington Ortiz y con la chilena más espectacular que se haya visto en El Campín en toda su historia, la clavó en un ángulo imposible de la portería de Luis Jerónimo López, arquero de Santa Fe.

Esa noche, los niños que éramos, nacientes hinchas del Expreso, lloramos como nunca una derrota en un clásico, pero lo que más dolía es que nuestro amor por el rojazo nos había impedido celebrar semejante golazo, todo un poema a la belleza del fútbol.

Así es, queridos amigos, y no nos vengan con hipocresía barata, fariseos, todos alguna vez hemos deseado “la mujer del prójimo”, como todos alguna vez hemos deseado el “equipo del prójimo”.

O que dirán los hinchas de aquel Cali maravilloso de Redín y Valderrama, el del toque mágico, la mejor escuadra azucarera de los últimos veinte años que tuvo que rendirse, arrodillarse frente al fútbol gélido y calculador, Caterpillar aceitada liderada por Gareca, Cabañas y ‘el Pitufo’ de Ávila, que en dos años consecutivos, 1985 y 1986, le ganaron el campeonato a su archirrival de patio. Deseo puro hecho pasión, los hinchas del Cali todavía se muerden la lengua de envidia y de lujuria, pero, claro, tienen algo que no tiene el América, un equipo siempre vestido de frac, digno, elegante, con clase, siempre arriba con la cabeza en alto, porque eso no se compra ni con todo el oro del mundo.

Y qué decir de los paisas, altivez verdolaga, campeones de la Libertadores, paternidad por siempre, pero el Poderoso ganó el clásico de la vida, ese que pasa a la historia, el del título del 2002, el que no se borra nunca de la memoria, el que humilla al rival y lo somete, así de justa fue la historia con el Medallo. Por eso el hincha de Nacional mira de reojo a su archirrival, con el deseo contenido frente a la belleza ajena, el erotismo reprimido, la nostalgia perenne, por que el DIM se quedó con el más bello de los momentos, el campeonato y la estrella.

Y nosotros, rojos y azules, azules y rojos, la historia da cuenta de algunos clásicos más para el Millos, pero Santa Fe le hizo siete, s-i-e-t-e, en un solo clásico, en el 92, festín y delirio jamás igualado, el más bello de todos los momentos, golear al rival de patio, bailarlo, humillarlo y recordarle con siete goles que el fútbol es sentimiento puro y como el amor, unas veces es idilio y otras veces es traición.

Entonces hay que ser honestos, todos estamos hechos con el mismo cuero, o si no recuerden, rojos, cómo apretábamos y comprimíamos de la cintura para abajo cada vez que Wíllington Ortiz metía una gambeta, ‘el Guajiro’ Iguarán arrancaba en un pique demoledor, o Funes descargaba un latigazo o Villagra buscaba un cabezazo, pero también apretaban y comprimían ellos cuando Pandolfi entraba a las 18, Gottardi consentía la pelota, ‘el Tren’ Valencia prendía la locomotora, o Léider soltaba un riflazo. Ufffff, cómo apretamos, queridos amigos, cómo apretamos...

Pero no se crea, volvernos hinchas de Millonarios sigue siendo un sacrificio absoluto, como quien deja ir el amor de su vida con otro, con eso que llaman prójimo, ni amigo ni enemigo, solo prójimo, para que sea feliz y algún día vuelva arrepentida y llorosa implorando perdón... Aquí no hay traición al amor de siempre, todo lo contrario, entregamos nuestra alma de hinchas para que Santa Fe, como el amor perdido, vuelva algún día, vuelva a ser Campeón.

Y así la belleza deje de ser ajena, y en un grito orgásmico la hinchada albirroja pueda gritar y gemir... y dale ro y dale ro y dale rojo Campeón y como hinchas de Millonarios nos reventaremos de envidia y de deseo, seducidos hasta el delirio contenido, porque como ya lo dijimos, quién, acaso alguna vez, no ha “deseado a la mujer del prójimo”, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra...

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