Era una cálida tarde del año 1983, cuando Gottardi se levantó, arqueó su cuerpo y de soberbio frentazo la metió de manera espectacular en la portería del Junior. Pensamos que era el comienzo de la gloria, esa que en los años maravillosos siempre había acompañado al Santa Fe de Panzutto, Cañón, Pandolfi, Sarnari, Ernesto Díaz, Eladio Vásquez y otros tantos que habían hecho grande la sagrada casaca cardenal.

Era el equipo de Urriolabeita, el del “jogo bonito”, que al final se desinfló cuando tenía todo para ser campeón, pero no importa que lindo que jugaba. Lo que viene después lo titulamos “Pesadilla Sin Fin”, así se llamaba nuestra barra, la de los cuatro infalibles a Oriental en el Campin.

En el 84, en las tinieblas de Ibagué, Gol de Vilarete, en el último minuto y eliminados del octogonal. En el 85 simplemente no existimos, los hermanitos Niño se comieron 80 entre los dos. En el 86, gol del Tolima en el Bonifacio, agonía y otra vez por fuera de las finales. Después la historia aquella, los partidos se jugaban en las fincas del Magdalena Medio, Taverna y el guiño a Cousillas, Millos campeón. Penalti en tres tiempos Millos campeón. El 89 a la letrina. Llegaron los noventa, América prostituido se viste de rojo y de gloria con los albirojos del Santa Fe, Balbis, el Checho y Rincón se fueron y nunca volvieron. Poco para rescatar, el inolvidable 7-3 a Millonarios, la noche mágica de la Conmebol frente al Vasco y pare de contar. Cambio de milenio, se acerca el fin del mundo, mentiras todo sigue igual, sólo una ligera paternidad sobre los azules sirve bálsamo y la final con Nacional, en el Atanasio, el Boeing de Avianca aterrizó en Bogotá y nosotros en la realidad. En la Libertadores, ni ridículo ni hazaña, pero al menos salimos en las propagandas de Fox. "Independiente" nos llamaban en elegante argentino. Llegó Sarmiento, campeón con Cali y con Medellín pero con el rojo nada. Como en las películas de vaqueros, sólo peleas y borrachitos.

Así las cosas, pertenecemos a esa raza de hinchas paridos por el dolor de las derrotas, el sufrimiento dominical y la ilusión de la séptima estrella. Nos comimos 380 kilómetros en 12 horas para ver a los rojos tomar el sol en Neiva mientras el Once nos clasificaba a la final y en territorio paisa algún montañero de aquellos que creen que la tierra es plana y Medellín está en el centro, quiso convertir nuestras cabezas en depósito de alcohol, con todo y envase incluido.

Y hay más, alguna tarde desapacible e insípida acompañamos un bazar pro buseta del Santa Fe organizado por los hermanos Marx, digo bien: Pachón, alias Efraín y el Moiso, más conocidos por sus virtudes gastrónomicas en el noble arte de la lechonería que por sus aportes futbolísticos al equipo. Y en una fría noche de bohemia celebramos a rabiar en el Coliseo el Camping, léase bien, Coliseo el Campin, el único título ganado en treinta años de historia: la Copa Senior de microfútbol más conocida como la “guerra de las panzas” y cuyo figurón fue el siempre recordado Alonso el “Cachaco” Rodríguez.

Hemos arriesgado nuestra salud mental y emocional al punto de ver cómo uno de nosotros, al mejor estilo del “Doctor Jekill and Mister Hyde”, se transforma cada ocho días de un pacífico humanista, pintor y soñador a un peligroso delincuente obsesionado con estampillarle al línea una Eveready en la cabeza. Por eso, amparados en el sagrado derecho que nos da la historia, hemos decidido que la única vía para que Santa fe vuelva a ser Campeón es ritualizar un sacrificio, al mejor estilo Azteca, una ofrenda a los Dioses del fútbol, una entrega desgarrada de lo más amado. Por eso nosotros, Gustavo, Alejandro, Juan Carlos y Luis Carlos hemos decidido volvernos hinchas de Millonarios, así tal cual, doloroso, hiriente, indignante, el pacto esta hecho y sólo los Dioses del Fútbol podrán juzgarnos.

Que así sea... la hora del sacrificio está decidida: en el próximo clásico iremos con camisetas de Millonarios y simplemente gemiremos Millos, Millos, Millos..... Qué nausea.... que viva Jean Paul Sartre.

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