Comencemos por escarbar la memoria. Fue a mediados de 1987, recuerdo que los refuerzos extranjeros que Millonarios se había agenciado a comienzos de temporada fueron un fiasco. Salomón, Bobadilla y Karabín no dieron la talla y pese a que las cosas no iban tan mal, tres valores foráneos que tomaran su lugar no caerían nada mal. Hechas las gestiones y cerrados los traspasos, se aprovechó la Copa América que se jugó a mediados de ese año en Argentina para presentarle a la prensa deportiva las compras que los directivos traerían de Buenos Aires. Fue un directo, recuerdo. Para el Noticiero de las 7. En él, Oscar Restrepo Pérez, el popular "Trapito", entrevistó a "La Jirafa" Cousillas, al "Panza" Videla y a un joven, de ojos claros y pelo lacio con un apellido a todas luces ausente de nuestros directorios: Vanemerak. Si tocara identificar al bueno, al malo y al feo sin duda el “Panza” sería el Villano, Cousillas el poco agraciado y Mario, el dandy, el jovenazo, sin problemas sería el buenazo.

Bien, sigamos. Llegan los refuerzos, a Mario le dan la cinco y sí, le da fuerza al mediocampo, temperamento, pero no se ensuciaba las manos. El trabajo sucio en el Millonarios del "Chiqui" tenía nombre propio: Eduardo Pimentel. Y es que el primer recuerdo que brinca de Vanemerak jugador es el del todavía bien plantado volante, pletórico por supuesto, llevado en hombros por la recién estrenada pista de de tartán del Campín el domingo feliz de 1987 cuando ganamos la estrella doce. Y después de ese está el del penalti que cobra un año después en el Metropolitano con el que empatamos y ganamos la 13. De hecho, recuerdo a Mario como el encargado de atenazar a Pimentel y transmitirle vía telepática la serenidad necesaria para que no dejara al equipo con diez promediando el primer tiempo. Bueno, sí hay un recuerdo como grisáceo. Fue Mario uno de los que encaró a Hernán Silva –caco entre cacos– al terminar el partido en el que Nacional nos elimina de la Libertadores de 1989. Pero es que ante tamaño latrocinio hasta el Padre Garcíaherreros habría perdido los cabales.

¿Qué pasó entonces? ¿De aquí a cuándo nuestro ídolo perdió ese elegante equilibrio, la flema de lord del mediocampo del equipo del “Chiqui”? ¿A qué horas terminó convertido en un peligroso émulo de Lou Ferrigno, el “Hombre Increíble”? Porque de jugador le habrán puesto amarillas, incluso rojas, seguro. Era volante de primera línea. Alguna vez habrá entrado al túnel con salpicaduras de sangre, no lo dudo. Y bueno, hasta un año de sanción le metió la FIFA por el affaire Silva-Nacional, pero jamás, jamás de los jamases lo vimos en otra órbita, con la mirada perdida y las venas brotadas como ahora se le ve cada ocho días. ¿Habrá sido el agua bogotana? Porque ojo, no sólo le ha cambiado el temperamento. Del volante de rasgos foráneos que desembarcó hace once años ya queda poco. Su piel ahora es morena, sus ojos oscuros y sus rasgos se han tornado mucho más locales. No sólo sus rasgos, también su lenguaje no verbal. ¿Habrá algo más colombiano que esa actitud de “téngamen, téngamen, téngamen, que lo mato” que le vimos el sábado? Y es que vuelvo a la Copa del 89. De esa noche recuerdo como se las arregló para que nadie notara el patadón que le metió a Silva. Con diez mil motivos para hacerlo, ahí sí, esa noche Mario no perdió la compostura. Tanto que hasta se las arregló para patear al juez con gracia y donaire.

Por su mal comportamiento del sábado a Mario le espera ahora una larga temporada en las gradas. Aprovecha, Mario. Habla con la gente, pregúntales cómo te recuerdan en esos años felices de títulos y abundancia. Ve a Quanta, farmacia homeopática, y compra una buena provisión de valeriana. Respira profundo en la mañana y haz diez saludos al sol. Los resultados que ahora cosechas nos están haciendo reflexionar a los que te veíamos como un simple motivador, como un técnico de secundaria. Que un cortocircuito nervioso no eche por el retrete la oportunidad de tu vida.

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