Quitapesares de Héctor Abad

Adiós al blog

PUBLICADO 12/16/2006 |67 Comentarios|Comente


En la vida hay que probar muchas cosas a ver si a uno le gustan: probar el mojojoy y la marihuana, probar las hormigas y los huevos de pescado, la tierra caliente y la tierra fría, los poemas y la prosa. Y después de probar uno decide si eso se acomoda a su vida, a sus inclinaciones, a su gusto, a lo que quiere seguir siendo y haciendo. Quise probar el blog y no me supo mal, pero también me di cuenta de que para hacer bien un blog, lo que se dice un verdadero blog, hay que tomar el asunto con mucha más dedicación.

Un blog no es un extra adicional en las tareas de escritura cotidianas. Para tenerlo bien, como debe ser, hay que dedicarle tiempo como a un oficio más. No puede ser simplemente una columna de opinión que sale de vez en cuando, ni una ocurrencia de aparición esporádica. Hay que dominar mejor las herramientas de Internet, entrar en una red de referencias, interconectarse, estar alojado en un sitio independiente y no amparado por una revista de entradas masivas, ir cultivando a los propios lectores según un itinerario de intereses comunes.

Mi manera de hacer un blog, una especie de ampliación de mi trabajo como columnista de opinión, tiene ya un espacio en algunas revistas (en esta o en Semana, o en otras) y también en la red. Hacer más artículos es recargar a los lectores con el mismo sonsonete y recargarme a mí de trabajo. Tampoco me parece bien volcar pedazos de mi vida cotidiana en este espacio, abrir una ventana que da a unos rincones que deberían ser solamente los de mi vida íntima. Para eso, mejor un diario cerrado, algo que simplemente me sirva como ayuda de memoria en el futuro, o como curiosidad para los nietos, nada más.

Por todo lo anterior, y otras cosas que no digo, dejo aquí este blog, que no era tal, y lo suspendo indefinidamente. A los lectores que entraron y que con fidelidad lo apreciaron (o lo menospreciaron, pues uno tiene lectores que lo quieren y lectores que lo abominan), a los que comentaron con rabia o con benevolencia, les agradezco el tiempo perdido. Ya habrá ocasión de encontrarnos en otros espacios virtuales. A SoHo, que me brindó el espacio, gracias por permitirme tener esta experiencia. La dosis de constancia con que me dotó la vida no me permite tener esta otra puerta abierta. Tengo ganas de recogimiento, no de estar on-line toda la vida, como dispuesto a un chat con todo el mundo que no se sabe dónde nos conduce. Prefiero escribir libros que llevar un blog; creo que sé hacerlo mejor, o menos mal. Me dedico a lo mío.

Hasta la próxima, entonces, que es una manera atenuada de decir adiós.




El codo de la cigüeña

PUBLICADO 11/12/2006 |24 Comentarios|Comente

    Vivo en el kulo del Ku’Damm, digo yo, es decir, exactamente en el sitio donde se acaba la Kurfürstendamm, esa calle que fue la avenida elegante de Berlín Occidental y ahora está en paulatina decadencia, pues todo lo chic de esta ciudad (y mejor para mí) se ha ido trasladando a Mitte, el viejo centro de siempre, antes el corazón malherido de la gris Alemania Oriental. 
    A mi calle (Storkwinkel) le digo, aunque la traducción sea mala, “el codo de la cigüeña”, pues es una callecita en ángulo, con un pedazo largo y otro corto, como las patas de las cigüeñas. Su nombre bien traducido sería el rincón o el ángulo de la cigüeña, o si mucho el recodo, pero no importa, a mi calle me gusta decirle “el codo de la cigüeña”. 
    Desde la puerta del edificio, con un trotecito lento, en ocho minutos llego al primer lago de mis recorridos otoñales, el Hubertus See. Troto cuando el tiempo es bueno, lo cual quiere decir casi todos los días, pues el tiempo, hasta ahora, ha sido siempre bueno en esta parte de Alemania. Llevo más de dos meses esperando a que llegue el horrendo clima de Berlín que todo el mundo me anuncia; en cambio, un aire fresco, apenas picante cuando cae la oscuridad, un cielo luminoso, unos árboles felices vestidos de amarillo. Hay otro lago más cerca de mi casa, el Halensee, pero allá no voy tanto porque es un santuario para viejos y viejas nudistas, y a mí la desnudez de los viejos me perturba un poco. 
    La última vez que fui, una septuagenaria se despojó de todas sus ropas frente a mí y nadó hasta una boya amarilla que hay en la mitad del lago. Aguantar desnuda un agua que debe estar apenas por encima de los cero grados es una muestra de salud, de energía y de vitalidad, sin duda, pero su cuerpo no dejaba de ser el recuerdo decrépito de la juventud. Quizá la imagen más exacta de la belleza sea la desnudez juvenil. La ropa, estoy casi seguro, fue un invento de los viejos de la tribu para poder competir con los jóvenes del grupo. Una túnica de seda dorada, oculta algunas señales del tiempo y si es costosa y difícil de conseguir, pone sobre la piel otra piel de prestigio. Me salto el Halensee de los ancianos nudistas y sigo con mi trote. 
    A los veinte minutos estoy entrando al maravilloso bosque de Berlín Occidental, Grunewald. El cuerpo ya ha entrado en calor y el esqueleto siente el placer de ser movido rítmicamente por la carne. “Trotar es un placer intelectual” dijo una vez Vargas Llosa con acierto. Cuando me interno en el bosque, el aroma de los hongos que crecen en la humedad sombría me llena la nariz con una felicidad de hombre primitivo. Pero no dura nada esta fantasía naturalista, por mucho que los senderos llenos de hojas muertas y la luz que se filtra a través de las ramas de los árboles, y el agua del lago que se ve entre los troncos, me hagan sentir una felicidad ancestral. 
    La fantasía no dura porque me golpea en los ojos una bofetada de la más extraña civilización. Un señor viene paseando a su perro en un coche. Lo lleva sentado sobre un tapete de felpa y arropado con una cobija. Es como esas señoras jóvenes que pasean a sus bebés, pero en este caso el hombre este no pasea a un cachorro sino a un perro viejo. Mi hombre primitivo, por dentro, se muere de risa y se burla de mí, al mismo tiempo que un perrito salchicha (este libre) se acerca a olerme los zapatos, y su cuerpo alargado me habla otra vez de que ya casi todo, hasta los animales, ha sido convertido en cultura. Tal vez solo en África, o en el Chocó, o en el Amazonas, haya todavía trazas de vida natural. 
    No me importa, le doy la vuelta al lago al mejor paso que dan mis piernas de trotador aficionado. Y mientras troto miro y pienso. La Berlín que he visto es también la del arte y la de los conciertos, la de los bares y juergas ajenas en Prenzlauerberg, y los pequeños restaurantes turcos de Kreuzberg. Pero la que más me conviene, porque es la que me insufla ganas de escribir es esta Berlín verde de parques y bosques que recorro trotando. 
    Al volver, un poco más de una hora después, enciendo este aparato y me pongo a escribir. La beca que me dieron es para escribir lo que quiera. La beca no prohíbe, sin embargo, salir a trotar a ratos, ni tampoco me impide escribir sobre el trote. ¿Será mal hecho escribir simplemente sobre el placer de correr por el bosque de Grunewald, en vez de dedicarme de lleno a una nueva novela? 
    Soy un privilegiado. Me siento un eslabón (el eslabón perdido) en la maravillosa cadena renacentista del mecenazgo europeo (que se inspiraba en la antigüedad clásica de Roma y de Grecia). Alemania, conmigo, se porta como aquella mecenas de Weimar que cuenta Eckermann en sus Conversaciones con Goethe en los últimos años de su vida: “La señora archiduquesa tiene intención de hacer llamar a Weimar a algún escritor alemán actual, siempre que este carezca de cargo y de fortuna y se vea obligado a vivir únicamente de los frutos de su talento, ofreciéndole aquí una situación libre de preocupaciones a fin de que encuentre la ociosidad necesaria para dejar madurar cada una de sus obras y no se vea en la lamentable situación de tener que trabajar de forma superficial y precipitada en perjuicio de su propio talento y de la literatura en general.” 
    Es una aspiración muy ambiciosa y con razón Goethe, aunque elogia la nobleza de las intenciones de la archiduquesa, se declaraba escéptico del resultado. Yo también me declaro escéptico del resultado que yo pueda obtener, artísticamente, al cabo de un año de mecenazgo en Berlín. Hay algo, sin embargo, que con seguridad me llevaré: un recuerdo feliz de esta ciudad que era un campo de ruinas en 1945, y que en 1989 todavía estaba partida en dos. Casi toda Alemania está pagando por su costosísima recuperación, pero ahora Berlín se ha convertido en la capital más fascinante, y menos cara, de la Europa de hoy.


Ex futuros

PUBLICADO 11/5/2006 |21 Comentarios|Comente


Volverse a ver después de mucho tiempo con un viejo amigo que siguió en la vida por un camino distinto, por un camino que alguna vez fue el tuyo, te pone de frente con eso que se ha llamado “los yos ex futuros”, es decir, con los yos que pudimos llegar a ser y que no fuimos. Le debo al mismo amigo, Manuel Martín Morán, con quien acabo de pasar cinco días, tanto el enfrentamiento personal con uno de mis yos ex futuros (los buenos amigos tienen algo de espejo), como el concepto y la feliz expresión de “ex futuros”, desarrollada por don Miguel de Unamuno en algunos de sus escritos, que yo no conocía.

“Si te hubieras quedado en Turín, hoy ya serías catedrático”, me dijo Manuel una noche, después de la copita de grappa con que siempre terminamos nuestras comidas. Si aprieto los párpados y me miro con los ojos de la imaginación me puedo ver, si no como catedrático, al menos sí como ricercatore (investigador) o como Professore Associato en una universidad del sur de Italia. Ese fue uno de los muchos caminos que se me abrieron y que no tomé en la vida, a pesar de que alguna vez, hace casi dos decenios, harto de la barbarie colombiana, yo había resuelto volverme italiano e intenté conseguirlo durante años, hasta que tuve que rendirme ante la evidencia de mi terco tropicalismo. Pero no quiero hablar de mi ex futuro de italiano, al que nunca hubiera podido acceder realmente.

Es la noción general de ex futuro la que me interesa. Veámosla en palabras de Unamuno: “Siempre me ha preocupado el problema de lo que llamaría mis ‘yos ex futuros’, lo que pude haber sido y dejé de ser, las posibilidades que he ido dejando en el camino de mi vida. Sobre ello he de escribir un ensayo, acaso un libro. Es el fondo del problema el libre albedrío. Proponerse un hombre el asunto de qué es lo que hubiese sido de él si en tal momento de su pasado hubiera tomado otra determinación de la que tomó, es cosa de loco. Tiemblo de tener que ponerme a pensar en el que pude haber sido, en el ex futuro llamado Unamuno, que dejé hace años desamparado y solo…” Y en otra parte sostiene la sugestiva tesis de que uno de los Goethes posibles fue Werther. Lo dice así: “Werther es el ex futuro suicida Goethe.”

Yo me pregunto si la literatura no será en últimas, entonces, una manera de lidiar con nuestros ex futuros: con eso que no somos, pero que podríamos llegar ser o que pudimos haber sido.

En nuestra manera de entender cómo se construyen o desarrollan nuestras vidas creo que hay tres actitudes diferentes que hablan mucho de nuestro talante: la de los deterministas, que creen en el destino, en el hado, en la predestinación (o en la genética inflexible de nuestras más hondas inclinaciones); la de los azarosos, que creen que todo aquello que nos pasa al cabo de los años no está gobernado por nuestra elección, sino por el azar, por esa serie de muy improbables casualidades que llamamos la vida; y la de los voluntariosos, es decir la de aquellos que creen en la Voluntad con mayúsculas, y en nuestra capacidad de dirigir nuestras vidas como Palinuro dirigía el barco de Eneas por entre las olas del Mediterráneo, a puerto seguro contra viento y marea, salvo alguna tormenta fatídica.

El destino (genético o divino), el azar o la voluntad. Cuando se tiene la sensación de destino, no podemos admitir otros ex futuros, pues todo en la vida estaría dirigido a ser lo que somos, y no habría otro camino ni otro resultado posible. Con el azar nuestro yo futuro depende de la mera casualidad. Con la voluntad, creemos que al menos en parte gobernamos nuestro destino. Que al elegir, cerramos otras vidas y nos metemos por una única posible.

En las relaciones sentimentales esto se manifiesta con mucha claridad. Las novias, los amoríos, las esposas o amantes que hemos tenido, ¿las escogimos, fueron fruto del azar, o nos las impusimos como un acto de voluntad? Quién no ha pensado que bastaría no haber ido a tal fiesta, a tal paseo, a tal comida (como en algún momento pensamos hacer) para no haber conocido jamás a la persona que nos arregló o nos arruinó la vida. Eso es creer que el azar construye un futuro y destruye varios ex futuros. Hay quienes piensan que existe la mitad perdida de que habla Platón en su diálogo sobre el amor, que alguien nos la pone en el camino, y que solo a esa otra mitad estábamos destinados. Otros más consideran que creemos elegir, pero que la economía, la biografía, las experiencias infantiles o los mismos genes nos llevan a escoger, si no a una persona, sí al menos a una persona de determinadas características. Los que se creen dueños de su voluntad dirán que ellos escogieron exactamente lo que querían.

Yo creo que escojo, según las cartas que me reparte el azar, siguiendo un programa genético y cultural (mis experiencias, mi psicología), con una aparente decisión de la voluntad, que en realidad no es más que la justificación, a posteriori, de lo que no decidió sólo mi cabeza, sino sobre todo mi intuición. Al elegir, sin embargo, veo pasar los despojos de los yos que pude haber sido, unos yos que eran tan reales y tan probables como el yo que soy.
“Nuestros yos ex futuros son los demás”, dice Unamuno. Yo digo que los demás son demasiados, y mejor que lo que más se parece a nuestros yos futuros son nuestros amigos. Hablando con Manuel Martín, este amigo que hoy regresó a ese destino que alguna vez fue el mío, Turín, ese amigo que siguió por el camino que yo abandoné, el mismo que estuve a punto de seguir, y viéndolo al lado de su esposa, con sus hermosos hijos, con una carrera buena y una vida feliz, me pregunto si no habría podido también yo ser ese buen profesor, especializado hasta el fondo en unos pocos temas de investigación, ese buen marido y ese mejor partido. No es que me queje del yo que soy (que no sé si dependa del azar, del hado o de la voluntad), pero ese ex yo que veo en el espejo de mi amigo no me molesta para nada y a ratos casi lo envidio. Yo me pregunto si a él no le pase lo mismo, mirándome a mí, con lo maduros y rojos que parecen casi siempre los frutos del cercado ajeno. Tal vez en el otro cada uno vigila a su ex futuro.

Todos esos que no soy y que pude haber sido están en alguna parte que tal vez no quede mucho más allá de las paredes de mi cráneo. Porque no todos los ex futuros están muertos, según Unamuno: “No creo -es decir, no quiero creer- en la muerte definitiva e irrevocable de ninguno de nuestros yos posibles.” En alguna otra dimensión, así sea la de la fantasía o la del sueño, yo soy ahora profesor de literatura española, especialista hasta en la pierna coja de Quevedo, y estoy casado con una bonita ex muchacha de nombre Lorenza (con la que ese ex futuro yo mío tuvo tres hijos), a la que alguna vez, hace 20 años, no fui capaz de dirigirle la palabra.




Lo que se desvanece

PUBLICADO 10/28/2006 |52 Comentarios|Comente

“Lo que no sé, tampoco presumo de saberlo”
Sócrates


Siempre he luchado por no ser una persona inculta. He hecho lo posible por cultivarme. El problema -y lo digo sin falsa modestia, como un diagnóstico- es que no tengo ni la inteligencia ni la memoria que se requieren para ser una persona verdaderamente culta. Si lo digo con una metáfora informática, esto está relacionado con el tamaño de mi disco duro, que es muy pequeño. Ni siquiera promedio: pequeño. Digamos que mi cerebro puede correr algunos programas, incluso algunos complejos -aunque no demasiado complejos: corro el programa ajedrez, pero no el programa ajedrez en el modo avanzado de un maestro de ajedrez-, y de todas maneras, en ningún caso soy capaz de correr más de un programa a la vez.
Puedo, por ejemplo, durante lo que dura un viaje a Egipto -que no es mucho- aprenderme los nombres de algunas dinastías, de unos cuantos faraones con sus amantes y de un puñado de dioses. Pero poco tiempo después del regreso -digamos dos semanas- una niebla de confusión invade mi mente y todo se confunde en una sopa de letras. ¿Era Anubis un perro, un pájaro o un gato? ¿Cómo se llamaba el dios que pesa el corazón según El libro de los muertos? ¿Las columnas de tal templo o el obelisco sin nombre, ¿en qué lugar las vi? ¿De quién era esposa o pariente o amante Nefertiti? ¿A qué oficios divinos se dedicaba el dios Toth?
Si yo fuera una persona de verdad inteligente y culta, sabría al menos estos datos elementales sobre la historia de Egipto. Y debería saberlos puesto que los estudié, los supe por unas semanas, y hasta los escribí en un libro sobre El Cairo donde creo haber mencionado a todos los anteriores. Es decir, para saber de Anubis, puedo consultar un libro mío, pero no puedo consultar mi memoria. Esto es lo triste y lo que a veces me hace preguntarme si no seré un farsante. Sé que al menos algunos de ustedes me creerán si les digo que cuando escribí eso, lo sabía. Lo sabía porque lo había leído, claro, pero todos los que saben algo sobre Egipto lo saben porque lo leyeron en alguna parte. Yo, al menos por el transcurso de unos pocos días o semanas, también supe lo que esos nombres significaban verdaderamente.
Lo mismo me pasa con los reyes de Francia o con los de España. Sé que alguna vez supe exactamente quién era el Rey Sol, y alguna cosa supe de Carlo Magno, y también qué hizo el rey Alfonso el Sabio, o qué no hizo Felipe el Hermoso, pero hoy todo eso está envuelto en una niebla indistinta. Podría explicarlo diciendo que tal vez no me interesa la historia de esas naciones y por eso no se me graba. Pero no es eso, porque tampoco soy capaz de recordar a los varones ilustres de la historia patria. Sé que algún día supe qué hicieron Sucre y Miranda y Atanasio Girardot. Hoy no lo sé y esos nombres están agrupados en el subconjunto “próceres” de mi pobre enciclopedia mental, pero sin ninguna distinción personal. Por eso no me considero de verdad inteligente: porque he estudiado más allá de las posibilidades que tengo de aprender.
Por eso mismo no soy culto y también por eso en las conversaciones con los cultos me quedo callado, ensimismado, abismado de mi cruel ignorancia, deprimido por la constatación constante de las dimensiones diminutas de mi memoria, que es una parte esencial de la inteligencia puesto que sin memoria no se puede hablar verdaderamente de inteligencia. Sueño con que me instalen un chip suplementario en el cerebro, que sea algo así como un instantáneo buscador de Google, al que yo pueda acudir de inmediato cuando alguien diga Francisco de Miranda y en mi pantalla cerebral se desplieguen fechas, dichos, batallas, derrotas y hazañas. No es así.
No digamos en ciencias (¿por qué se me olvidó, si una vez la supe, cuál es la segunda ley de la termodinámica? ¿Por qué no sé explicar la teoría de la relatividad si una vez un amigo me la explicó durante una hora con pasmosa claridad, tanta que yo casi la entendí, les juro?). No digamos, pues, en ciencias. Pero ni siquiera en el oficio que se supone que es mi especialidad, los libros y la literatura, me puedo considerar una persona culta.
Supongo que me creen si les digo que he leído a casi todo Flaubert; no sólo Madame Bovary, también los Tres cuentos, las cartas, el viaje a Oriente, el Diccionario de lugares comunes, Bouvard y Pécuchet… (Acabo de mirar en Google si Pécuchet se escribe así o Pècuchet, ¿ven? Si fuera culto me acordaría, pero si fuera totalmente inculto no sabría que hay dos tipos de acento). Pero de estos libros conservo la noción remotísima de una vaga trama, y no podría hablar con propiedad más de 10 segundos de ninguno de ellos, ni repetir anécdotas, virtudes, frases o nombres de personajes. Podría empezar mañana otra vez La educación sentimental, y mirar con horror e interés los subrayados que le hice hace 22 años cuando la leí, deslumbrado y feliz, y al mismo tiempo avanzar ahora hasta el final sin tener la menor idea del desarrollo de la trama.
A veces me ha pasado que repito películas y las veo con pasión (incluso películas de suspenso, donde la gracia está en el desenlace sorpresivo) y no me doy cuenta de que ya las vi. ¿Cómo puedo darme cuenta de que me doy cuenta? Llevo o he llevado diarios, y alguna vez me pasó que apunté en el diario de 1985 un comentario sobre una película que yo pensaba, en el 2005, que acababa de ver por primera vez. Buscando un dato en ese cuaderno, leo lo que me había gustado 20 años antes, lo profundamente que me había impactado la película. ¿Y ese impacto profundo se disolvió en la nada? Qué depresión ante el tamaño de mi inteligencia.
Peor sería, dicen algunos, no olvidarnos de nada, pues siempre tendríamos presentes y torturantes, por ejemplo, los terribles desprecios y agravios que padecimos alguna vez. Pero eso me parece solamente un consuelo que a mí no me consuela. Además, a veces me pasa lo contrario: recuerdo sin querer un montón de cosas que quisiera olvidar, o al menos que no me interesa recordar. ¿Por qué no se me va de una vez de la cabeza una frase tonta que dijo el presidente Turbay hace 33 años? Ojalá tuviera un borrador de neuronas para sacármela de encima. Cómo me gustaría tener una memoria y un olvido que no dependieran de su capricho, sino de mi voluntad.
Hace apenas diez días Santiago Gamboa, que es una persona más culta que yo, me contó una anécdota que me había contado por lo menos una vez más -hace unos años-. En ambas ocasiones la anécdota me pareció absolutamente fascinante, mezcla de vida, libros raros, vanidad de los escritores. Pero aunque me la contó hace menos de dos semanas, ya hoy soy incapaz de repetirla completa y con todos los detalles. Y las anécdotas sin detalles no sirven para nada; son como un cuadro al que se le han borrado los colores, las sombras y las líneas. Quedan manchas. Esta anécdota tenía que ver con Juan Ramón Jiménez y con un grupo de poetas peruanos que -para obligar a contestar al poeta español- se inventan la identidad de una mujer. Y aquí me falta el nombre de la mujer, que era bellísimo, y el nombre del soneto que él le dedica a su muerte (pues los peruanos se ven obligados a matarla cuando el poeta dice que irá a visitarla) y por eso mismo la anécdota pierde espesor y ya no la puedo contar bien.
Un amigo que yo tuve se burlaba así de los desmemoriados que intentan contar una historia: “Hace como tres años estaba yo con mi esposa en Bruselas, o no sé, tal vez fue en Ámsterdam o en París, bueno, no importa, yo estaba con Patricia mi esposa y entonces fuimos a un restaurante como a la orilla de un río, o era un lago, o el mar, ya no sé, pero bueno, entonces pedimos un plato ¿cómo era que se llamaba, Patri? Era un plato como con verduras, o frutas, o tal vez era pollo, bueno, no me acuerdo bien, supongamos que fuera pescado, y entonces, entonces, ¿Qué fue lo que pasó, mi amor? Bueno, sigamos. Resulta que yo le dije a Patri, no sé bien qué le dije, pero entonces ella se puso, no me acuerdo bien si brava o contenta, pero el caso es que me contestó, ¿qué fue lo que me contestaste, mi vida?”
Así estoy yo.


Como una cuba en La Habana

PUBLICADO 10/22/2006 |14 Comentarios|Comente



Con este título cabrerainfantesco de Rubén Vélez, lo que iba a contar es que íbamos como unas cubas por Amberes. Y por Bruselas. E incluso por Lieja. Mi nuevo vecino de blog, anagrama de mi nombre, Bada, ya dijo algo del encuentro en Lieja, ante estudiantes y profesores de literatura, así que omito este pedazo del viaje. Quedan las otras dos ciudades belgas en las que cuatro escritores colombianos tratamos de hablar de la literatura que se está haciendo en ese luminoso pero oscuro lugar de Suramérica donde nacimos y donde solo dos de los cuatro seguimos viviendo (aunque yo tampoco ahora estoy ahí).

Antes de seguir me toca hacer una reflexión sobre este nuevo medio de comunicación: el blog. Un blog es lo que uno quiera hacer con él. Puede parecerse a una sucesión de artículos de opinión surgidos sobre la marcha. Pero yo ya publico artículos de opinión, en papel y en la red, y no tiene mucho sentido duplicar ese trabajo. Si mucho, a veces, el blog puede servir para darle un seguimiento más largo a algún tema de la columna fija. Como en la revista uno no se puede quedar patinando sobre lo mismo, el blog permite hablar de algunas repercusiones o reacciones sucesivas de las columnas de opinión: por ejemplo la polémica desatada con un coronel o con un cardenal.

El blog puede ser también algo así como un diario privado abierto al público. Conozco casos de total exhibicionismo. Lo cual ni siquiera me lo planteo pues en mi caso lo más íntimo no me lo diré sino a mí: “Yo no digo mi canción, sino a quien conmigo va”. Un blog no es una especie de reality por escrito en el que uno va contando día a día su vida: “me salió un barro en la nariz”; “comí coliflores con ajos”; “tengo nuevos vecinos al frente del apartamento”; “tuve mala digestión”; “anoche le di un beso a Fulanita y en el momento en que su boca…” etc. No, no puede ser eso. Si el blog se parece a un diario, tendrá que estar compuesto con esas partes de la vida privada que puedan tener algún interés público. Si hablo de un paseo en bicicleta, es para elogiar el sistema de ciclovías o de parques públicos de un sitio; si hablo de un concierto, es para fomentar un placer intelectual que me parece duradero e importante. No puede ser, no debería ser para mostrar las vísceras ni para hacer alarde de los sitios que se visitan.

¿Entonces para qué contar que íbamos como unas cubas por Bruselas? En realidad eso, que además no es exacto, no vale la pena contarlo. O vale la pena solamente contárselo a uno mismo. De hecho a ningún lector, salvo alguna curiosa deformación mental, le debe importar un comino si yo llevo una vida sobria o disipada, si por las noches tomo leche de soya, sorbos de Wurzelpeter o largos tragos de ajenjo. Si me acuesto a las ocho o a las diez. Un blog no es (aunque creo que a veces me he confundido) una carta abierta a un amigo.

Si uno es un periodista que está cubriendo una guerra, o alguna situación verdaderamente dramática, un blog diario puede ser algo apasionante. Digamos si uno está cubriendo en la selva unas improbables conversaciones de paz entre la guerrilla y el gobierno y es testigo privilegiado de algunos avances. El blog en tal caso no sería un diario personal, sino un diario de asuntos públicos y, en realidad, la sucesión de análisis y de noticias de un reportero que recoge datos y da su testimonio.

Y aquí vuelvo entonces a Bruselas y a Amberes. ¿Qué parte de ese viaje puede ser interesante para un blog? ¿Que la casa del Instituto Cervantes de Bruselas es una especie de Palacio de un indiano de Flandes que se enriqueció en África y quiso hacer alarde de su riqueza en la capital? ¿Que allí hubo una discusión animada sobre la literatura colombiana actual y nuestros nexos con España? ¿Que en Amberes hablamos, Santiago Gamboa y yo en broken English, y Carolina Sanín en perfecto inglés profesoral americano y Margarita Posada en un curioso inglés de solterona británica que toma el té? ¿Que Santiago Gamboa chocó su carro de diplomático por llegar a tiempo a un desayuno y después quería morder la furia al Embajador, pero diplomáticamente se contuvo? ¿Que a Margarita Posada no le gustó el desayuno y entonces pidió champaña? ¿Que yo metí las patas diciendo que una campaña cultural sobre no sé qué piezas precolombinas era mejor dejarla morir? No sé si esto interesa.

Diré que nuestro guía en Bruselas fue un escritor español, José Ovejero, que tiene un magnífico libro de viajes a China (lo estoy leyendo). Y que en la Grand Place, una de las más bellas de Europa, Ovejero nos señaló el sitio donde Marx y Engels escribieron ese monumento literario y religioso del siglo XX, el Manifiesto comunista. Diré también que en Amberes nos presentó un escritor y periodista flamenco muy joven, Tom Naegels, que había estado en Bogotá hace algunos meses. Y que por ese bellísimo puerto nos guió una belga curiosa que conoce mejor que muchos de nosotros el tema del secuestro en Colombia.

No me quedaron de este viaje, creo, grandes enseñanzas intelectuales. Me quedaron, en cambio, largas conversaciones con mis amigos escritores, largas noches mal dormidas (pero bien vividas) llenas de palabras, de cervezas y de vinos. Algo más importante que la vida mental. Asuntos que tal vez me cuente a mí mismo en mis diarios privados, pero no en un blog. Hay cosas que no se dicen, porque si se cuentan se dañan. Y lo más importante, muchas veces, es aquello que ni siquiera se menciona.



Un Festival en Berlín y una Feria en Amberes

PUBLICADO 10/18/2006 |8 Comentarios|Comente

 
Los escritores –igual que los dentistas y los oncólogos- nos encontramos en congresos, regados por el país y por el mundo. Claro que estos congresos, en general, no se llaman así, sino ferias del libro o festivales de literatura. Una diferencia importante que nos separa de los oncólogos es que nosotros no pagamos el tiquete de viaje ni el hotel, como hacen los dentistas, sino que nos los pagan, bien sea los organizadores de las ferias, o los gobiernos, o algunas fundaciones. Y en cierto sentido es justo que sea así, no solo porque la mayoría de los escritores no tienen mucha plata, sino porque además nuestras reuniones están abiertas al público y en algunos países -por ejemplo Alemania- cobran la entrada para ir a oírnos leer o divagar o simplemente hablar.

Los escritores que vamos a ferias estamos en una tierra intermedia entre los artistas de farándula y los académicos. No nos reunimos para enterarnos de “los últimos avances en la técnica de la novela”, por ejemplo, ni para saber “qué tipo de poesía se está haciendo en Latvia” (le debo a un buen lector una buena corrección: Latvia en español se dice Letonia), pero sí conocemos a los astros que suben o que caen en el firmamento literario, o los tesoros secretos, las afinidades electivas, en fin, las simpatías o antipatías que nos generan el trabajo o la personalidad de los colegas.

Unos pocos miles de personas han pagado alguna vez por comprar un libro mío, pero nunca me había ocurrido que pagaran por entrar a oírme leer los primeros capítulos de un libro que no he publicado. Esto me pasó hace poco por primera vez, en Berlín. Ocurrió durante el Festival de Literatura, en una pequeña sala, luminosa, en un segundo piso. No eran las multitudes de Shakira, obviamente, pero los 40 o 50 puestos de la sala estaban llenos y cada persona pagó 5 euros por oír los primeros capítulos del libro, primero en español y luego en alemán, leídos con voz titubeante por mí, y con gran voz llena de modulaciones por un actor alemán. Antes de la lectura, diez minutos de concierto de un percusionista, como para entrar en calor.

Quizá lo más bonito, a la entrada, fue ver a una mujer que se ponía dos naranjas en el pecho. Era Margit Knapp, mi querida editora en la editorial Klaus Wagenbach de Berlín. Para que entiendan por qué se ponía dos naranjas como si fueran senos, les copio aquí la portada de la edición de bolsillo de mi libro en alemán, que es muy graciosa:

 


Aclaro que aunque me sentí muy orgulloso de poder leer pedazos de mi nuevo libro ante un auditorio en Alemania, este motivo de orgullo es también un ejercicio de humildad pues después de haber leído lo que leí ningún agente, ninguna editorial, ningún lector se precipitó a pedirme los derechos del nuevo libro. Unos cuantos aplausos, sobre todo de los chovinistas colombianos presentes en la lectura, y el comentario de una señora de una editorial suiza de libros para niños, que se me acercó a decirme que mi lectura le indicaba que yo podría escribir también, si quisiera, literatura infantil.

¿Decepción? Para nada. Si uno viene prácticamente de un pueblo llamado Jericó en las montañas de Antioquia, y si uno pretendía si mucho que lo leyeran un grupo de personas en Medellín, haber llegado hasta aquí es haber conseguido mucho más de lo que aspiraba en los más dulces sueños.

Tuve otras lecturas en el Festival de Literatura de Berlín. A una de ellas no fue nadie, o casi nadie. Fue en un bar, y me sentí como esos músicos de pueblo que tocan boleros y bambucos en las mesas a cambio de limosnas, mientras los comensales siguen conversando o sorbiendo los frisoles. La idea de los organizadores era que, a cincuenta años de la publicación del poema más célebre y más duro de Allen Ginsberg (Howl), algunos escritores invitados los leyéramos en nuestra propia lengua. Y en ese bar sin público leí “Aullido” en español, pero lo leí con fuerza, para mí mismo y como si tuviera al frente un público de mil personas, aunque sin levantar la cabeza para no perder la ilusión de una audiencia, y sin oír el ruido de copas que chocaban a lo lejos y de cafés que se sorbían en los labios de alguna estupefacta persona mayor.

Al terminar (la lectura del poema dura unos quince minutos) levanté la vista, y las muchachas de prensa del Festival, compadecidas por la falta de público, se habían juntado todas en una mesita al frente del micrófono (eran cinco o seis, ninguna hablaba español), como un gesto de amistad. Si uno pudiera hacer siempre lo que se le ocurre, le hubiera dado un beso a cada una, sonoro y largo.

La tercera lectura la contaré otro día (el sitio en que se hizo vale la pena copiarlo), porque esto se está alargando demasiado. Y lo mismo algunas historias de la Feria de Amberes, que se llama El Otro Libro (Het Andere Boek), donde estuve con Carolina Sanín, Margarita Posada y Santiago Gamboa. Fueron cuatro días intensos, raros, entre Bruselas, Lieja y Amberes, y para describir nuestra presencia allí, que haré después, si me acuerdo, lo único que se me viene a la cabeza es una línea ingeniosa que alguna vez se le ocurrió al poeta Rubén Vélez: “Iba como una cuba por La Habana.”

Sobre el tema de la libertad de expresión, la campaña del Pen y los delitos de calumnia e injuria, no seguí escribiendo en este blog. Pero si les interesa la conclusión a la que llegué, aquí está el enlace para que lo lean en Semana: 
 




www.semana.com.co



De Andrés Hoyos y Enrique Santos Molano

PUBLICADO 10/8/2006 |7 Comentarios|Comente

De la discusión que se está dando en el Pen Club colombiano sobre las leyes de injuria y difamación en el mundo, sobre lo cual escribí en mi última entrada del blog, ha habido un par de opiniones muy interesantes de Andrés Hoyos y Enrique Santos Molano. Las reproduzco a continuación y otro día escribo mi respuesta.
 

De Andrés Hoyos:
 

“Me parece muy interesante y necesario el debate.

Yo estaría de acuerdo con un régimen muy liberal que excluyera cualquier forma de castigo sobre todo lo referente a injuria o “insulto”, es decir lo que tenga que ver con si la persona criticada es inteligente, estúpida, bonita, gorda, fea, fanática, rezandera, fascista, estalinista, machista, homosexual e intelectualmente deshonesta. Nada de eso debe ser penalizado y mucho menos puede ser objeto de una legislación de excepción.
 
Pero, remitiéndonos a Colombia y para dar un ejemplo, si alguien cae en desgracia con alguien y este último sale a decir por la radio que vio a su enemigo dándole plata a Mancuso o a Jojoy o pagando para que asesinaran a otro, pues hay un salto cualitativo. Una calumnia como ésa, que el acusador no sea capaz de demostrar, debe ser punible. El texto, según leí, hablaba de abolir toda forma de castigo por difamación e injuria. Mi opinión, en tal caso, es que es exagerado abolir toda forma de castigo por difamación e injuria.

 
El punto filosófico que me interesa, sin embargo, es otro: las instituciones liberales que debemos implantar no tienen por qué tener en cuenta de manera obsesiva nuestras precariedades, ni para arriba ni para abajo. La sociedad debe alcanzar a sus instituciones, y no las instituciones hacerse como si el país fuera menor de edad. No se vale tener una ley súper punitiva que nos defienda del “libertinaje”, porque somos un país menor de edad y nuestra “adolescente” ciudadanía va a abusar de sus derechos, ni se vale otra que presuma que vivimos en Jauja y que no hay que castigar nada porque, como vivimos en una sociedad menor de edad, el gobierno y los poderosos abusarán.”

 
Sobre la legislación gringa manda Andrés Hoyos este enlace:
 

http://law.enotes.com/everyday-law-encyclopedia/libel-and-slander

 
Más de Andrés Hoyos:
 

“La noción de que no debe existir ninguna restricción legal a la libertad de expresión halaga el sentimiento romántico, y por eso mismo no dudo que resulte muy popular en un ambiente de escritores, pero en el mundo real hay “locos” de los que menciona Enrique Santos Molano y los hay para dar y convidar. Para la muestra basta con sintonizar un noticiero de televisión o leer un periódico.

 
Ahora bien, si la idea es convertir el castigo por injuria y calumnia en una sanción civil y pecuniaria, yo tendería a estar de acuerdo. Insisto en que la abolición total de cualquier sanción es utópica e inconveniente. ¿Por qué? Porque se multiplicarían los “locos”. El régimen quizá más permisivo de todos, el norteamericano que surgió tras la Primera Enmienda de la Constitución, ha sido delimitado y en Estados Unidos son frecuentes las demandas por injuria y calumnia. Eso sí, la gente no va a la cárcel, sino que debe pagar, en ocasiones, altas sumas de dinero.

 
Igual de importante es establecer qué constituye injuria y calumnia, y qué no, porque las tendencias recientes más preocupantes son las que quieren ampliar la definición. Yo creo que en esta materia se debe recurrir a la vieja definición liberal sobre los derechos, según la cual mi derecho incluye todo aquello que no hace daño claro o que no amenaza con hacer daño claro a otra persona. Así, criminalizar el suicidio es incompatible con esta idea, puesto que al intentar suicidarme yo sólo me hago daño claro a mí mismo. Lo mismo vale para el consumo de psicotrópicos, de tabaco o de alcohol, aunque no para el “derecho” de manejar un carro en estado de embriaguez, así no se produzca ningún accidente.

 
La legislación sobre injuria y calumnia sólo se debe involucrar con el tema de la verdad de las afirmaciones que unas personas hacen sobre otras. Más complicado resulta el tema de la burla de una figura sagrada o de un dirigente político. ¿Injurió o calumnió a alguien Salman Rushdie cuando escribió Los versos satánicos? Yo creo que no. Por lo general una burla es una opinión elaborada y como tal su verdad o su falsedad son indemostrables. De ahí que al denigrar yo de Mahoma o de Jesucristo esté expresando una opinión, no susceptible de ser injuria o calumnia. Antes al contrario, al querer impedirme que me burle, el creyente está infringiendo mi derecho. Pasaría igual con un ataque a un gobernante que lo califique de autoritario, de fascista o de irresponsable. Estas palabras no tienen una definición cierta y única, de modo que no podrían hacer parte de la legislación que sanciona injuria y calumnia. Distinto será cuando alguien acuse a un alcalde de haberse robado la plata de la lotería. En ese caso el acusador deberá tener pruebas, so pena de incurrir en una sanción civil y pecuniaria."
 
De Enrique Santos Molano:
 

“La libertad de expresión es un derecho inherente al ser humano, sobre el cual no puede admitirse que pesen restricciones de tipo legal, mucho menos penal, y muchísimo menos extralegal, como es el caso de las desapariciones, las amenazas y los asesinatos a quienes, en su calidad de escritores y de periodistas, ejercen el deber de denunciar y criticar. Hoy, por ejemplo, en su apartamento de Moscú, fue asesinada a tiros la periodista Ana Politkovskaya, que venía denunciando los actos dictatoriales del señor Putin y pidiendo la abolición de la censura. Ana Politkovskaya había ganado en el 2002 un Premio como defensora de la Libertad de Expresión y desde entonces las amenazas contra su vida fueron constantes. Se le instó para que abandonara Moscú, pero respondió "No puedo dejar un puesto de peligro cuando hay otros que han muerto por mí", en alusión al asesinato de varias personas que le habían suministrado informes incómodos para Putin. Hoy se cumplieron las amenazas.

 
Porque a algún idiota se le ocurra hablar por la radio para lanzar acusaciones temerarias contra alguien, no podemos pedir leyes penales que sometan la libertad de expresión a una acción legal intimidatoria. Se cae de su peso que a quienes ejercen como escritores y como periodistas les asiste una formación intelectual que les permite entender que el uso de armas perniciosas e innobles como la difamación o la injuria le hace más daño al calumniador que al calumniado y que el gremio de escritores y de periodistas no va a correr el tonto y peligroso albur de que el público lo identifique como sinónimo de calumnia y difamación. Los que injurian y difaman son una excepción y es al propio gremio intelectual al que le corresponde --y no a las leyes-- imponer una sanción para quien deshonre su oficio. La abolición de las leyes contra injuria y difamación, y de las famosas leyes de "desacato", que son una forma velada pero no menos efectiva de censura, es imperativa si queremos tener una democracia de verdad y operante. También fue Antonio Nariño quien dijo: "Mientras más impunemente se me diga que soy tirano, menos lo soy".

 
El debate, precisamente, es la contra al veneno de la difamación y la calumnia. Si alguien se siente injuriado o calumniado, debe tener la garantía de que se le brindará el mismo espacio para responder, desvirtuar y aplastar a su calumniador. En eso consiste la libertad. Las leyes penales contra la difamación y la injuria, o hechas para proteger la honra ajena, son como el lobo al que se introduce en el corral para que ampare la integridad de las ovejas.

 
Adjunto un enlace que da cuenta de las acciones efectuadas en distintas partes del mundo en los últimos dos años para obtener la derogación de dichas leyes penales y de las leyes de desacato."
 

http://www.ifex.org/es/content/view/archivefeatures/909/


Contra injuria, calumnia y difamación

PUBLICADO 10/7/2006 |6 Comentarios|Comente

 
En estos momentos se discute, en el Pen Club de Colombia, si debemos apoyar una campaña internacional para abolir las leyes de injuria, calumnia y difamación. Hay dentro del Pen posiciones encontradas. Esta es la mía:
 

Las leyes contra injuria, calumnia y difamación son un arma deletérea en manos de cualquier gobierno y de cualquier religión. La usan incluso los políticos en Colombia para coartar o impedir del todo las denuncias que se hacen contra ellos en las noticias de los periódicos y en las columnas de opinión. Aunque a la larga pierdan los pleitos, los políticos saben lo que a los periodistas (generalmente con menos recursos económicos que ellos) nos cuesta en viajes, papeleos y abogados una defensa en demanda por calumnia. Con esa arma, que viven usando, nos amedrentan a la hora de escribir, con lo que favorecen la autocensura. Yo he estado en estos pleitos, y me han costado millones, simplemente para demostrar que el señor X sí era aparentemente un machista, tal como yo lo afirmaba.

 
Es mucho mejor, en este sentido, la legislación de Estados Unidos: allá a ningún periodista lo pueden demandar por calumnia e injuria si publica en la prensa algo injurioso sobre un servidor o sobre un personaje público. Ese delito no existe. Todo el mundo tiene derecho a decir y escribir lo que le dé la gana, así sean insultos evidentes. Y es mejor así, para cortar por lo sano, pues en general cuando hay un gobierno fuerte, o un régimen confesional, estos son los que definen qué es la verdad, y por lo tanto, qué constituye una calumnia o una difamación. Los casos de Turquía y Venezuela, muy recientes, son muestras claras de cómo gobiernos casi o totalmente autoritarios usan esas leyes para acallar a la oposición. Ni se diga lo que pasa en los regímenes islámicos si uno se atreve a decir algo en contra de Mahoma. O se llega a casos contrarios muy curiosos: un ciudadano italiano demandó al Osservatore Romano por publicar cosas falsas sobre Jesús: ¿dónde está demostrado que éste realmente resucitó? Eso es una infamia, según este ciudadano, y el periódico vaticano debería rectificar o pagar al menos una indemnización.

 
Y es que definir la verdad es muy difícil. Si yo sostengo en una columna que Andrés Hoyos es un bobo y un antipático, ¿cómo hacemos para resolver si lo estoy injuriando y calumniando? ¿Lo sometemos a un test de inteligencia, manda un certificado de su IQ, o va a un centro psiquiátrico para que haga exámenes de simpatía? Si el examen resulta positivo, me puede demandar por calumna e injuria; si le va mal en el test, solo por injuria.

 
Sí, creo que uno puede publicar sin pruebas lo que quiera, por ejemplo que Cecilia Balcázar tiene la intención secreta de matar a sus nietecitos. Lo que pasa es que el castigo para quien escriba esta imbecilidad es un castigo que le darán los lectores, y las refutaciones, y las protestas. Pero esta será una refutación intelectual, una lucha entre verdades contrapuestas, un enfrentamiento entre argumentos más o menos válidos, y no una disputa legal en la que, cuando están los gobiernos, las religiones y el Poder de por medio, estos siempre llevan las de ganar. Así que estoy de acuerdo con que se pida, en el mundo entero, la abolición de absolutamente toda la legislación sobre injuria, calumnia o difamación.

 
Hay que tener el coraje de apoyar la plena libertad de expresión, aun con el riesgo de que nos calumnien e injurien, cosa que irremediablemente ocurrirá tarde o temprano, en público o en privado.  Otra cosa son los actos, contra los cuales sí se debe legislar, pero la palabra tiene que ser libre, completamente libre, para que podamos, desde la partida, tener la serenidad de pensar con libertad y opinar abiertamente. De lo contrario, somos cómplices de la terrible estrategia del miedo.



Mercado turco

PUBLICADO 10/5/2006 |8 Comentarios|Comente

 
Paseando por uno de los mercados turcos de Berlín -ruido, multitudes, caos, olores picantes- siento que el mundo sería muy pobre sin esta humanidad desordenada que nos remite a períodos menos normativos y apolíneos de la historia del mundo.
 
La metódica racionalidad germánica, su estricto ritmo bien temperado, es de una eficiencia inexpugnable. Pero sin estos espacios y contrastes de espontaneidad el mundo se vuelve demasiado gris, demasiado nórdico. Los países calientes son (somos) una especie de bendición, siempre y cuando tampoco nosotros nos tomemos todo el espacio porque en un mundo invadido por nuestra algarabía, la disolución está a la vuelta.
 
En la metrópolis contemporánea palpitan y conviven estas fuerzas antagónicas y es eso lo que hace tan valiosa y fascinante a la ciudad del siglo XXI, esa que desde hace más de un siglo viene anunciando Nueva York y esa que todavía no existe en Colombia.
 
Monotonía, rutina, orden, prevención, puntualidad... todo eso es necesario y es justo que exista. Hay en el fondo del espíritu humano una necesidad de orden, un intento perpetuo de oponernos a la entropía que a toda hora acecha la existencia. Pero esa otra fuerza dionisíaca, el entusiasmo, el desbordamiento, el ruido, la dicha gratuita, forma también parte de lo más hondo que tenemos dentro, y no podemos eliminarlo sin cercenar lo más original (lo más primigenio), aquello que nos viene de nuestros remotos orígenes genéticos y culturales.
 
Después de dos horas en el mercado turco, ya cansado de tanto ruido casi tropical, me meto en un café de los de antes. Es el único café del barrio judío de los que frecuentaba Joseph Roth (estoy leyendo sus Crónicas berlinesas) que todavía queda en pie: el Schwarzraben, en el número 13 de la Neue Schönhauser Strasse.
 
Hay sobre todo alemanes, alemanas, y los miro. Son eficientes, cumplidos, trabajan duro y concentrados, pero al mismo tiempo, al final de la tarde, saben vivir despacio. Con qué soñadora morosidad saborean durante media hora una cerveza. Aprendo de ellos, quién lo creyera, también la lentitud y me fumo (en la imaginación) un largo cigarrillo meditabundo.
 
Nosotros, en cambio, comemos y bebemos y vivimos con una voracidad que parece hambre y con una sed que es como si acabáramos de recorrer el desierto. Vivimos en el desierto vital y cultural y creemos poderlo compensar con el ruido y la exageración. Entre este mundo y el otro, prefiero los dos.
 


La fidelidad del odio

PUBLICADO 10/4/2006 |13 Comentarios|Comente

 
     Los que odian son constantes. Es muy común que las personas sean infieles en el amor. Es asombrosa, en cambio, la fidelidad del odio. Que lo dejen de querer a uno es una experiencia continua; te quieren, y de repente o poco a poco, ya no te quieren. Este proceso se repite una y otra vez, como si fuera algo más o menos normal. En cambio los que te odian no dejan de odiarte nunca, no bajan la guardia, no se les pasa el ardor. El fuego de la inquina lo debe alimentar una llama más firme que el de la pasión amorosa. Hay amores hasta la muerte, pero escasos; en cambio el odio a muerte, el que apenas la muerte sacia o libera, es mucho más corriente.
      ¿Qué será lo que nos hace abominables ante los ojos de otra persona? Cuando estamos seguros de no haber cometido ningún agravio contra ellos, la perplejidad aumenta. Muchas veces el odio puede explicarse por una vieja pasión humana, inconfesable, y perfectamente descrita por La Rochefoucauld en una de sus Máximas: "a menudo nos envanecemos de las pasiones, incluso de las más abominables; pero la envidia es una pasión tímida y recatada que nunca nos atrevemos a confesar."
    Hay, sin embargo, en la envidia, por lo menos un mérito, alguna vez señalado por don Miguel de Unamuno, quien decía respetar, en la envidia, "la enorme energía que revela en el individuo que la padece." Al menos el envidioso tiene fuerza para algo: para odiar, y esa constante atención que le dedica a uno con su odio, habrá que agradecerla como un homenaje.
    Recuerdo también un poema de José Emilio Pacheco, que dice así: “¿Pensaste alguna vez en tu enemigo, / en el que no conoces / pero que odia / cuanto escribe tu mano? / ¿Pensaste en ese joven de provincias / que daría su vida por tu muerte?” Yo he conocido a este tipo de personajes. En la vida literaria, por ejemplo, los que lo odian a uno son asiduos en su atención y recurrentes en su furia. Aquel que te odia no deja nunca de leer, o al menos de hojear tus libros; examina uno a uno (y con lupa) tus artículos o tus ocurrencias en el blog; no se pierde ninguna entrevista; dice detestar y aburrirse con cuanto escribes, pero no se lo pierde. Asiste a cualquier presentación o conferencia y actúa como el célebre envidioso de don Antonio Machado que, durante los aplausos, silbaba. Y no es ni siquiera que lo silbe a uno; la cosa es más honda: silba el aplauso. Los que te quieren se olvidan muchas veces de felicitarte cuando te pasa algo bueno; los que te odian nunca dejan de celebrar tus caídas ni de lamentar tus triunfos.
      Pero quizá no todas las personas saben odiar con tanta hondura y persistencia. En general, los infieles en el amor son también infieles en el odio. Olvidan los agravios con la misma rapidez con que olvidan los favores. Son malagradecidos, pero no rencorosos. Este es un caso más de esos defectos que se convierten en virtudes y de esas virtudes que por exceso pasan a ser defectos. Los que aborrecen son fieles a sus ideas fijas y el chorro de su bilis es constante.
 


Entregar un libro

PUBLICADO 10/1/2006 |40 Comentarios|Comente

Entregar un libro

 

 

         Desde 1991, cuando gracias a Carlos Gaviria me publicaron en la Universidad de Antioquia mi primer libro, Malos pensamientos, he venido publicando un libro nuevo cada dos o tres años. Esta semana que termina hoy (aunque hay quienes dicen que el domingo es el primer día de la semana y no el último), le entregué definitivamente a la editorial Planeta un libro nuevo.

    Este primer mes en Alemania, además de los paseos en bicicleta o los conciertos, los dediqué en buena parte a corregir las pruebas, o las últimas galeradas, como con más acierto les dicen en España a esas páginas donde uno rema contra la corriente. Nunca deja de haber errores, inexactitudes, cursilerías, cosas que uno hubiera podido decir mejor, ideas que se vienen a la mente cuando tal vez ya sea demasiado tarde.

         Ese lugar común que dice que los libros no se terminan, sino que se abandonan, tiene mucho de cierto. Llega un momento en que uno se rinde, y no corrige más. Lo cual, en últimas, es un acto de valentía, e incluso de humildad, pues a partir de ahí uno se hace responsable de todos sus defectos, sin la inútil vanidad de querer producir lo imposible: una obra perfecta.

         Siempre me ha parecido mala la imagen, tan socorrida, de la gestación, para hablar de la escritura y publicación de un libro: una idea fecunda, muchos meses de embarazo, varios riesgos de aborto, un trabajo de parto, y, al fin, el alumbramiento, e incluso ese bautizo (como dicen en Venezuela) que en Colombia recibe el nombre presentación. La imagen de la gestación es mala porque puede que los libros que uno escribe sean como hijos, pero son, o deberían ser, hijos huérfanos. Después de nacidos hay que abandonarlos del todo, y dejar que se defiendan solos, y no defenderlos de los ataques de los maliciosos, ni acariciarlos por los elogios de los benevolentes.

         En fin, entregué un libro, y lleva el título de El olvido que seremos, que es un pedazo de un verso póstumo de Borges, en la primera línea de un soneto que se llama “Epitafio”. Lo escribí, a intervalos y con muchas dificultades (dificultades mentales, resistencias internas), en los últimos tres años, pero tal vez sería más exacto decir que lo vengo escribiendo en los últimos 19 años, desde el momento en que encontré tirado en el suelo, en un charco de sangre, a mi papá. Es el único libro que he escrito por necesidad, por una necesidad íntima, y al mismo tiempo por obligación: es la única novela (digamos que es novela), que yo mismo me he impuesto como una obligación personal.

         ¿Es un buen libro? ¿Es un mal libro? Les juro a mis pocos y queridos (no, no todos son queridos) lectores de este blog agazapado entre muchachas desnudas, que en este caso las categorías de “bueno” y de “malo”, me importan un chorizo. Es un libro que escribí como un deber moral conmigo mismo, con mi pasado, y con la memoria de un hombre profundamente bueno que fue salvajemente asesinado por los más brutales enemigos de la justicia en Colombia, los paramilitares, apoyados por gentes del establecimiento, seguramente, y también apoyados por instituciones armadas del Estado.

         No es, sin embargo, un libro de rencor y de venganza, sino un libro de recuerdos familiares. Disfrazada de novela, la biografía de un hombre y de una familia, metida en un país y una ciudad y unas circunstancias que son las de Medellín, en Colombia, en la segunda mitad del siglo XX. No me importa si el libro es bueno o malo, repito, aunque yo haya hecho todo lo posible por escribirlo bien. Lo que me importa es que es un libro que me deja tranquilo (y es la primera vez que esto me pasa con alguno de mis libros), absolutamente tranquilo, inmune a las opiniones a favor o en contra que puedan salir cuando se publique.

    Después de 19 años de titubeos hamletianos, he puesto en escena una representación de la muerte de mi padre. La más fiel que he podido escribir, la más sincera. No me importa, repito, si el resultado es bueno o malo porque lo que he pretendido esta vez, simplemente, es escribir un libro verdadero. Y la verdad no es buena o mala: es lo que es.

 


Berliner Philharmoniker

PUBLICADO 9/25/2006 |20 Comentarios|Comente

Desde hace muchos meses un querido amigo, Gonzalo Ospina (concertino de la Orquesta Filarmónica de Medellín, y antes de la Sinfónica) me había hablado de dos cosas: de la que es probablemente la mejor orquesta del mundo, la Berliner Philharmoniker, y de la sala de conciertos donde tocan, la Berliner Philarmonie, que es también probablemente el teatro con la mejor acústica que exista. Me decía Gonzalo: “si te sientas al frente del director, detrás de los timbales, vas a experimentar lo más sublime que se llega a sentir con la música, que es oírla no solo con los oídos, sino con cada poro de tu cuerpo.”


Entonces, para celebrar que acabo de terminar un libro (y de lo que significa terminar un libro les contaré en otra entrega de este blog, cuando me manden las últimas correcciones), voy con mi hermana Clara a un concierto de la Filarmónica de Berlín, la que durante tanto tiempo dirigió Herbert von Karajan (y hoy la calle del teatro lleva su nombre). Para empezar hay que decir que el teatro está en uno de los sitios más bellos de la ciudad, el Kulturforum, que es una zona proyectada en los años 50 y 60, donde además del Philarmonie, hay varios museos extraordinarios: la Neue Gemäldegalerie (o Nueva Pinacoteca), el Museo de Instrumentos Musicales, la Sala de Música de Cámara y la Nueva Biblioteca del Estado. Y un poco más al oriente del Kulturforum está nada menos que Potsdamer Platz, que es uno de los sitios de arquitectura moderna más vanguardistas e impresionantes que he visto en mi vida.


Siempre me ha parecido que la arquitectura moderna es maravillosa. Pero siempre he tenido también una duda: ¿envejecerá bien? Muchos edificios que nos gustaron hace 40 años por su modernidad, hoy parecen esperpentos envejecidos antes de tiempo. Sin embargo, si alguna confianza me da la arquitectura contemporánea, se la debo a la impresión que me dio, por dentro y por fuera, el increíble teatro de la Berliner Philarmonie. Construido por el gran arquitecto alemán Hans Scharoun en 1961, parece todavía nuevo, y la idea que lo gobierna sigue siendo la más válida. La forma exterior, como una inmensa carpa de oro (es de aluminio dorado, en realidad), es fascinante, y por dentro es todavía mejor, con el escenario hundido en el centro, y rodeado asimétricamente por unos inmensos pentágonos, como terrazas aéreas, donde el público se sienta como si fueran varios teatros simultáneos, con una visibilidad perfecta hacia el centro, y una acústica sobrenatural.


Nos tocó, por casualidad (o porque eran las boletas más baratas) en el mismo puesto que me había recomendado Gonzalo Ospina: de frente al director, detrás de los timbales, en el mismo sitio donde se haría el coro si lo hubiera en el concierto. En el Podium. Era como si estuviéramos metidos tocando con la misma orquesta, o como si la orquesta tocara confundida con nosotros. Cuando empezó la primera parte del concierto, la Suite Romeo y Julieta de Hector Berlioz, toda la carne se me puso de gallina, como si de verdad todos los poros del cuerpo tuvieran que prepararse para sentir la música.


Ver al director, sir Simon Rattle, conduciendo la orquesta con la cara dirigida hacia nosotros (y todo el tiempo parecía hablar o tararear, como Glenn Gould cuando toca a Bach), fue una experiencia inolvidable. Después de Berlioz, vino el intermedio. En el foyer venden champaña, y hubo que celebrar tanta emoción con champaña. Brindé con Clara, mi hermana.



Stravinsky (Agon) fue solo una preparación instrumental para el plato fuerte: La Quinta de Beethoven. Y ahí sí, a hundirse en la música hasta los tuétanos, con la piel y todos los sentidos sólo oyendo, olvidados de nuestra pobre condición de mortales, en una armonía feliz con todas las cosas. La versión de Rattle es mucho menos solemne, mucho menos alemana que la de von Karajan, y por eso mismo creo que más degustable, menos distante. Karajan, para mi gusto, era más papista que el Papa, o más alemán que los mismos alemanes. Al menos más que los de hoy, que se sienten más identificados con el espíritu más fresco y festivo de sir Rattle.


Hubo un solo anticlímax, en la parte más lenta del segundo movimiento, que es quizá el más hermoso, y fue un inmenso estornudo de alguien en el público, o quizá en la misma orquesta, que pareció despertarnos del embrujo por un instante. Aunque tal vez fue solamente un recuerdo de que a pesar de todo, a pesar de esta honda experiencia espiritual que constituye la gran música alemana, tenemos que ser conscientes de que seguimos siendo carne, carne que tose y suda y estornuda. En últimas, hasta el estornudo me parece que salió bien.


Si algún día tienen la fortuna de venir o de volver a Berlín, no dejen de ir a este teatro, el Philarmonie, que es donde mejor se oye la música clásica (nunca en la casa se llega a tanta concentración y a tanta perfección acústica), y traten de ir a un concierto con la Filarmónica, que es un ejemplo de lo lejos que pueden llegar el estudio, el buen gusto, el arte y la pasión por hacer bien las cosas. 

 


Respuesta al cardenal

PUBLICADO 9/17/2006 |89 Comentarios|Comente

Yo había escrito en Semana que el cardenal Alfonso López Trujillo era un malhechor en el sentido etimológico de la palabra: alguien que hace el mal. El primer párrafo de la carta de rectificación que el Cardenal Alfonso López Trujillo envió a la misma revista lo define mejor: es un hipócrita. Dice así el comienzo de su carta:
“Como llevo 16 años en la Curia Romana y ya han pasado no pocos lustros, se me informa que el articulista cuando era estudiante en la facultad de Comunicaciones fue fulminantemente expulsado por la Pontificia Universidad Bolivariana. Había escrito de la manera más vulgar e insultante un artículo contra el papa Juan Pablo II, en un pasquín. Era rector entonces monseñor Restrepo Uribe quien habló de un escrito repugnante e inaceptable. Debo lamentar que después de tantos años prosiga en tal odio de carácter ideológico. Desde entonces, hace muchos años, no tenía noticia de él.”
Dice el cardenal que “se le informa” que fui expulsado. Y fue él, personalmente, quien me expulsó. Es decir, atribuye a otros lo que él hizo, que es la forma más típica de la hipocresía, a la cual recurre varias veces en su carta. No fui expulsado “fulminantemente” de la UPB, es decir, con el fúlmine (el rayo) de monseñor López Trujillo. Digamos que fuimos expulsados muy despacio, precisamente porque el pobre rector, monseñor Restrepo Uribe, no nos quería expulsar (los expulsados fuimos muchos, incluyendo varios profesores que nos apoyaron). Nos llamó la atención, nos citó a la rectoría, nos pidió una rectificación, nos dio matrícula condicional… Pero nada de esto dejó satisfecho al arzobispo, que ordenó personalmente la expulsión. Y el rayo de su poder al fin nos fulminó.
Nunca he ocultado esa expulsión de la Pontificia, y la llevo como una pequeña medalla ganada en la guerra de la libertad de expresión. Pero también, a estas alturas, reconozco que escribir contra el Papa en una Universidad Pontificia, era una especie de suicidio. Así que ese viejo episodio, ocurrido cuando López Trujillo era arzobispo, lo veo con simpatía y sin rencor. Es posible que mereciéramos ser expulsados de ahí, y en el fondo nos hicieron un favor. Mis compañeros y yo (Diego Medina, Emma Arcila, Alberto Echavarría) terminamos en universidades públicas, vimos más mundo, no tenemos cartones clericales… En fin, mucho mejor.
Hay algo más: en los últimos años he sido invitado varias veces a dar conferencias en la UPB, e incluso una vez la Facultad de Comunicaciones, de donde fui expulsado, me invitó a ser profesor de cátedra. No le digo a monseñor quiénes me han invitado, pues sé que el fúlmine de su larga mano todavía podría hacerlos destituir. Solo le digo que ex decanos y ex vicerrectores de ese claustro me han hecho llegar mensajes de complacencia por el artículo de Semana donde denuncio al cardenal. Allí lo acusan, incluso, de ser la causa indirecta de la quiebra que sufrió esa universidad.
En el segundo párrafo de su carta el cardenal también le echa a otro la culpa de lo que él hizo. Dice que fue el “recordado y amado” arzobispo Tulio Botero Salazar el que vendió el seminario. Quizá los primeros documentos hayan sido firmados por Botero Salazar. Pero todos en Medellín sabemos que quien impulsó el Centro Comercial, quien hizo las negociaciones, quien desocupó el seminario, fue López Trujillo. Ahora el cardenal se porta como esos niños de colegio que cuando hacen entre varios una maldad, señalan con el índice al de al lado, para escudarse. Y luego dice que en la capilla no funciona ninguna pizzería. Allá había varias capillas, y en una de ellas sí funciona, o al menos funcionaba, un negocio de comidas, pues yo mismo estuve comiendo ahí. Además, ese no es el asunto: si en la capilla no hay pizzería, en las celdas sí se hacen masajes, y en la oficina del padre superior venden brassieres, y todo el seminario es un centro comercial. Lo que se intentaba demostrar, quedó demostrado sin importar que todavía allá quede una capilla donde dicen misa.
A diferencia de Botero Salazar, el cardenal López Trujillo no es “recordado y amado” en Medellín. Se le recuerda, sí, pero sin amor. Dice monseñor en su carta que los sacerdotes con quienes tuvo problemas “caben en los dedos de una mano”, y que estos problemas fueron “por motivos ideológicos”. Pues yo le digo que no caben en los dedos de las dos manos los curas y ex curas que me han escrito o han llamado a celebrar mi artículo en Semana. Y es más, me dicen que “me quedé corto” al decir que monseñor era un malhechor. Dicen del cardenal cosas tan sucias, que ni yo mismo me atrevo a transcribirlas, pues no me constan. Y varios citan un libro sobre el cardenal, publicado por Hernando Salazar en editorial Planeta, donde numerosos sacerdotes acusan de diversos crímenes al antiguo arzobispo de Medellín.
En su respuesta, el cardenal pasa por alto el tema del condón y de los métodos anticonceptivos, y se concentra en la polémica alrededor del aborto, sobre lo cual lo más sustancial que dice es lo siguiente: “son miles los médicos, centenares las academias y universidades, los centros médicos, que defienden con solvencia científica y moral que el embrión es un ser humano, una persona humana y no un agregado de células, como dice el articulista. Le convendría al autor un mínimo de formación e información, y la bibliografía al respecto ocupa muchas páginas.”
Le aseguro al cardenal que también son miles los médicos y centenares las academias y universidades que opinan lo contrario. Es curioso que a uno lo acusen de ignorante, o de no estar formado ni informado, simplemente porque la bibliografía que lee (y la que yo he consultado me temo que no ocupa menos páginas que la del cardenal) es distinta. La polémica sobre el aborto no es un asunto cerrado y decidido a favor del pensamiento de la Iglesia Católica. Si fuera así, sería un crimen en la mayoría de los países del mundo, y lo que ocurre es todo lo contrario. Dicen quienes apoyan al cardenal que el crimen del aborto es el más cruel y despiadado en que se pueda caer. Yo puedo pensar en crímenes mucho peores. La violación, por ejemplo es mucho peor. Y de hecho aun las legislaciones que penalizan el aborto le dan más años de cárcel a un violador que a una mujer que aborta.
Termina el cardenal recordando que en Medellín fue víctima de amenazas y atentados por parte de guerrilleros y narcotraficantes, y que ahora sufre, por mi artículo, “un nuevo brote de violencia al menos verbal” que “es conveniente que el país conozca.” Estoy en contra de toda forma de violencia y si alguna vez han amenazado al cardenal, lo lamento y lo rechazo. Lo que no admito es que me ponga en ese mismo nivel. Si he escrito contra las cosas que piensa y dice monseñor, no es por simples desacuerdos ideológicos, como él dice, sino porque francamente considero que lo que él dice y hace es dañino, hace el mal, produce sufrimientos en todo el mundo. Sus posiciones frente al control de la natalidad, el condón, y sus últimas declaraciones sobre la niña violada y embarazada en Colombia, fueron declaraciones malignas. Si alguien tiene responsabilidad y culpa por la mayor difusión de sida en el mundo, por poner un solo ejemplo, es nuestro nefasto cardenal colombiano.


Sí tengo quien me escriba 2

PUBLICADO 9/11/2006 |17 Comentarios|Comente

Al parecer los coroneles se han especializado en escribirme cartas. Recibo la siguiente del coronel que estaba al mando del escuadrón de alta montaña que cometió el supuesto error de la matanza de Jamundí. El coronel acusa ahora a los funcionarios de la policía que murieron, e insinúa que son ellos los que estaban haciendo algún trabajo sucio. Veamos:


"En su edición no. 1267 columna "opinión" del señor Héctor Abad Faciolince
vuelve y se aplica la filosofía de los muchos artículos que desde la edición
1256 viene aportando la revista semana.
Personalmente le manifiesto que ya estoy cansado de sus comentarios
denigrantes, ofensivos y faltos de soporte que vienen editando en el caso
Jamundí. Yo espero que este señor periodista tenga las pruebas y argumentos
necesarios para que sostenga jurídicamente que los hombres bajo mi mando le
hicieron un mandado a la mafia como allí lo afirma, y espero que tenga muy
claro y conocimiento real de los hechos para que repita al final del
artículo que "después de la carnicería de Jamundí...", faltando, como otros
periodistas, al respeto por un puñado de soldados que fatídicamente tuvieron
el infortunio de encontrarse con un grupo de policías de civil, en
cumplimiento de un procedimiento "no conocido" por las autoridades, tropas
ni patrullas de la zona y avalado con documentos falsificados dos horas
después de los hechos.
Le recomiendo que antes de escribir documéntese como lo hizo Juanita León
quien me visitó personalmente en su debido momento y si se escribe por
pensamientos del gobierno de turno.
Y como dice María Isabel, entretanto: seguimos esperando que la balanza de
la justicia se alinee y renazca la imparcialidad investigando la omisión,
falta de coordinación, procedimiento dudoso o mandado al narcotráfico por
parte de los miembros de la DIJIN en potrerito (V) aquel 22 de mayo de 2006.

Atentamente,

Teniente Coronel ® BAYRON GABRIEL CARVAJAL OSORIO
Ex Comandante Batallón de Alta Montaña No. 3



Para escribir mi artículo sobre las oscuras cosas que están ocurriendo dentro del Ejército Colombiano, me basé en lo que han publicado los periódicos. Uno de los problemas más graves del tema es, precisamente, que el Ejército no permite que nadie lo investigue por dentro. ¿Abren sus archivos, permiten que se les haga algún tipo de control, quién los vigila? Lo hacen ellos mismos, con espíritu de cuerpo.
Dejo escrita la versión de los hechos del coronel Carvajal, con la aclaración de que al menos hasta el momento los datos que se conocen indican que el batallón de alta montaña número 3 incurrió, como mínimo, en un uso excesivo e indebido de la fuerza. Llamar carnicería a lo que pasó en Jamundí no es ninguna exageración. Y alguien, al parecer, le estaba haciendo un mandado a la mafia. Según el coronel Carvajal, los del mandado eran los de la policía del general Naranjo, pero lo que se deduce hasta ahora es lo contrario. Al contrario de lo que dice el coronel, la fiscalía sostiene que algunos los policías fueron rematados con tiros de gracia, y estaban debidamente uniformados. Cuando la justicia tome una decisión definitiva, si el juez civil se atreve a tomarla (ahora está en una clínica de reposo), retomaremos el tema.


Lo que yo me pregunto

PUBLICADO 9/7/2006 |19 Comentarios|Comente

 Viene el señor Tobias Wenzel, que es periodista y está preparando un libro en el que los escritores se preguntan y se responden a sí mismos algo. Lo acompaña una fotógrafa, Carolin Seeliger, con unos inmensos ojos azules bordeados de negro. Las cosas que uno se pregunta a sí mismo son muy distintas a las que preguntan los demás. “¿Cómo te llamas? ¿Dónde naciste? ¿Qué haces? ¿Dónde vives?” Uno nunca se pregunta esas cosas porque ya las sabe. Una de mis peores pesadillas es que un día me despierte y no me acuerde de mi verdadero nombre. Ha habido casos de locuras así, y a un tío abuelo mío le pasó: se levantó preguntando, “¿quién soy yo?”
La verdad, en todo caso, es que uno vive hablando consigo mismo, y preguntándose cosas. “Converso con el hombre que siempre va conmigo”, dijo Antonio Machado. Tal vez lo que el señor Wenzel pretende es que uno se haga la pregunta que quisiéramos que nos hiciera un periodista o una mujer que nos interesa. En tal caso siempre se piensa en una pregunta que nos haga quedar bien porque sabemos la respuesta y con esta podemos hacer lo que en italiano se dice “una bella figura”, es decir, podemos lucirnos. Si fuera por la “bella figura”, me gustaría que me preguntaran si me sé algún poema de memoria y entonces me pondría recitar de corrido durante media hora, como un rapsoda homérico.
Sin embargo, si uno es sincero y quiere que le hagan realmente una buena pregunta, tendría que ser una pregunta fundamental que nos ayudara a aclararnos alguna cosa íntima a nosotros mismos. Algo que fuera interesante para sí mismos, y quizá también, por extensión, para los demás.
En tal caso me preguntaría, creo, algo que ni yo ni los otros pueden saber muy bien. Por ejemplo: “¿Por qué esa sed de cambiar radicalmente de vida cada tres o cuatro años?” Santiago Gamboa siempre me ha dicho que yo me he pasado la vida tratando de empezar una nueva vida. Ahora que me hago esta pregunta ante Tobias Wenzel, o que me lo pregunto gracias a su sugerencia de preguntarme algo, la pregunta coincide con que acabo de empezar hace apenas cinco días una nueva vida en Berlín. Y me siento feliz, renovado, como recién nacido. Volver a nacer es una sensación liberadora, maravillosa, da esa limpieza del alma que dicen que nos concede el agua bautismal. Todas las paredes del apartamento donde vivo están pintadas de blanco, y no hay ni un solo cuadro. Así mismo me siento, como estas paredes blancas.
Yo reconozco el valor de la rutina y sé que muchas cosas hay que volverlas rutinarias para poder soportarlas. Bañarse, afeitarse, limpiar las gafas, ir al banco, lavar la ropa o lavar los platos… Lo obligatorio y aburrido hay que volverlo rutinario y hacerlo siempre, en la medida de lo posible, a la misma hora. Yo voy al baño y me lavo los dientes siempre a la misma hora. Pero el resto de las cosas de la vida, las agradables, las intensas, detesto que se vuelvan rutinarias.
¿Cuántos años se pueden vivir al lado de una misma mujer (o de un mismo hombre) sin que la vida se vuelva un infierno? ¿Cuántas veces a la semana se pueden comer frisoles o pasta o pizza sin que nos empiece a dar asco? ¿Cuántas veces se puede mirar el mismo cuadro? A los cuadros hay que cambiarlos de pared por lo menos una vez al año si queremos volver a verlos. Con el paisaje no ocurre lo mismo porque el paisaje siempre cambia: los árboles crecen, se les caen las hojas, dan frutos o florecen, el río se seca o se desborda, el cielo va variando de color… También las caras cambian, pero casi siempre para empeorar, y esa metamorfosis no agrada.
Entonces el cambio de vida cada cierto tiempo, pasarse de casa o al menos de cuarto, aprender un idioma, conocer nuevas personas, irse a vivir a otra ciudad, a otro país o al menos a otro barrio, eso que para algunas personalidades es un desastre porque desacomoda su vida, a mí en cambio me da una sensación de libertad, de arrebato, de que algo se renueva fuera y dentro de mí. No creo que sea una huida, como dirían los psicoanalistas, sino una búsqueda, una búsqueda que no tiene ningún objeto preciso. Los que tenemos la tendencia a aburrirnos cuando algo se nos vuelve hábito, necesitamos estas pequeñas revoluciones. Al cabo de un tiempo todo vuelve a lo de antes, y hay que volver a empezar, la piedra de Sísifo vuelve a rodar por la pendiente del aburrimiento, pero mientras tanto, mientras subimos la piedra, el tiempo pasa de un modo distraído, más suave, más ameno.
Después de que le contesto lo anterior a Tobias Wenzel, la fotógrafa de ojos azules, Carolina Seeliger, me toma una foto con una cámara al viejo estilo, con caja de acordeón e imagen que se ve invertida en la cara posterior de la cámara oscura. Ella enfoca mis ojos, dice, mientras yo me concentro en los ojos de ella, azules con borde negro. Si me hubiera quedado en Medellín no hubiera tenido nunca esta experiencia, sencilla y bonita a la vez, que me llena de felicidad el resto del día.


Clima y carácter

PUBLICADO 9/4/2006 |12 Comentarios|Comente

Demasiado influidos por la ideología marxista, según la cual la economía determina el comportamiento de los seres humanos (dime cuánto tienes y te diré qué piensas); demasiado influidos por la psicología freudiana según la cual nuestras pulsiones sexuales o los traumas infantiles determinan nuestra forma de ser (dime con quién te acuestas o no te acuestas y te diré quién eres); demasiado influidos por la psicología evolutiva, según la cual nuestro comportamiento se debe al pasado remoto de nuestra especie (dime si eres un mamífero macho o hembra y te diré qué buscas y por qué); demasiado influidos por todo esto, nos olvidamos de una vieja teoría antropológica según la cual el clima influencia de un modo determinante nuestra conducta, la manera de ser de la gente, e influye también en las realizaciones de su intelecto y en su estado de ánimo en general: dime en qué clima te educaste y en qué clima vives, y te diré algunas cosas interesantes sobre ti.
¿Por qué son puntuales los alemanes y en las paradas de bus dice exactamente la hora y el minuto en que pasará el próximo servicio público? ¿Por qué en general los teutones no hacen esperar a los amigos parados en las esquinas? ¿Será que son rígidos y cuadriculados por falta de sexo? La explicación es más simple: dejar a un amigo esperando un rato, en una calle de Cartagena, provoca como mucho que se cambie de acera para evitar el sol. Pero si estoy en el norte de Alemania y es otoño o invierno o primavera, y llueve y hace frío, no saber cuándo llegará el bus puede ser una experiencia aterradora (e incluso mortal, si a eso vamos). Y si el amigo no es puntual, en esas condiciones atmosféricas, al llegar lo recibiremos con piedras en la mano.
Esta influencia del clima en nuestra forma de ser y en nuestras actividades cotidianas, es más importante de lo que se piensa. “A las ideas -decía Hegel- no les conviene el calor,” y lo decía en sentido figurado, pero también literal. Sentarse a leer o a pensar en el trópico, con un aire tibio afuera, y muchachas que bailan en la calle, no es lo más atractivo. Con calor solamente dan ganas de salir al aire.
Hoy, creyendo que haría el mismo clima maravilloso de ayer, cogí mi bicicleta y me fui a pedalear por el Grunewald, que es un gran parque en las afueras de Berlín, y el mayor pulmón verde (el único verdadero “campo”) que tenían los berlineses occidentales antes de la caída del muro. No se nos olvide que Berlín era una isla rodeada de Alemania Oriental. Mientras pedaleo se me ocurre otra idea de la influencia geográfica: nuestra extremada violencia en las ciudades puede deberse también a la nefasta carencia de parques verdes y abiertos en el espacio metropolitano. En Medellín no hay ni uno solo, y si construyen un parque, lo pavimentan o lo llenan de cemento.
Mientras pienso en esto, empieza a lloviznar y se levanta un viento frío. Vuelvo a toda carrera a la casa, y toda la tarde la dedico a leer y a escribir. Preparo una charla que tengo dentro de dos semanas. Si no estuviera lloviendo, me habría quedado afuera, disfrutando el clima y el paisaje y los encuentros fortuitos. El clima me obligó a encerrarme y a estudiar. Supongo que Einstein, que vivió en Berlín, prefería quedarse en su casa resolviendo teoremas matemáticos, en vez de salir a pasear. Sólo en verano, y con razón, prefería los paseos a las matemáticas. Con un clima como el nuestro en Colombia, es difícil dedicarse a la filosofía o a las matemáticas.
Esto no lo explica todo, pero influye, no me cabe duda.


Primer día en Berlín

PUBLICADO 9/2/2006 |13 Comentarios|Comente

Recuerdo que en mi casa se contaba esta anécdota: hacia el año 1940 apareció en la primera página de El Colombiano un gran titular con la siguiente noticia: “Se incendió el edificio más alto del mundo”. En pocos minutos masas de medellinenses se aglomeraron alrededor de la Plazuela Nutibara pues todos los ciudadanos querían ver cómo se había quemado el Hotel Nutibara, inaugurado pocos meses antes. Estupefactos, se enojaban con el periódico, por mentiroso, al constatar que el edificio más alto de Medellín seguía intacto. Por eso, al final de la anécdota, aconsejaba siempre mi papá: “Cuando empieces a ver muy alto el edificio de Coltejer, es hora de que empaques las maletas y te vayas a hacer un viaje.”
No hace mucho, en el justificado entusiasmo que siento por la muy buena alcaldía que está haciendo Sergio Fajardo, hice un elogio del clima de Medellín, donde prácticamente terminaba diciendo que mi ciudad tenía el mismo clima que debió de tener el Paraíso hasta la caída de Adán y Eva. Sí, ya era hora de salir de viaje. Por suerte me invitaron a pasar un año en Berlín, y casi sin compromisos.
Ayer, primero de septiembre, llegué. Y hoy, dos, es mi primer día entero en la capital de Alemania que me recibe (aunque sé que la cosa no va a durar) con un clima mejor que el de Medellín: cielo azul, brisa fresca, sábado sin tráfico. Tomo un bus desde mi barrio, Charlottenburg, subo al segundo piso, me siento en la ventanilla de la primera fila, y me dejo ir adonde me lleve. Qué sed de mirar, qué ganas de verlo y conocerlo todo. Dejo pasar una media hora y me bajo en una calle donde veo movimiento. Estoy en otro barrio, Kreuzberg, y entro en un café a desayunar. Pan con mantequilla, aceitunas, carnes frías, café. Me siento en la barra y el joven alemán que está a mi lado, al cabo de un rato, se pone a hablar en español por su teléfono celular. Le pongo conversación y me explica que cada barrio de Berlín es como un pueblo, cada cual con sus propias características. Me dice que la ciudad es tan fascinante porque no hay todavía un verdadero Establecimiento que la domine. Casi todo el mundo viene de afuera, y es la capital que más se mueve de toda Europa, porque está en construcción, más aún, en ebullición. Como el desempleo es tan alto (casi del 30% en algunos barrios), es también la capital menos cara de Europa.
Al salir del café veo que al lado hay un almacén de bicicletas. El clima perfecto y el consejo de mi querido amigo hispano-alemán Ricardo Bada, que vive en Colonia, me impulsan a entrar. Pregunto si venden bicicletas de segunda mano. No, dicen, pero un cliente va a comprar una nueva y quiere deshacerse de la vieja. Ahí está. En dos minutos está hecho el negocio. Compro también un casco y una canasta para poner ahí el pan, las botellas y las frutas. Pregunto cómo volver a Chalottenburg y me dicen que me vaya por la orilla del río, el Spree, y que más adelante pregunte. Montar en bicicleta en un día soleado y sin calor, como este, es una cosa muy parecida a la felicidad. No tengo que preguntar mucho para volver al apartamento que me concede, como parte de la beca, el DAAD de Berlín, es decir, el Deutscher Akademischer Austauschdienst (Servicio de intercambio académico alemán). Antes, compro cerveza, cerezas, queso, pan y jamón.
Al llegar, para celebrar, pongo las variaciones Goldberg, de Johann Sebastián Bach, que es una de los trozos de música más sublimes que se han producido sobre la Tierra. Almuerzo. Ahora escribo. Después seguiré leyendo las Conversaciones con Goethe en los últimos días de su vida, de Eckermann. Así como oigo música alemana, también quiero leer literatura alemana. En este gran libro de Eckermann, hasta donde voy, se dicen dos cosas interesantes sobre Berlín: “En Berlín se pueden aprender y desaprender muchas cosas.” Espero que esto se cumpla. Yo, por lo menos, intentaré aprender alemán aunque para lograrlo tenga que desaprender el inglés. Y más adelante dice, refiriéndose a un tal Zelter: “No hay que olvidar que ha pasado más de medio siglo en Berlín. Todos los indicios me llevan a pensar que allí se junta una casta tan temeraria que no se puede llegar muy lejos con una actitud delicada. Antes bien, conviene no tener pelos en la lengua y mostrarse un poco rudo de vez en cuando a fin de mantenerse a flote.” Desde 1823, cuando se escribió lo anterior, hasta hoy, han pasado no sólo dos siglos, sino muchas cosas. La ciudad fue destruida y estuvo casi medio siglo dividida. Ahora es una ciudad en pleno renacimiento, más parecida, tal vez, a la que encontró Canetti entre las dos guerras mundiales, cuando pasó algunos años aquí, fascinado. ¿Seguirá siendo verdad eso de que hay que mostrarse un poco rudo de vez en cuando a fin de mantenerse a flote? Espero que no.
Pongo unas sonatas para chelo de Brahms, le doy un sorbo a mi Flensburger Pilsener ("amarguita, como la vida", así la vida sea dulce hoy). Están tan lejos Colombia, sus militares, sus curas, sus políticos, sus horrendas telenovelas, sus mafiosos y paracos perdonados, están tan lejos los que quiero y los que me odian. Empezar una nueva vida da una maravillosa sensación de libertad. Este primer sábado de mi vida en Berlín se parece mucho a la felicidad.


Sí tengo quien me escriba

PUBLICADO 8/18/2006 |119 Comentarios|Comente


"Lo único verdaderamente intocable en Colombia son los militares", escribí en la revista Semana del 14 de agosto. Que sean intocables lo demuestra esta carta del coronel Alvaro Plata Pinilla, ex comandante de la Novena Brigada. Entre otros insultos, el coronel me escribe lo siguiente:

"En usted no se hacen raros sus testimonios calumniosos, ya que lo he visto a usted como un columnista y escritor, ni conocido ni famoso, resentido, de extrema izquierda, antigobiernista y títere de las FARC. Es decir su interés es servir a los intereses de alias Tirofijo, del Mono Jojoy y de otros secuaces. Usted es de los que habla bien del diablo, de Fidel Castro, de Osama Ben Laden, de Hezbolá, de la antigua URSS, del sistema que se vive en Venezuela con Hugo Chávez y de los que hablan mal del Papa y de DIOS."

Varias veces en su carta el coronel Plata me llama calumniador. Pero creo que quien lea el párrafo anterior sabrá que es él quien calumnia, lo cual es fácil de demostrar:

-En Anncol, la página web oficiosa de las FARC, por mis artículos de repudio al secuestro, se me tilda de ser un periodista burgués vendido al régimen.

-Mi visa cubana no fue renovada por haber escrito, aquí en SoHo, una diatriba contra Fidel Castro.

-Por otra columna reciente en Semana recibí tremendos insultos de ciudadanos de origen árabe porque según ellos defiendo injustamente a Israel. (Algunos hebreos escribieron también que yo estaba sesgado a favor de los palestinos, pero ninguno llegó al extremo de llamarme aliado de Bin Laden y de Hezbolá).

-El primer artículo que publiqué en un diario, en 1984, cuando todavía existía la Unión Soviética, apareció en El Mundo, se llamaba "Las vacas de la verdad", y era precisamente una burla contra el régimen soviético.

-Con Hugo Chávez he sido mucho más crítico que condescendiente.

Sólo acierta el coronel al decir que he escrito contra el Papa, pero eso no es un delito, basta pensar en la posición del Vaticano sobre el control de la natalidad. Contra Dios no escribo, porque sería como escribir contra los unicornios.

Pues ya lo ven, yo sí tengo quien me escriba: un coronel. Pero francamente me gustaría más recibir otro tipo de cartas. Estas están en el límite de la amenaza. Menos mal que en pocos días me voy para Berlín. Este blog, si sale bien, será el relato de un largo viaje a Alemania que espero compartir con lectores menos atrabiliarios que el coronel.