Cajón de sastre

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De mi Diario

PUBLICADO 2/24/2007 |3 Comentarios|Comente

(Una vez más aprovecho que aún no descontinuaron mi blog, y que los técnicos descansan el fin de semana, para incluir un nuevo texto)
 

Weiß/Colonia, 19.2.
A propósito de la entrevista de Harold Alvarado Tenorio con María Kodama, aparecida ayer en La Jornada Semanal, de México D.F., Héctor Abad me pregunta si será real o inventada. Le contesto que el intríngulis de esta entrevista es muy borgiano y se conoce en Patología Literaria como "el síndrome del déjà vu". Que casi no hay manera de decir nada nuevo de Borges, y lo que es peor, ni siquiera de inventarlo. "Se miente más de la cuenta / por falta de fantasía: / también la verdad se inventa", dijo Machado, sí, pero con Borges hasta eso falla.
 

Weiß/Colonia, 21.2.
Me escribe Rolando a propósito de lecturas que hizo durante su viaje en barco a China, hace dos años, y encomia el final de El agente secreto de Conrad. Pero si yo pienso en finales, uno de los más impresionantes y duros que recuerdo es el de Brighton Rock , de Graham Greene, con esa pobre mujer que acude con todo su amor a escuchar el mensaje que le dejó grabado la persona a quien amaba y que acaba de morir, sin saber que lo que el hijueputa le ha legado es una sarta de insultos y de ofensas. Leerlo te deja un regusto amargo de por días. Y odias aún más a la humanidad. Lo que nunca será lo bastante.
 

Weiß/Colonia, 22.2.
Lo más indeciblemente nauseabundo del tango, tal como se lo practica hoy en día, es que a lo mejor (o sea, a lo peor) sus movimientos originales fueron semejantes remedos verticales de un coito casi siempre interrupto por mor de las síncopas del bandoneón: o sea, que tantas décadas de evolución no han sido capaces de sublimar artísticamente su fantasmagoría. Uno siente
(es decir: yo siento, siempre) ganas de vomitar cada vez que veo bailar estos tangos. Y tengo la impresión de no ser el único, sino de que son muchos los que se reprimen sencillamente sólo por mor de la politic correctness.
 

Weiß/Colonia, 23.2.
Esta mañana, cuando abrí mi blog en SoHo, para verificar si alguien había insertado un nuevo comentario, de repente me vi sorprendido (y agredido) por el hecho de que la quinta parte de la pantalla, a la derecha, estaba ocupada por publicidad de google. Y la verdad es que yo le estoy sumamente agradecido a google por los muchos servicios que me ha prestado –y espero que me siga prestando–, aunque no hasta el punto de que se valga de mi blog para hacer publicidad. Ojo: no sé si es acertada mi suposición, porque ya con la mosca detrás de la oreja son varias las veces que he abierto el blog a lo largo del día, y el fenómeno no se ha vuelto a producir, pero como decía mi abuela Remedios, que era una sabia: “Una y no más, santo Tomás”. A no ser que de google me escriban diciéndome que cada vez que alguien abra mi blog, estoy ganando unos pesos con su publicidad. Demasiado bueno como para que se convierta en realidad. Vale.



De mi Diario

PUBLICADO 2/17/2007 |3 Comentarios|Comente

(Una vez más aprovecho que aún no descontinuaron mi blog, y que los técnicos descansan el fin de semana, para incluir un nuevo texto)
 

Weiß/Colonia, 2.2.
Un excelente amigo y gran lector me escribe que acaba de leer en el New Yorker la conferencia que pronunció Pamuk en el día más importante de su vida (el de la entrega del Nobel), y quedó frío:
«¡Qué texto más flojo! Es una larga digresión de escaso suspenso sobre una maleta con manuscritos que le dejó el padre, salpicada aquí y allá con lucubraciones bastante banales sobre el acto de escribir. Las referencias literarias se sienten distantes, como si estuvieran mal asimiladas, como si no hubiera forjado con ellas una verdadera atadura sentimental, como si no pertenecieran a un poeta sino a un carpintero. Ah, y el estilo muy mediano, palabras quizá precisas, pero carentes de gracia, de vuelo.¿Y los libros? Los compré pero no los he leído, y me late que ya no los voy a leer, a menos de que por fin me envíen a la isla desierta y no me dejen escoger el equipaje.Veo que la política una vez más nos jugó una mala pasada».
 
No es la primera vez que no estoy de acuerdo con el juicio de este amigo, y así se lo digo:
«En cuanto a Pamuk, lamento disentir. Su discurso es conmovedor y yo me imagino que los del New Yorker no lo han publicado por lo flojo que es, según tú. Ignoro si la traducción inglesa es buena, pero la alemana lo es bastante (acá se sabe turco de verdad) y en verdad en verdad os digo que es un texto que vale la pena. No es el discurso de Camus, claro, ni el de Faulkner, ni tampoco pretendía serlo, pero sí es un ejercicio memorialístico de mucha calidad y mucha humanidad. Y por lo que respecta a su obra, pues también disiento: es posible, sólo posible, que su premio lo deba a motivos políticos, o sea, como Pasternack, o como Aleixandre, o como Nadine Gordimer, o como el propio García Márquez, si vamos a cuentas, entre otros muchos. ¿Y qué, si la obra vale? Tanto mejor, incluso, porque sin el premio podría haber pasado desapercibida».
 

Weiß/Colonia, 3.2.
Además de la nutrida cohorte de los escandinavos, entre los novelistas policiales sólo tengo dos anclajes fijos, y ambos anglosajones: P.D. James (of course!... pero la relación con ella va mucho más allá de lo mero policial, es una escritora como la copa de un castaño de Indias, más grande que la de un pino) y Sue Grafton. Hablo, naturalmente, de los autores vivos y en ejercicio. Ahora estoy leyendo la última de la serie de SG protagonizada por Kinsey Millhone, a quien le tengo un afecto que casi alcanza los límites de lo familiar. En R is for Ricochet (R de Rebelde en la traducción española) hay una escena muy típica de su estilo para dialogar y su ironía. Kinsey está en el bar de Rosie, la húngara que nunca hablará bien inglés a pesar de vivir en California desde casi la fiebre del oro, uno diría que llegó con Sutter. El bar es un tugurio y la comida nada del otro mundo, pero Kinsey no es un pijo como Carvalho, le encanta la comida basura, así que los guisotes magiares de Rosie son casi una estrella de la Guía Michelin en comparación. La escena de la que hablo la resumo en sus frases esenciales:
 
«Rosie se encaminó [hacia mí] desde la barra con una copa de desabrido vino blanco que ella hace pasar por Chardonnay. (....) Rosie dejó la copa de vino sobre mi mesa.
– Es un vino nuevo. Muy bueno. Tú tomar sorbo y decirme qué parecer. Sale dos dólar la botella menos que otra marca.
Tomé un sorbo y asentí a sus palabras.
– Muy bueno –contesté. Pero el vino me corroía el esmalte de los dientes.
(...)
– Para ti y tu acompañante yo preparo un krumpli paprikas. Es estofado hecho con patata hervida, cebolla y salchicha cortada en trozos. Siempre servirse con pan de centeno y al lado ensalada de pepino o pepinillos en vinagre, a elegir. (...)
– Oh, pepinillos en vinagre, mi plato preferido. Irán perfectos con este vino».
 
Y lo genial es que Rosie ni se entera.
 

Weiß/Colonia, 6.2.
Me escribe IB que por una de esas encuestas que les encantan a las revistas tiene que decirles las cinco mejores novelas en lengua española de los últimos 25 años. Qué cuáles serían las mías, me pregunta, y yo le contesto:
«Caro amico, a mí me han pedido, en una encuesta de Nexos, que les vote cuáles han sido las tres mejores novelas mexicanas de los últimos treinta años, y aguardo con la más risueña de las expectativas a que un diario de Santo Domingo (esto es: la República antillana, no el consorcio colombiano) me pida la lista de las cinco mejores novelas dominicanas de los últimos cuarenta años, y estoy seguro de que alcanzaré el orgasmo cuando de un suplemento dominical de Tegucigalpa me pidan que les dé una lista de las diez mejores novelas hondureñas desde 1990... en el buen supuesto de que, al menos, se hayan publicado once (lo cual, como muy bien comprenderás, me crearía un conflicto de conciencia respecto del undécimo autor, quiero decir, del excluido... bah, seamos sinceros: del ninguneado). Resumiendo, caríssimo, ¿me estás pidiendo en serio que te diga lo que pienso al respecto, o sólo me escribiste para matar el tiempo que ahí, en la provincia donde resides, debe de ser una losa implacable? En cualquier caso siempre puedes responder que, para ti, la mejor novela en lengua española de los últimos tiempos se publicó hace 26 años, y por lo tanto no la podrías incluir en la lista solicitada por la encuesta, y que, por lo tanto, la encuesta se puede ir a tomar por culo y sereno, como decía la abuela de Bada que se llamaba Remedios. Estas últimas precisiones onomásticas quizás mejor dejarlas a un lado, no son forzosamente necesarias. Y con prescindencia de todas las anteriores consideraciones es evidente que entre las cinco mejores novelas en lengua de Castilla, en los últimos 25 años, se cuentan: la edición del El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha por Francisco Rico, y la de La Regenta, ambas con motivos de sendos centenarios, La Fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa, El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince (si se homologa como novela)... y bueno, viejo, el quinto título te lo cedo. ¿Vale? (Ojo: luego no te me quejes, de que no te doy unas respuestas fundadas y eruditas, yo soy los antípodas dello: irracional y pied-à-terre). Vale».
 
Pero al final, y como insistió en conocer mi lista, le envié esta­:
El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez (1985)
A sus plantas rendido un león, de Osvaldo Soriano (1988)
La carta, de Raúl Guerra Garrido (1990)
La guerra de Galio, de Héctor Aguilar Camín (1991) y
La Fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa (2000)
 
Y a México envié la siguiente:
Crónica de la intervención (Juan García Ponce)
La guerra de Galio (Héctor Aguilar Camín) y
Ciudades desiertas (José Agustín)
 

Weiß/Colonia, 7.2. (1)
Me da en la nariz que es la misma persona que a IB, aunque con distinta finalidad, quien me escribe hoy pidiéndome que le señale los que son a mi juicio los cinco autores en español más representativos de las tendencias literarias del momento durante los últimos cuarenta años. Le respondo:
«Usted me pide un imposible. Yo no estoy para nada al día de las tendencias literarias del momento, las cuales, además, me importan un bledo. Malamente, pues, le podría pasar una lista de cinco autores representativos de las mismas. Y además, qué despilfarro de tiempo andar averiguando si los autores que se me ocurrieran nacieron o no después de 1968. No, no, le aseguro que conozco mejores maneras de invertir mi tiempo. Por ejemplo releyendo el Quijote, que no encajaba en ninguna tendencia literaria cuando se publicó. Cordialmente, y a la espera de que la próxima vez me pida algo menos esotérico, Ricardo Bada».
 

Weiß/Colonia, 7.2. (2)
Le escribí ayer a Fernando Vallejo pasándole una cita de un texto suyo en el Diccionario Panhispánico de Dudas y diciéndole que lo veo convertido en una autoridad del idioma, a lo que me contesta hoy:
«Querido Ricardo: Aquí tengo ese diccionario pero no sabía de esa cita. En cambio un día lo consulté a propósito del "dizque" y me encontré a mí mismo como autoridad de lo que quería saber. ¡Que jodido está el mundo cuando yo puedo ser la autoridad en algo!»
 

Weiß/Colonia, 12.2.
Acabamos de ver The Queen: Isabel II de Inglaterra pasará a la Historia como la persona que inspiró a Helen Mirror el papel de Isabel II de Inglaterra. Igual que Isabel II de España pasó a la Historia como la persona que inspiró a Valle-Inclán su Farsa y licencia de la Reina Castiza.

 
Weiß/Colonia, 15.2. (1)
Nuevo ataque de gota, y otra vez en el pie derecho. La cosa comenzó el 13 (y martes), ayer se agudizó pero aguanté, y finalmente esta madrugada, a las cinco, tuve que levantarme y tomar un Diclofenac porque el dolor ya era insoportable. Esta vez no se localizó en el dedo gordo del pie sino que, bien hijueputa, plantó su carpa inmediatamente detrás, en la almohadilla de carne que es –junto con el talón– el mayor apoyo del pie al posarlo sobre el suelo: de tal manera que cada paso me costó un grito. Menos mal que ayer, por primera vez en muchos meses, me fui a dormir antes de las 11 de la noche y pude descansar seis horas ininterrumpidas de sueño de lo más profundo. Estaba extenuado ya desde que a las 12.34 salí de una larga sesión (una hora 33 minutos) de la consulta del dentista, con el lado derecho inferior de la mandíbula dolorido a pesar de la triple inyección anestésica, cuyos efectos duraron hasta las cinco de la tarde. Y de la consulta debí salir corriendo, y bajo una lluvia implacable, a casa de Montse, para estar allí cuando Paul y Oskar llegaran de la escuela, y quedarme con ellos hasta que la madre regresara a casa. Por cierto que cuando aparecieron, bajo la lluvia, les dije que se lavaran las manos, se pusieran ropa seca y comieran y, por favor, me dejaran en paz, porque andaba muy dolorido, entre el dentista y la gota; y luego, al tenderme en el sofá dije para mí pero en voz alta: “¡Qué mierda!”, a lo que Oskar comentó: “Pues la KVB* no es mucho mejor”. Tuve que reírme, menos mal, una risa en un día tan cabrón.
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* La KVB es la compañía municipal de tranvías y autobuses de la ciudad de Colonia, y hasta Oskar, a sus siete años, ya sabe que es el peor servicio de transportes públicos de toda Alemania si es que no de Europa y hasta del resto del mundo.
 

Weiß/Colonia, 15.2. (2)
Me escribe FWN y entre otras cosas, refiriéndose a mi reseña de Ursúa en Revista de Libros, me dice: “Te felicito por haberte cargado el pedante libro de Ospina”.
Le contesto la verdad: “Ospina tuvo suerte de que me agarró en uno de mis días de boy scout, la reseña de su novela fue mi buena acción de ese día. Vale”.
 

Weiß/Colonia, 16.2.
Una cosa que me sorprende en el Diccionario Panhispánico de Dudas es que le dedique espacio y explicación a topónimos gallegos y catalanes (A Coruña, Girona y Lleida) pero no a los vascos: Bilbo, Donostia, Iruña y Gasteiz. Otra que me sorprende es que le dedique espacio y explicación a cómo se acentúan los apellidos Sáenz, Sainz y Saiz, pero no la muchedumbre de apellidos eusqueras en cuya acentuación se ha producido un desmadre de padre y muy señor mío: ¿Gallastegui o Gallástegui?... y así cientos de casos, donde el desplazamiento del acento refleja el ya viejo dilema de si debe decirse boína o boina. Last but not least, tampoco deja de sorprenderme que el DPD no le dedique espacio y explicación acerca de por qué es una burrada escribir Gipuzkoa en vez de Guipúzcoa, y no por el acento y la k, que en el fondo de pueden ir al mismísimo karajo, sino por la aberración del sonido [gui] escrito “Gi”, que en español se pronuncia [ji], le guste o no le guste a los vascos. Como si la fonética fuese cosa de gustos nacionalistas.


Sobre el acoso sexual

PUBLICADO 2/10/2007 |6 Comentarios|Comente

(Aprovecho que aún no me descontinuaron el blog, y que los técnicos descansan el fin de semana, para incluir un nuevo texto)
 

Me parece que fue en un sainete teatral, de ambiente barriobajero madrileño, donde uno de los protagonistas le decía a una de las mujeres, que salía muy despechugada al escenario: “Anda, morena, que entre lo que se te ve y lo que se te adivina, eres un tormento para la imaginación”. Esta frase, de haberse producido en la vida real, la inmensa mayoría de los españoles (tanto varones como hembras) la consideraría “un piropo”, o sea, una galantería, un cumplido...algo burdo, sí, pero nada que ni siquiera en el “más pior” de los casos pudiera calificarse como acoso sexual.

¿Y en Irlanda, o en Suecia? ¿sucedería lo mismo? ¿o un ejército de feministas se lanzaría a las barricadas después de oír esa frase, acusando al ciudadano autor de la misma como irredimible machista, sexista y acosador sexual?
 

Me lo pregunto a la vista de los resultados de una estadística llevada a cabo en el seno de la Unión Europea por Gallup y el Instituto Max Planck, entre otras organizaciones de renombre. Una encuesta representativa, con 35.000 mujeres, y de la que se desprende que el índice mayor de acoso sexual lo sufren las irlandesas (3,8%) seguidas de las suecas (3,3%), mientras que las italianas, francesas, española y húngaras, cuya contraparte varonil son quienes tienen fama de ser fogosos y apasionados latinos y magiares, todas ellas se quedan por debajo del 1%, siendo el promedio europeo un 1,5%.
 

Naturalmente, incluso dentro de los porcentajes referidos hay que ir matizando. Tomemos el caso de Alemania, que con su 2,4% supera el promedio continental casi por un punto. Las alemanas afectadas se desglosan así: un 83% se quejaron de comportamiento desvergonzado por parte de los hombres; un 10% de toqueteos deshonestos; un 6% de intentos de violación,
y el resto, es decir, el 1%, de violación consumada.
 

Es aquí donde inserto mi pregunta: ¿a qué llama “comportamiento deshonesto” una alemana? ¿a un comentario subido de tono acerca de sus gracias corporales, mientras que una española, por ejemplo, hasta se podría sonreír al oírlo –casi medio orgullosa por haberlo suscitado– y nunca lo calificaría como acoso sexual? ¿Es esta distinta reacción, explicable a partir de una historia y una cultura distintas, la que a su vez explica cifras tan divergentes? No lo sabemos, y ninguna estadística posible estaría en condiciones de iluminarlo.

Lo que sí parece altamente probable es que conforme se avanza hacia el norte, disminuyen la tolerancia a la grosería disfrazada de homenaje, e incluso al homenaje auténtico (pero teñido de deseo), que son las descripciones más aproximadas del piropo. Y es así mismo muy probable que eso induzca a calificar como agresión sexual lo que en el peor de los casos no es otra cosa que una falta de educación: sexista si se quiere, pero falta de educación en primer lugar.
 

También parece seguro que la cifra “negra” de las estadísticas está muy por encima de las que se publican. Y que a la existencia y persistencia de ese amplio espacio de acoso silenciado, contribuye el hecho de que provenga del entorno más cercano a la mujer; sus familiares varones y sus colegas masculinos y, desde luego, sus jefes: las mujeres temen sus represalias. Pero no sólo eso, sino que puede haber, además, una comprensible tendencia a barrer esa porquería bajo la alfombra. No en último término porque la más infame ultima ratio del machismo es que las culpables de su acoso son las propias mujeres, que andan por ahí “pidiendo guerra”, es decir, provocando a los pobrecitos hombres, tan indefensos ellos...quiero decir: nosotros.
 

Sería curioso y bastante iluminador hacer una estadística de signo contrario a esta que acaba de realizarse en la Unión Europea. Una estadística donde los varones debieran responder anónima pero verazmente a las razones por las cuales acosan a las mujeres. Estoy convencido de que el género masculino saldría muy mal parado de la investigación.
 

Me apoyo para pensarlo en uno de los clichés más recalcitrantes del inextinguible machismo, en aquel que nos “enseña” que los hijos de nuestras hijas sí son con absoluta seguridad nietos nuestros, mientras que en el caso de los hijos de las nueras siempre queda la posibilidad de que no lo sean. La pregunta que yo le plantearía al imbécil que así me argumentase es por qué él está tan seguro de que sus hijas son (sean) suyas.


De mi Diario

PUBLICADO 2/3/2007 |6 Comentarios|Comente

(Aprovecho que aún no me descontinuaron el blog y que los técnicos descansan el fin de semana para incluir una nueva entrada, con fragmentos de mi Diario)
 

Weiß/Colonia, 11.1.
Hoy, entre las cartas de lector de La Opinión, de Los Ángeles (que es muy otra cosa que la opinión de los ángeles), un tal Miguel Gancz, domiciliado en San Pedro/California, escribe:
«Quiero referirme a la columna de Pilar Marrero, periodista de la izquierda liberal radical,
del día 8 de este mes. Allí nos dice cómo ella y sus compañeras, mas no sus compañeros antifeministas, de la sala de redacción de La Opinión, lloraron de alegría porque la nefasta Pelosi tomó el mando de la Cámara de Representantes. Espero que la alegría les dure.
Le quiero pedir a Pilar lo siguiente. Que le dé una rascadita al tipo de empresas propiedad de los esposos de Pelosi, Boxer, Feinstein, y del esposo, hija e hijo de Maxine Waters. Que nos informe qué hacen, a quién le trabajan, quién les paga y cuántos millones de dólares ganan. Probablemente nos vamos a dar cuenta que son tan víboras como los políticos masculinos».
 

Hay que ser cretino, carajo, ya ni siquiera los legos en ganado lanar confunden las churras con las merinas. Aun prescindiendo de la evidente contradicción que hay entre la última frase y la precedente (donde excepto la hija de Maxine Waters todos son hombres), y aún suponiendo que este señor hablase de hechos ciertos y demostrables, sería como si alguien viniera y me dijese: «Ah no, el pararrayos no, qué vaina, cómo va a ser bueno un aparato que ha inventado alguien tan inmoral...» La madre que los parió. ¿Por qué los dioses les dan neuronas a quienes sólo necesitan células fotoeléctricas para reaccionar como los perros de Paulov?
 

Weiß/Colonia, 13.10
Le escribo a Rolando Hinojosa:
«Mañana son 50 años sin Bogey, así que la tele está dando Bogey en dosis masivas: Africa Queen , El halcón maltés , El tesoro de Sierra Madre y, claro, Casablanca . Pero anoche pasaron The Enforcer , que no es de las más renombradas y había olvidado. Sólo que ahora mi sensibilidad para el idioma me la amargó: fíjate que B. hace en ella el papel de un fiscal, y en la versión alemana todo el tiempo lo llaman "Inspektor", convirtiéndolo en policía y haciendo por lo menos raro el comportamiento del inspector que está a sus órdenes. Mierda».
 
Rolando me contesta:
«En The Enforcer B. la hace de District Attorney, es decir abogado del condado. En una reseña le llaman Commissioner; un error de lo más grande ya que éstos tienen cargos civiles. A mí me encanta la comedia/parodia, Beat the Devil, con Bogey, Gina Lollo, Jennifer Jones, Robert Morley y el amigo amigazo de Bogey, Lorre. La vi en el 54 y me encantó aunque no
tanto al público. Dirigida por Huston y escrita por H. con Truman Capote».

Le contesto a Rolando:

«También a mí me gusta Beat the Devil a pesar de que en general rechazo las pelis de la Lollo. En ellas suelen ser inversamente proporcionales el tamaño de sus tetas y su talento como actriz: la conjunción de ambas magnitudes le estaba reservada a la Loren. Y a propósito de Italia, en Beat the Devil trabaja también un vasco de Motrico, joder, Juan de Landa, el que hace de marido, cornudo primero, asesinado después, en Ossessione , la película de Luchino Visconti que es la primera versión filmada de Double Indemnity . Vale».
 
Y Rolando remata:
«Double indemnity; qué papelazo, ni hablar, de la Ruby Stevens».
 
Curiosa la manera de entretenernos que practicamos Rolando y yo, pero si alguien se tomara el trabajo de recopilar nuestros mails, creo que saldría un libro divertido y sumamente rico en detalles y pormenores de los que pasan desapercibidos en las películas. Y algunos aprenderían incluso el nombre civil de la incomparable Barbara Stanwyck.
 

Weiß/Colonia, 14.1.
Me escribe Anabelle –a propósito del libro de Isabella Santo Domingo Los caballeros las prefieren brutas– que nunca leería nada semejante, y mucho menos después de haber leído lo que se comenta del mismo en orden a su calidad literaria. Mi respuesta es:
«Fijate que yo soy en eso bastante menos radical que vos. A veces me ha sorprendido algún visitante de esta casa descubriendo entre las respectivas montañas de libros on reading que hay acá (en mi cuarto de trabajo, en el salón, y hasta en el cuarto de baño, adonde relego las obras que se pueden leer “a pequeñas diócesis”, por ejemplo ahora están el Diccionario Panhispánico de Dudas y la correspondencia de una amante de Arthur Schnitzler), a veces, te digo, me ha sorprendido algún visitante preguntándome cómo es posible que tenga entre esas lecturas, qué sé yo, un equivalente de Corín Tellado en alemán, o qué sé yo, un Paolo Coelho en su original brasileño, o algún bodrio de la industria bestselleral. Y mi respuesta es que siempre debo estar alerta, que si no leo mierda de vez en cuando, le pierdo el sabor al jamón de Jabugo. Ningún placer debe ser comparable a releer a Aldous Huxley después de un Código Da Vinci... pero semejante orgasmo me lo tengo prohibido porque mi corazón ya no es más lo que nunca fue».
 

Esperanza Ortega me comenta desde Valladolid:
«Lo que ocurre con muchos libros de gran éxito en ventas es que son aburridísimos. No lo puedo entender, por qué alguien tiene la paciencia de leerse El club Dante, por ejemplo. Yo comencé a leerla un día y no pasé de la página cincuenta, haciendo un gran esfuerzo. No niego que la Divina comedia sea aburrida también, pero tiene fragmentos inolvidables. Poco a poco te van gustando también los versos que en la primera lectura te parecieron irrelevantes. No he terminado de leer el purgatorio y me he saltado bastantes páginas del paraíso. He traducido diez cantos del infierno, pero no he sido capaz de terminar El club Dante. Eso del Club Dante debe de ser para lectores especializados. Lo de decir que los clásicos son aburridos y los bestsellers son divertidos es una falacia, muy semejante a aquella de que las niñas de derechas eran más guapas que las feministas de izquierdas. Como ves me he aficionado a los comentarios».
 

Weiß/Colonia, 15.1.
Imagino que no soy el primero en haberlo pensado, pero no sé de otro: y es que me hace gracia lo enormemente paradójico de que el mejor remedio contra la gota sea beber agua.
 

Weiß/Colonia, 18.1.
Nos ha caído encima el huracán Cirilo (mirá vos que nombre le fueron a poner, nombre de gato de personaje de Roberto Arlt), que ya se ha cobrado un par de muertos. Cruza sobre Alemania a 198 km/hora. En esta casa están cerradas herméticamente todas las ventanas, pero las puertas de los clósets del pasillo, tiemblan como testiga de Jehová en su noche de bodas.
 

Weiß/Colonia, 19.1. (1)
Cirilo ha soplado toda esta noche dejando a su paso un rastro de devastación y unas imágenes que sólo conocíamos de los tornados en la zona del golfo de México y de los tifones en Asia. Ha habido al menos 27 muertos. Por primera vez en la historia, los ferrocarriles alemanes suspendieron sus servicios en todo el territorio. Cientos de vuelos fueron suspendidos. Árboles arrancados de raíz y derribados como fichas de dominó, techumbres convertidas en alfombras volantes y homicidas, camiones pesados dando vueltas como peonzas en las autopistas. Y aún sopla la cola del huracán por aquí, si bien la punta de lanza con sus casi 200 km/h ya está lejos, camino de Rusia. Y con todo, qué sensación inefable de que la vida sigue y el mundo está bien hecho, cuando bajo a las seis de la mañana hasta la puerta de la casa, la abro, y saco del buzón el periódico del día... Y en portada: CIRILO.
 

Weiß/Colonia, 19.1. (2)
Un lector que dejó sus comentarios en mi blog de SoHo y a quien contacté para agradecérselos, me escribe directamente a casa:
«Estimado/a Ricardo Bada
Te recomiendo el boletín La palabra del día, en el cual recibo diariamente por correo electrónico una palabra del español con su significado, su historia y su etimología. ¡Es muy interesante! Para inscribirte gratuitamente, tienes que ir a www.elcastellano.org/palabra.html
».

 

Le contesto:
«Descubro leyendo tu mail, que andás en dudas acerca de mi sexo, escribís "Estimado/a", y la verdad es que nunca terminamos de conocernos a nosotros mismos, pero en los 67 años, 7 meses y 9 días de mi puta existencia, hasta ahora jamás había albergado dudas acerca de mi pertenencia al sexo masculino. De hecho, y cada vez que (hoy por hoy) relleno un cuestionario donde se me pregunta escuetamente SEXO, no respondo "Si puedo, una vez a la semana" sino expresa y unilateralmente "Varón". No obstante, y alertado por tu duda, consultaré con mi médico. Un dato iluminador es que no se trata de un ginecólogo.
Por lo demás, te agradezco el dato lexicofílico y haré uso del mismo.
Un cordial (y varonil) saludo desde Colonia».
 

Weiß/Colonia, 30.1.
Sergio Ramírez, a quien le envío una entrada del Diccionario Panhispánico de Dudas en que se le cita, me escribe: «Ricardo, a veces cavilo acerca de la buena conveniencia de quedar inmortalizado en las dudas, y no en las certezas. Imaginate un diccionario de certezas, que mármol más frío, un abrazo, Sergio»
 

Yo le contesto: «Y sin embargo, formidable la idea: explotala. Te regalo ya un par de ellas:
Madame Bovary c'est moi.
A rose is a rose is a rose is a rose...
Lasciate ogni speranza voi che entrate.
Un niño trajo la blanca sábana / a las cinco de la tarde.
Etcétera».
 

Weiß/Colonia, 1.2.
Oskar, a sus siete años, sigue siendo el niño solidario y siempre dispuesto a ayudar a los demás, en especial a la abuela cuando la tiene en casa. Ayer estuvo Diny allá y él la ayudó en la cocina, a pelar y picar un nabo para la ensalada, y luego le preguntó que qué más podía hacer, y Diny le dijo que por qué no limpiaba la escalera (es una casa de tres plantas), y allá que se fue Oskar con la aljofifa. Al rato va Diny a inspeccionar el trabajo y le dice: "Pero Oskar, sólo estás limpiando el centro de los escalones, ¿y los lados?" "Nooo", le contesta él, "ahí hay demasiado polvo".


Las dudas del Diccionario Panhispánico de Dudas

PUBLICADO 1/27/2007 |4 Comentarios|Comente

La verdad es que ya me despedí de ustedes el día 14 (festividad de san Malaquías, profeta, y de santa Macrina, matrona), y hasta les regalé un bis el día 17 (festividad de san Espeusipo, san Meleusipo y san Eleusipo, mártires... y es claro, con esos nombres ¡quién no lo sería!), pero en vista de que los compañeros del departamento técnico se demoran en retirar mi blog de la circulación, y aprovechando que no trabajan el fin de semana, hoy, en la noche europea del 27 (festividad de san Emerio, abad [pero no Faciolince], y san Dativo, mártir, e indudable patrón de las declinaciones), aquí les paso el cuento de que el Diccionario Panhispánico de Dudas es una obra magna que, además de resolverlas, también las crea.

Vean cómo define en la página 83 a la bajamar:
bajamar. ‘Marea baja’ y ‘tiempo que dura la marea baja’.
Y vean cómo define en la página 505 a la pleamar:
pleamar. ‘Marea baja’ y ‘tiempo que esta dura’.
Menos mal que alguien les ha debido ir con el chisme, a los ilustres académicos, porque la duplicación de mareas bajas con dos nombres distintos ya no figura en la edición en internet. Allí, si consultan ustedes la palabra pleamar, dirá correctamente
pleamar. ‘Marea alta’ y ‘tiempo que esta dura’.
Pero los pobrecitos que solo se valgan de la edición impresa y no recurran o no puedan recurrir al enlace o vínculo (=link, como decimos los castizos) http://buscon.rae.es/dpdI/... ay, esos... se jodieron bien jodidos, para decirlo mal y pronto.

Tanto como los que intenten atar por el rabo estas dos moscas de la página 437:
miligramo. ‘Milésima parte de un gramo’. Esta palabra es mayoritariamente llana en todo el ámbito hispánico (pron. [miligrámo]), salvo en Chile, donde se usa con normalidad la forma esdrújula milígramo.
milímetro. ‘Milésima parte de un metro’. Es voz esdrújula. No es correcta la forma llana milimetro (pron. [milimétro]).
Pero yo diría que o bien las dos son llanas, o bien las dos son esdrújulas. O bien, como diría un discípulo de los jesuitas, casuistas de pro, el miligramo es la milesima parte de un gramo. O bien, como diría un chileno, es en Chile donde se habla el mejor español. Al menos en este caso.

Ahí les dejo esas perlas, y esta otra de la página 467:
obsceno -na. 2. Aunque la b del grupo -bs- tiende a relajarse en la pronunciación, debe evitarse su pérdida en el habla esmerada (?b, 2)y, naturalmente, en la escritura: osceno.
obscurecimiento, obscuridad, obscuro -ra.?oscuro.
obscurecer(se).?oscurecer(se).
obscurecimiento, obscuridad, obscuro -ra.?oscuro.

Y una observación final : El símbolo significa que el DPD reprueba, condena y desautoriza la palabra y/o la frase que le sigue. Vale.


Las dos veces que he sido Premio Nobel

PUBLICADO 1/17/2007 |10 Comentarios|Comente

Antes de despedirme de ustedes rememoro una vez más la noche del 10 de diciembre en Estocolmo.
 
Palacio Municipal. Sala Azul. Pocas horas antes se han entregado en el Palacio de Bellas Artes los Premios Nobel de Física, Química, Medicina, Literatura y...¿cómo se llama esa disciplina de la que nadie, nadie, ni siquiera los supuestos especialistas, sabe nada de nada a no ser a posteriori?...¡ah, sí, Economía! Pues bien: tras la ceremonia, el banquete. ¿Y no tendrían ustedes curiosidad por saber lo que comieron los 1348 invitados a ese ágape presidido por la pareja felizmente reinante? Voilá le menu! De entrada, una terrina de alcachofas con salmón ahumado y langosta. Como plato principal, pechuga de paloma con unas salsas y unas guarniciones de las de chuparse los dedos, aun cuando claro está que la etiqueta lo prohibe en este caso. Por último, el postre: helado coronado con un penacho de algodón de azúcar del color de la vida en la vieja y bella canción de Edith Piaf, es decir: rosa. ¿Se les hace la boca H²O? Pues añádanle un traguito de güisqui para celebrarlo, porque la Oficina de Turismo de Estocolmo les ofrece la posibilidad de comer el menú de los Nobel, a lo largo de todo el año, en el acreditado restaurante de sus sótanos, al precio de unos 110 dólares (cambio actual) per capita...eh, quiero decir: per stomachus. Desde luego, los invitados del 10 de diciembre corren por cuenta de la Fundación Nobel: la dinamita permite semejantes gastos. Anímense, caramba: sencillamente basta con volver a escribir algo así como Platero y yo. O como Cien años de soledad.
 
Por mi parte, y sin haber escrito nada parecido, ya me he desempeñado dos veces como Premio Nobel de Literatura, aunque nunca haya participado en la tan opípara cena.
Les cuento.
 
Un día del verano de 1968 me hallaba en plena siesta, en mi ciudad natal de Huelva, España, cuando se presentó allí un equipo de TV alemana que estaba documentando, a lo largo del mundo cada vez menos ancho y más CNN, algunos lugares que la Literatura ha convertido en universales. Entre ellos el pueblo de Moguer, tan cerquita de donde yo nací, y al que Juan Ramón Jiménez inmortalizó en Platero y yo. El equipo de TV necesitaba un intérprete (lingüístico) y consultó al cónsul alemán, viejo y gran amigo mío, arquéologo aficionado, quien a su vez me contactó interrumpiendo aquella gloriosa siesta.
Acepté la oferta y la filmación se hizo muy rápidamente, muy profesionalmente, hasta que llegamos a la escena final. Según el guión, Juan Ramón Jiménez debía aparecer a lomos de su burro, de su Platero (“pequeño, peludo, suave”), encuadrado por la cámara mientras avanzaba hacia uno de esos crepúsculos incendiarios de la Andalucía atlántica.
Fue en vano que le explicase al realizador, el israelí Nathan Jariv, que Juan Ramón jamás se había montado a lomos de Platero ni de ningún otro equino... porque le tenía un pavor sagrado a los cuadrúpedos como medio de locomoción. "La escena hay que tomarla tal cual lo indica el guión, basta", me dijo, y no sólo eso, sino que yo era la persona más adecuada para montar el pacientísimo burro alquilado de que disponíamos para la película.
Como se me filmaría de espaldas no importaba que yo fuese lampiño, carente de la barba nazarena de JRJ. “Por lo demás”, remachó Nathan, “eres de Huelva, poeta (aunque sólo sea aficionado), y alto y desgarbado, igual que el gran Juan Ramón”. De manera que me encaramé al Platero de alquiler, y me fui cabalgando en él frente a un lujoso ocaso de oros y de malvas.
 
Esta fue la primera vez que me desempeñé como Premio Nobel.
 
La segunda tuvo lugar en 1975 y en la emisora alemana que fue mi ganapán durante 35 años. Estábamos realizando una serie dedicada a las sólo seis escritoras que habían obtenido hasta entonces el galardón de la Academia Sueca. Entre ellas la norteamericana Pearl S. Buck. Y en el capítulo dedicado a la autora de Viento del Este, viento del Oeste, el director de la serie me encomendó el papel de Sinclair Lewis, el primer Nobel estadounidense de Literatura. Pero no sólo eso: resulta que en el texto se deslizó un fallo no detectado hasta el momento de empezar a grabar, así que además de darle voz a Lewis tuve que escribir parte de un discurso suyo.
Según el guión, Sinclair Lewis comenzaba su discurso en un banquete de homenaje a Pearl S. Buck al despedirla camino de Estocolmo, y luego ese discurso quedaba en segundo plano bajo el diálogo de dos personajes que diseccionaban a placer la figura de la pobre Mrs. Buck, para luego volver a primer plano –me refiero al discurso de Lewis– cuando dicho diálogo concluía. "Muy bien", dijo el director, el uruguayo César Salsamendi: "pero si Lewis continúa hablando en fondo, ¿cómo es que sólo tenemos en el texto las palabras del comienzo y las del final, es decir, las que se escuchan en primer plano? Aunque sólo sea en segundo plano bajo el diálogo, Lewis debe estar diciendo algo, se debe poder seguir el hilo de su discurso, ¡no puede estar sencillamente diciendo blablabla o leyendo los resultados de la última jornada de fútbol!".
Salsamendi tenía más razón que un santo, y como no nos daba tiempo de ir a consultar a ningún archivo el texto del discurso original (que a lo mejor hasta era posible que sólo hubiese sido una improvisación), ahí me tienen ustedes escribiéndolo a mí, el número de líneas necesarias para que se mantuviera de un modo realista como telón de fondo acústico al maldito diálogo.
Me he preguntado muchas veces desde entonces qué habría dicho Sinclair Lewis de haber podido leer la traducción de las palabras que le hice escribir. No creo que las llegase a vilipendiar, porque él mismo no debía estar muy a gusto pronunciando aquél discurso. Se sabe que su primera reacción al enterarse del Premio Nobel a su colega fue la siguiente: "La Marina norteamericana ha tenido su Pearl Harbour, y la literatura norteamericana su Pearl S. Buck".
 
Y estas fueron las dos veces que el azar, ese prestigioso seudónimo del Destino cuando actúa de incógnito, ha hecho que me mimetizase nada menos que en un Premio Nobel.
 
Con lo que me despido. Hasta la Victoria (la de Samotracia, naturalmente), siempre.

Finis coronat opus (no Dei)


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"Ya llegó el momento, ya, de separarnos..."

PUBLICADO 1/14/2007 |11 Comentarios|Comente

Afirma un verso de las postrimerías del que fuera Siglo de Oro en las letras españolas que «no hay plazo que no se cumpla», y el de este blog llega a su término. Si los dioses no lo remedian (y según sé de buena tinta andan ocupados con asuntos más urgentes y más graves) el próximo miércoles 17 será la última edición de Cajón de sastre. [Dicho sea de paso, cuando comencé este blog, el miércoles 18 de octubre, hubo amigos que me preguntaron por qué desaproveché la ocasión de hacer juegos malabares de palabras y haberlo titulado, por ejemplo, Cojín de sastre, o bien su variante orquideiforme, Cojón de sastre... y no faltó tampoco quien apuntara que también habría podido bautizarlo como Cagón de Sartre].
 
Quisiera agradecer de todo corazón a la dirección de SoHo por la oportunidad única que me brindó, de permitirme hacer músculos en este nuevo medio, y a los muy fieles lectores que he tenido, y que demostraron su fidelidad con comentarios puntuales. Así como quisiera constatar, desde mi grande y grata sorpresa, lo mucho que esta página web de SoHo se lee en Costa Rica –o Cámaralentolandia, el nombre que mi cariñoso irrespeto le endilgó a ese país tan querido–, pues de allí fue que llegó buena parte de dichos comentarios.
 
Debo decir también que una de las cosas que mayormente he aprendido en este blog, es que la gente no sabe leer. Para poner un solitario ejemplo, de los últimos días, no me puedo explicar de otra manera cómo es que habiendo escrito yo que El olvido que seremos –el libro de Héctor Abad Faciolince– está destinado a ser «un clásico de la escritura memorialista en lengua española», haya un lector que arguya lo siguiente: «el librito de Abad es bueno, pero decir que será un clásico universal es una exageración...paisa». [Sólo que el comentarista se autodelata con ese “librito” que denota mala leche…pastusa, porque el idioma sabe vengarse como la carabina de Ambrosio, la cual dispara hacia atrás, contra quien no sabe usarla].
 
También quisiera remarcar con cierto orgullo, el hecho de que Cajón de sastre, en su breve existencia de tres meses, haya conseguido alcanzar dos récords: uno, el de menos comentarios de lectores en relación al número de entradas del blog; y otro, a cambio, el del comentario más extenso que jamás haya elefantiasizado ningún blog, no ya de SoHo, sino de toda la ecúmene.
Un comentario firmado por Elver Gónsales (sic), quien me propinó 852 palabras para terminar no diciendo a fin de cuentas nada, a no ser insistir en que no le gusta como escribo.
 
Lo cual es por completo legítimo, y lo acepto con la tranquilidad de quien se ha ganado la vida dedicándose única y exclusivamente a la tarea de escribir. Después de todo, a sensu contrario, eso quiere decir que si he sobrevivido es porque tuve la suerte de que hay otros a quienes sí les gustó mi escritura. Así es que desde aquí les agradezco de profundis a todos ellos, porque sin ellos, tanto mi esposa como mis tres hijos se me hubiesen muerto de hambre, ya que escribir es lo único que sé hacer para ganarme la vida.
 
Por otra parte, y es absolutamente seguro que sin proponérselo, el señor Elver Gónsales (sic) me ha dejado estupefacto con las dimensiones de mi popularidad en Colombia. Él asegura haberle preguntado a mucha gente por mí, y que tan sólo uno de sus interlocutores dijo creer conocer mi nombre. Siguiendo las leyes del relevamiento estadístico, y partiendo de la base de que mi comentarista récord le hubiera preguntado por mí a 100 personas, de las cuales tan sólo una dijese creer conocerme, basta recordar que Colombia tiene una población de 45 millones de habitantes para extraer la siguiente conclusión: Ricardo Bada es un nombre que le “suena” a 450.000 colombianos. Lo que no es poco, diría yo. Pero es que yo no creo que este encuestador aficionado le haya llegado a preguntar sino a un máximo de (seré generoso) veinte personas, conque si además lo contabilizamos a él mismo entre esa veintena de relevamiento estadístico –y es obvio que debemos hacerlo–, la cifra de mi nombradía se dispara vertiginosamente por encima de los 4.5 millones. No está nada mal, cara...mba. Gracias, Colombia.
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Mi agradecimiento, así mismo, a la gente del equipo de SoHo, en especial a Jimena y a mi tocayo Ricardo, que siempre estuvieron ahí para despejar con su sabiduría técnica mi absoluto desvalimiento en la materia: hercúlea tarea, a fe mía. Vale.


El olvido que seremos

PUBLICADO 1/12/2007 |8 Comentarios|Comente

Para empezar, quisiera copiar aquí un soneto de un poeta de Huelva, José Manuel de Lara, que en su día (hace de esto más de cuarenta años), y porque siempre he sabido envidiar con muchísimo respeto, me hizo rechinar los dientes de puta envidia y sacarme el sombrero con sana admiración:
 

«Dentro de ti me encontrarás un día
cuando cubra tu voz mi sombra inerte.
Algo mío tendrás tras de mi muerte
al hacer aquel gesto que yo hacía.
Desde mi ausencia, entonces, yo querría
algo más que un silencio que ofrecerte.
Esta nostalgia gris que ya se vierte
hacia tu soledad, desde la mía.
Hasta ti llegaré en la madrugada,
y en todo me hallarás, no estando en nada.
Después me iré perdiendo en el olvido.
Y si el tiempo borrase hasta mi nombre,
ese día sabrás, hijo, que el hombre,
cuando deja su sangre, no se ha ido».
 

Y ahora debo decirles muy brevemente algo que si no lo dijese, reventaría: le tenía miedo a leer este libro de Héctor Abad, El olvido que seremos, porque trata fundamentalmente de cómo y por qué asesinaron a su papá, y yo tenía miedo de leerlo por como fue la muerte de mi padre y por todo lo que sufrimos quienes lo queríamos tan entrañablemente como Héctor quiso (y sigue queriendo) al suyo. Y no es que a mi padre lo asesinaran unos sicarios, no; fue la biología –que también puede ser sicaria– quien lo asesinó con un infarto inmisericorde que se lo llevó de este mundo, y tan cruel e inesperadamente como sucede en los asesinatos, en menos de dos minutos. Sé que no son muertes homologables, lo sé racionalmente, pero mi dolor no.
 
Mas finalmente decidí echarme al agua a toda madre y me metí a leer El olvido que seremos, y mi miedo se confirmó de una manera inesperada. Porque yo estaba preparado para la muerte de Héctor Abad padre, pero no para lo demás. No para unos capítulos que me dejaron sin aliento, tanto que aunque iba embalado tuve que suspender la lectura, me habían herido, y me hicieron además entender una observación de Héctor cuando hablamos por teléfono el 13 de diciembre, “que es el día de Santa Lucía”, me dijo, pero que en realidad era y es para él mucho más.
Recuerdo haber llorado sin vergüenza alguna cuando lei hace tantos años el capítulo donde muere el niño Aliosha en Los hermanos Karamasov. Desde entonces, ninguna muerte me ha impresionado ni me ha conmocionado tanto en un libro.
 
Me hizo recordar una noche en Valladolid, en el 99, noche de tapas y copas con el que para mí es el mayor poeta vivo español, Antonio Gamoneda, el merecidísimo Premio Cervantes 2006. Estábamos platicando de poesía y de repente me dijo: “Fíjate en lo perversos que somos quienes obtenemos deleite de la lectura de, por ejemplo, las coplas de Jorge Manrique. Habrá pocas cosas más bellas en castellano que esas coplas, y las gozamos a plenitud, leyéndolas en voz baja o declamándolas. Y ese goce nuestro proviene del dolor de Jorge Manrique. Lo que él expresa en ellas es su dolor, y de su dolor derivamos un placer estético. El sadismo se debe parecer mucho a eso, ¿no crees tú, Ricardo?”
Antonio es un sabio, y no supe qué contestarle, ni lo sé todavía. Y mucho menos después de leer este libro de Héctor Abad.
 
Un libro que es hermoso en una dimensión que escapa a los criterios habituales. Acabo de decir que lloré con la muerte de Aliosha, pero Aliosha era una criatura de ficción, aun cuando es muy posible que Dostoiewski se haya inspirado en alguna muerte de algún niño que le tocara estar cerca. De acuerdo, nunca se escribe en el vacío total, pero en esa novela Aliosha es ya ficción, y si logra conmovernos de esa manera, cómo no logrará hacerlo lo que Héctor cuenta y cómo lo hace y sabiendo el lector que aquí no hay ficción que valga, que son hechos duros y puros. Ay... Por eso es hermoso este libro, como lo son las coplas de Jorge Manrique que el papá de Héctor se sabía de memoria y a fuerza de oírselas recitar las aprendió su hijo.
 
Otra paradoja: adoré este libro, y sin embargo debería odiar el mismo hecho de que haya sido necesario escribirlo. Esas dos muertes, y tanto dolor, y tanta hijueputez. ¿Será ese el epíteto que el editor de Héctor le desaconseja en relación con un canalla que viste púrpura en el Vaticano? (Son tantos que puedo permitirme la perífrasis sin ningún riesgo jurídico). Pero bueno, si ese no ¿qué otro epíteto aplicarle, pues?
 
Summa summarum : El olvido que seremos, «lo digo y no me corro», está predestinado a ser un clásico de la escritura memorialista en lengua española. Pero añado, de la manera más desvalida que se me ocurre, que ningún escritor debiera pagar nunca un precio tan alto.


Orhan Pamuk y los perros de Estambul

PUBLICADO 1/10/2007 |1 Comentarios|Comente

Como la cabra que tira al monte, o el asesino que siempre regresa al lugar del crimen, vuelvo a hablar del Premio Nobel, un mes después de su solemne entrega en Estocolmo y Oslo, y sobre todo vuelvo a hablar del que pareciera serlo por antonomasia: el de Literatura.
Sin aventurarme fuera del mundo hispanoamericano en el primer párrafo, cómo no recordar que el pasado 10 de diciembre se cumplió medio siglo del día en que el rector de la universidad puertorriqueña de Río Piedras recibió una medalla, un diploma y el facsímil de un suculento cheque, de manos del rey de Suecia, y en nombre del moguereño Juan Ramón Jiménez.
Cómo olvidarlo si ese mismo 10.12. recordamos también los cincuenta años transcurridos desde la muerte de Pío Baroja, uno de los grandes ninguneados por la Academia de Estocolmo. Tanto, que cuando le dieron el Nobel a Hemingway, este consideró su deber pasar por Madrid, visitar a don Pío y decirle sin andarse por las ramas que, en su opinión, era él, el viejo cascarrabias, quien hubiera debido recibirlo.
 
Pero en la ocasión reciente los académicos suecos, tan homologables con los gnomos de Zúrich –los que celosamente cuidan el santísimo grial del secreto bancario–, acertaron con una diana de las que redimen su zigzagueante historia: le concedieron el el Nobel al turco Orhan Pamuk, uno de los más extraordinarios narradores vivos.
Allá por el 5 de noviembre recordaba Verónica Murguía en su columna Las Rayas de la Cebra, del suplemento cultural de La Jornada, México D.F.: «Dice un perro en la novela de Orhan Pamuk, Me llamo Rojo, que los gatos son amados por los habitantes de Estambul pues "nuestro reverendo profeta Mahoma, sobre él las oraciones y la paz, prefirió cortar un pedazo de su túnica a despertar al gato que dormía sobre él"». Y en honor a la verdad tengo algo que objetar a la traducción “reverendo”, que en el turco original más bien debe de ser “venerable”, pero no es culpa de mi colega (ella se limita a citar), y además, como diría Rudyard Kipling –el Premio Nobel de Literatura más joven de la Historia–, esa es otra historia.
Si me fijo en esta cita de Pamuk acerca de los gatos es para acercarme de la mano de su obra a los eternos enemigos del dizque domesticado felino: los perros. Porque ya me caía bien Orhan Pamuk, pero se terminó de ganar mi simpatía cuando descubrí que es un redomado ironista,  de una astucia tan sutil que hay que andarse con mucho cuidado para que no nos tome el pelo.
 
En el ensayo “Ante los ojos de Occidente”, de su más reciente libro, Estambul, se lamenta de que los escritores occidentales –algunos de ellos gente muy brillante– fueron describiendo y elogiando a lo largo de los años todas aquellas características que eran la quintaesencia de la vida de su ciudad natal... con la consecuencia de que como las calificaban de no occidentales, los ediles prooccidentalistas se dieron maña para hacerlas desaparecer de la vida ciudadana.
Y Pamuk enumera los ejemplos. Cita en primer lugar a los jenízaros, después el mercado de esclavos, tras el advenimiento de la República los monasterios de los derviches, más tarde las vestimentas otomanas –de las que se había quejado André Gide, otro Premio Nobel–, y luego ¡hasta el harén ha desaparecido! Pero la lista continúa, con la dolorosísima relegación de las tumbas y los cementerios (antes armónicamente integrados en los parques y las plazas) a lugares desarbolados, cerrados con tapias y sin ningún ambiente. Y por si todo ello fuera poco, también han desaparecido los changadores que transportaban cargas inverosímiles a través de la geografía ciudadana, igual que han dejado de verse los autos norteamericanos tamaño hectárea que tanto llamaron la atención de Joseph Brodsky, asimismo Premio Nobel.
Este es el instante de la estocada que remata la faena. Añade aquí Pamuk, dejando caer la frase como sin darle importancia, que es posible que a la larga tan sólo logre sobrevivir un fenómeno característico de su Estambul querido: los hoy todavía numerosos perros callejeros.
 
Qué quieren que les diga. A mí esta frase me parece un llamamiento perfectamente camuflado a sus colegas, los escritores occidentales, para que describan con los más vivos colores, ¡¡¡y como lo menos occidental de la tierra!!!, esas muchedumbres de canes deambulantes por las calles de la vieja Bizancio. Seguro estoy de que Orhan Pamuk está seguro de que si el cálculo le sale bien, los ediles constantinopolitanos terminarán de una vez por todas con esa plaga.
 
Si lo consiguiera, el Premio Nobel sería poca cosa para eternizar su memoria.


Lo bueno, si breve, dos veces bueno

PUBLICADO 1/6/2007 |3 Comentarios|Comente

Existe en Madrid una agrupación literaria llamada Círculo Cultural Faroni en honor a un personaje ficticio creado por los protagonistas de una novela del autor español Luis Landero, Juegos de la edad tardía, narración que desconozco.
Lo cierto es que este Círculo Cultural Faroni convoca con regularidad un Premio Internacional de Relato Hiperbreve, entendiendo por tal el que no supere las quince líneas. Tusquets Editores sacó en 1996 un volumen con ese título: Quince líneas, donde se recogían 78 relatos hiperbreves de la más distinta calaña y, en general, de bastante buena calidad, y todos ellos provenientes de los entretanto riquísimos archivos del Círculo Cultural Faroni.
Celebrándose hoy la festividad cristiana que exalta a Melchor, Gaspar y Baltasar (cuyos restos mortales dizque están enterrados en la catedral de Colonia, esta ciudad donde sobrevivo), me hago eco de uno de dichos relatos, firmado por la argentina o el argentino Hellén Ferrero y que dice iconoclástica pero bien sabrosamente lo que sigue:
«José regaló a los pastores los presentes de los Reyes Magos. Los pastores tampoco supieron qué hacer con ellos».
¡Bravo por el autor o la autora de estas pocas y sabias líneas, bravo...! Porque el oro, el incienso y la mirra (que es además un afrodisíaco) siempre me resultaron harto más que sospechosos como regalos a un recién nacido.
Pero volviendo al tema del relato hiperbreve, y abordándolo con una vuelta de tuerca irónica, quisiera dejar claro que el farragoso y gárrulo cuento del guatemalteco Augusto Monterroso titulado El dinosaurio, que suele citarse como craso ejemplo y paradigma de brevedad y concisión, a mí se me hace que de lo que más peca es de ambigüedad.
Recordemos su extenso texto:
"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí".
Un texto que me sugiere dos preguntas: a) ¿quién se despertó?, y b) ¿quién estaba todavía allí?
Si –según la interpretación que Andrés Hoyos hizo alguna vez en la revista El Malpensante– este mamotreto se llamase Pesadilla, cabría inferir que alguien despertó de alguna de ellas en la que aparecía un dinosaurio, comprobando al despertarse que el dinosaurio seguía allí. Pero titulándose la oceánica narración tal y como se titula, lo elemental es que quien se despierta no puede ser otro que el propio dinosaurio, con lo que quedan contestadas ambas preguntas y sólo queda por despejar una única incógnita: ¿dónde es allí? ¿será quizás Allí, con mayúscula, el Macondo, la Comala, el condado de Yokpanatawpha de Augusto Monterroso?
En fin, que ya lo dijo don Baltasar Gracián: "Lo bueno, si breve, dos veces bueno", pero se le olvidó añadir: "Y lo breve, si sólo ingenioso, tres veces confuso".
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Postdata 1 : Por no sé qué cortacircuitos mental, de esos que los castizos llamamos black out, en mi entrada anterior hablé de una novela de Juan Gabriel Vásquez titulada Los emboscados, que al menos hasta ahora todavía no la ha escrito. Lectores muy atentos, y que no quisieron poner en evidencia mi membresía como paciente en el Club del Dr. Alzheimer, me hicieron ver que con toda seguridad yo me había querido referir a Los informantes, y así es: una gran novela, no importa cómo le camuflé el título. Vale.
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Postdata 2 : Un lector que se identifica como Fabio, y espero que no sea el destinatario de la Epístola Moral, ni del poema de Rodrigo Caro, me dejó el siguiente mensaje en la entrada anterior:
«La poco exhaustiva lista que compone Lecturas del 2006 deja por fuera a Pamuk, sin embargo, me parece que la gozosa referencia a Fatou Diome da a entender que la memoria suele registrar lo que más se disfruta y no solo lo que algunos pocos consideran como lo mejor del planeta».
La razón del aparente olvido, amigo Fabio, es que no lei a Orhan Pamuk en el 2006: lo vengo leyendo desde que se empezó a traducir al alemán, hace muchos años, pero del libro que publicó el año pasado, Estambul, sólo he podido leer hasta ahora un único capítulo. Al cual,