"Champú tanatoestético: Fórmula diseñada exclusivamente para cadáveres, no apto para aplicación en vivo. Su fórmula especializada desinfecta totalmente el cabello del fallecido. Además la adición de siliconas deja el cabello limpio, brillante y suave, lo que imparte al fallecido una apariencia fresca y natural. Producto recomendado también para cráneos con fracturas, cabellos sucios o ensangrentados. Utilice en cadáveres de ambos sexos." (del catálogo de artículos para funerarias Disanchez).

En el pasillo frente a la sala de eventos del hotel Kualamaná está la feria comercial de productos funerarios. Hay tienditas como las de la feria del libro, productos de muestra, catálogos, plegables y vendedores dispuestos a explicar sus beneficios. Se venden desde incineradores para cremación, ataúdes, servicios de condolencias por Internet (www.condolencias.com), imágenes religiosas hasta químicos para embalsamar. También suscripciones a la revista Celestial, una publicación para funerarios. Y, bueno, también champú para muertos.

Justo afuera de la feria hay una muestra de coches fúnebres de los años 40, 50 y 60. Tienen dos, tres o cuatro velocidades, porque toda la elegancia y el respeto que infunde un coche fúnebre se pierde al superar los setenta kilómetros por hora. Hay un carro de los años 50 que fue restaurado especialmente para el funeral de Turbay. Comparado con todo lo que escuché, esta fue quizás la parte menos interesante del paseo a Melgar.

Hablé con el tipo de los incineradores; antes solo fabricaban incineradores industriales, hasta que llegó el auge la cremación. ¿La diferencia? El tamaño de los hornos y una parrilla en la que caen las cenizas, lo que permite recogerlas sin esperar a que el horno se enfríe. Así, se puede proceder rápidamente al siguiente cadáver, economizando energía. Resulta que después de la cremación hay que triturar los huesos; sabiamente, esto no es parte de la ceremonia pública.

Hablé con el carpintero de ataúdes. Es un bogotano humilde y risueño. Heredó su profesión, de pequeño jugaba en el taller de la familia metiéndose en los cofres. Tiene diversos modelos; a las funerarias les cobra entre 500.000 y dos millones. Los ataúdes de cremación se alquilan, adentro hay una base removible de cartón resistente que sirve para sacar al muerto y meterlo al horno. Un viejito le dijo que quería ser enterrado en un ataúd como el del Papa, con cubierta de vidrio de la cabeza hasta los pies (no hasta el busto, como se acostumbra) y en una madera de color claro. Se le hizo el ataúd y el modelo pegó; ahora es uno de los más populares.

Me cuenta que por estos días, con la lluvia, está dando mucha neumonía en Bogotá y le han pedido bastantes cofres para niños. Los fabrica con las piezas de madera que sobran de los ataúdes grandes. Para los infantiles, cobra mil pesos por centímetro. Así, un ataúd de 70 centímetros (trate de no imaginarse un ataúd de 70 centímetros, no vale la pena) costaría setenta mil pesos. Hizo ocho ataúdes para niños que murieron en la tragedia del Agustiniano; tuvo que hablar con las familias acerca de las medidas, terminó llorando con ellos. Nadie quiere saber nada de la muerte, pero hay que ocuparse de ella. Comencé el día en Melgar desayunando con dos directores de funeraria, tío y sobrino.

El bufé de desayuno del hotel Kualamaná ofrece calentao, huevos revueltos, fruta fresca y panes surtidos. Jorge, con una camisa naranja de mangas cortas y el aire viril y sosegado que tienen los dueños de empresa familiar, explica en qué consiste la corporación de funerarias Remanso. "La gente viaja, el cliente de una funeraria en Neiva puede morirse en Ibagué, o en Bogotá". Jorge usa un pedazo de croissant para encaramar el calentao sobre el tenedor. La corporación Remanso es una red de cooperación entre funerarias locales que ofrecen servicios de previsión, por una suma mensual que puede ser de 7.500 pesos uno puede asegurarse servicios funerarios al momento de la muerte en cualquier lugar del país.

Jaime, sobrino de Jorge, nos habla de la importancia de los servicios funerales, de la necesidad de hacer duelo. Jaime es extremadamente amable y excelente conversador. En veinte minutos nos ha llenado de respeto y curiosidad por su profesión. Distingue entre tanatopraxia, es decir el oficio de embalsamar a los muertos, y tanatología, el estudio más amplio del fenómeno de la muerte. "Hay que hacer duelo, hay que hacer el ritual. Uno puede ignorarlo, claro, y no llorar a la tía. Seis meses después, un año después, a uno se le vara el carro y uno queda destrozado. Es un duelo sin resolver, hay que hacer el proceso. ¿Sabe cuál es el texto más bonito que se ha escrito sobre el ritual?". Jaime sonríe amablemente y me escruta con una mirada intensa y algo triste, que parece abundar entre los funerarios cuando hablan de su profesión, "El capítulo 21 de El Principito". El zorro, en este capítulo, explica al Principito que el ritual es lo que hace que un día sea diferente de los demás. Es normal que los funerarios hablen de su profesión con una mirada intensa y algo triste; rutinariamente trabajan para personas que están pasando por el peor día de su vida (hablo de los dolientes; el muerto no está pasando por nada). Es importante que ese día sea diferente de los demás.

Jorge y Jaime son paisas, igual que Camilo, uno de los embalsamadores más prestigiosos del país. A Camilo lo encuentro en un sofá en el lobby del hotel; recostado con los brazos sobre el espaldar de tela color salmón. Es un gordito jovial. "¿Cómo terminaste en esta profesión?", pregunto, aunque quisiera añadir un "carajos" después del "cómo". La explicación, muchas veces, es que se hereda el negocio familiar. Pero para Camilo fue una vocación de toda la vida: "desde pequeño me gustaban los entierros". Estudió para ser diseñador gráfico, quería que esta fuera su profesión, y la tanatopraxia una especie de hobby. Terminó siendo al revés; feliz es la vida del que puede dedicarse a su hobby, supongo.

Camilo dice no creer en espíritus ni fantasmas; pero no todos sus colegas son así. Algunos embalsamadores, dicen, han tenido que salirse del cuarto para dejar de escuchar las voces. Camilo sonríe de medio lado y confiesa, "bueno, a mí también me ha pasado que no me he sentido bien con un cadáver. Hay cadáveres que no se dejan trabajar, que se resisten y le transmiten a uno malos sentimientos. Sobre todo gente que uno sabe que es mala, ¿sabe qué creo yo? Creo que hay gente químicamente mala". Tan sensato suena Camilo, habla con tanto conocimiento de causa, que me veo inclinado a creerle. Y en Medellín, hace unos años, hubo que enterrar a bastante gente con la Enzima del Mal.

Resulta que Colombia es un país pionero en la industria funeraria: producimos químicos de embalsamamiento de exportación; y en el área de servicio somos innovadores, ofreciendo asesoría legal y psicológica a las familias después del entierro. Gran parte de este empuje e innovación viene de Medellín. Es bien probable que tenga que ver con la guerra entre el Cartel de Medellín y la policía que se vivió en esta ciudad hace década y media, disparando la tasa de mortandad. Las funerarias ganaron mucho dinero; se disputaban los entierros ostentosos de personajes como Tyson o Pablo Escobar. También enterraban policías —muchas veces la fuerza pública corría peligro si intentaba recoger los cadáveres, por lo que los funerarios tenían que hacer este trabajo. En esa época era importante que los policías y los narcos no coincidieran en el mismo cementerio o capilla velando a sus muertos; cuando había muertos de ambos bandos se procuraba a toda costa que la velación se diera en lugares diferentes, a veces desviando todo un cortejo fúnebre.

Pero esa época ha quedado en el pasado. Hoy en día los ingenieros colombianos copian los diseños extranjeros y los venden en el exterior, en lugar de importar materiales. Hoy en día no se pagan los costos funerarios al momento del fallecimiento, sino que se paga una suma mensual de previsión. El negocio, para las funerarias, ya no es que la gente muera sino que viva mucho tiempo. En Medellín se intenta concientizar a la gente de la importancia del ritual, de hacer duelo. En una ciudad cansada de enterrar muertos, se ha impuesto la "moda" de la cremación directa, sin velación. La industria funeraria produce cientos de miles de empleos directos e indirectos; y están promoviendo cursos de tanatopraxia en todo el país. En unos años la tanatología será una carrera universitaria en Colombia.

Daniel, argentino, es uno de los conferencistas internacionales invitados al evento; en su país la tanatopraxia es una carrera técnica, de dos años. Estando en Melgar, usa una camisa polo, chancletas y bermudas. Siendo funerario, las tres cosas son de color negro. Más tarde le dirán, medio en serio, que podría quedarse en Colombia para ser actor o modelo. Comenzamos discutiendo el tema del servicio al cliente; el cliente, de nuevo, no es el muerto. "La sala de velación debe ser un 10% más elegante que el barrio en que está ubicada, ¿sabés por qué?". Daniel habla con la seguridad que tienen los jóvenes exitosos y con dinero. "Si la sala es demasiado elegante, la gente se siente intimidada; tú y yo no estaríamos hablando tan cómodamente en la sala del palacio de la reina de Inglaterra".

Si bien es agradable hablar de decoración de interiores, rápidamente entramos en materia. El proceso de descomposición comienza en el momento de la muerte y hay que detenerlo por razones de salubridad. Lo primero en pudrirse es la sangre.

Se utiliza una máquina inyectora con dos agujas: la primera se inserta cuatro dedos arriba del ombligo y sirve para extraer sangre grasa y excrementos. La segunda se inserta en la aorta y reemplaza la sangre con químicos que detienen el proceso de descomposición y fijan los tejidos. La primera tarea del embalsamador es evitar contagios, pero la más importante es dar al cadáver un aspecto aceptable para su velación. A veces los seres queridos del difunto lo han visto, en el momento de su muerte, con el aspecto espantoso que las enfermedades terminales, los accidentes o el rigor mortis suelen dar a las personas. Es importante borrar esa imagen. Para el duelo, debe parecer que el cadáver está reposando, con un aspecto sereno y, valga la paradoja, saludable.

Los dolientes no están despidiendo un cadáver, están despidiendo a una persona. No hay ninguna técnica singular para hacer que el cadáver se vuelva a parecer a una persona. Para cada enfermedad existe un líquido de embalsamamiento diferente. En casos de muerte violenta el embalsamador debe lograr reconstruir el cadáver. Cuando los huesos se pulverizan y la piel se colapsa hay que utilizar bolas de papel o palos en cruz para rellenar el cadáver. Cuando hay que coser hay que hacerlo por dentro, y tapar con cera la costura. Obviamente la sutura no debe ser visible. A veces el cadáver está tan magullado que es necesario usar la imaginación para reconstruir un rostro, o mirar la foto del documento de identidad, muchas veces tomada décadas atrás.

Pero los cadáveres no son más que objetos para ellos, cosas inanimadas que tienen que esculpir en la semblanza de una persona ¿no? No tanto. Es costumbre entre los embalsamadores pedir permiso al cadáver antes de comenzar a tratarlo, así sea mentalmente. Es importante para la salud mental del tanatopráctico tratar a los cadáveres con respeto. Uno pensaría que un embalsamador nunca trataría el cadáver de un ser querido. Pero no, muchos de los tanatoprácticos con los que hablé habían "trabajado con" su tía, o con un padre o con un abuelo.

Daniel nos muestra su trabajo de reconstrucción de cadáveres, del que tiene una muestra en CD-ROM. Imágenes de antes y después como nunca se verán en la parte de atrás de la revista Carrusel. Va en contra de la ética profesional mostrar imágenes de cadáveres para el consumo público. Ni siquiera me siento bien intentando describirlos. Casi todo el tiempo que estuve en la conferencia no sabía si reírme o sentarme a llorar; pero al ver esas caras, evidenciado al mismo tiempo la frágil materialidad del cuerpo humano y la capacidad del espectador para imaginarse el totazo, se me hizo absolutamente claro lo serio que es el tema de la muerte. Un día yo voy a estar así: mi sangre dejará de correr y, si estoy boca arriba, comenzará a hinchar mi espalda siguiendo las leyes de la gravedad, mientras por arriba tomo un color verde pálido y las infecciones aprovechan el paro permanente en que acaba de entrar mi sistema inmunológico. Pero yo no voy a darme cuenta de nada de eso: voy a estar muerto. Y unas personas amables, profesionales y emprendedoras van a componer mi cadáver.

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