Es media mañana de un lunes. Abro la puerta y me estrello con la mirada temerosa de una mujer que ronda los cuarenta años. Lleva un traje elegante y el cabello teñido de un color claro. ¿El detective López*?, pregunta. Siga, está esperándola. Estamos en la Agencia Mundial de Investigadores, una oficina de detectives privados situada en un edificio de la calle 39 con carrera 13. El detective López es hijo de un ex investigador de la policía, hizo estudios de seguimiento, prudencia, disfraz, camuflaje, dactiloscopia y fotografía forense en Acexdas, Asociación de ex detectives del DAS.



La mujer toma asiento y nosotros empezamos a trabajar. Lo primero es analizar al cliente, tantearlo, asegurarse de que lo que dice es verdad. ¿Cuál es el caso?, pregunta López. La mujer se mueve en su silla, traga un poco de saliva, evita mirar a Vargas, el ex policía que hace las veces de asistente de López, y a mí. Cuando el discurso estalla la vida se convierte en una telenovela mexicana: hay traiciones, mentiras y mucho dolor. ¿Un seguimiento?, pregunta López. Sí, contesta ella con la primera sonrisa que deja escapar desde que llegó.



A la Agencia Mundial de Investigadores llega de todo. Extorsiones, localización de carros robados, fugas de información confidencial y hasta gente que paga durante años para que le consigan pruebas de una infidelidad que no existe. Pero, esta vez, el argumento de la mujer es irrebatible: es que él ni me mira ni cumple. Está dispuesta a pagar el millón de pesos que vale el seguimiento durante una semana. Observo las piernas bien torneadas, el cabello rizado, las manos elegantes llenas de anillos y me pregunto por qué mejor no se gasta ese dinero en sí misma, mejor dicho, en otro hombre.



Claro que el precio no es fijo, aclara López. Los gastos extras como combustible, restaurantes, rodamiento de vehículos, rollos fotográficos, cintas de video, revelado y edición son por cuenta del cliente. También influye la complejidad del seguimiento. En Bogotá el precio se ve alterado por el sector donde deba trabajarse. Espiar en un buen barrio puede valer dos, tres y hasta cinco veces más que un barrio populoso. En los barrios de gente adinerada hay exceso de vigilantes, cámaras y guardaespaldas paranoicos.



La mujer firma el primer cheque y se marcha. López se frota las manos, llama al taxista que siempre le ayuda y nos invita a salir. Debemos ir al sitio donde trabaja el objetivo y trazar una estrategia no solo para hacer la vuelta, sino para no dejar rastro, dice. Llegamos a la calle 36 con carrera 8a. El objetivo tiene un restaurante limpio, bien decorado y con buena afluencia de clientes. Al ver el movimiento empiezo a comprender las inclementes preocupaciones de nuestra cliente. Ese restaurante debe producir un dineral.



Llega el mediodía y como el hambre acosa, almorzamos en el restaurante que le hace competencia al objetivo. Pagamos por adelantado, para no perder tiempo si el hombre sale de improviso. Mientras mastico, escucho a Vargas. El hombre es delgado, moreno, bajito y tiene la piel curtida y la mirada dura. Este es el trabajo preciso para mí, dice, con tantos años en la policía conozco la mentalidad de los delincuentes y puedo olfatearlos de lejos. Pero, un infiel no es un delincuente, apunto. Para el caso, es prácticamente lo mismo, contesta.



Después de comer, López y yo nos sentamos en el taxi y Vargas se queda junto a la Yamaha 175 que conduce y que se usa como vehículo de apoyo. A media tarde el objetivo sale a pie y Vargas lo sigue. Pero es una falsa alarma, ha salido para ir al banco. Consigna un dinero y regresa al restaurante sin perder ni un minuto. Ni siquiera miró a una cajera que está buenísima, nos dice Vargas.



El martes nos apostamos temprano a hacer la vigilancia. Pasan la horas y miro con desconsuelo a López, al taxista y a Vargas. Esto es muy aburrido, digo. Ser detective es una profesión de paciencia, dice López. El día se agota sin movernos. El objetivo pasó toda la tarde viendo un partido de fútbol en el televisor del restaurante y salió temprano a recoger a la hija a una academia de piano de la carrera 11. Nada peor que un objetivo tan casero, dice Vargas, cuando lo vemos entrar en el edificio donde vive.



El miércoles, mientras continúa la espera, pregunto a López y Vargas por sus honorarios y me cuentan que el dueño de la Agencia es el papá de López. Ellos trabajan a comisión y en un mes normal sacan algo más de un salario mínimo. Claro que si sale un buen caso, añade López mientras le brillan los ojos, puede cobrarse mucho más. No es tan buen negocio, digo. Lo es, dice Vargas, de lo contrario no habría en Bogotá más de doce agencias de detectives privados legales y más de cuarenta piratas.



Pasa el día y el objetivo sigue sin moverse. Yo creo que la vieja está viendo fantasmas, dice López cuando llega la noche. Entonces, ¿por qué no cumple en casa?, pregunta Vargas. El estrés, dice el taxista. Este tipo es un aburrido, se la ha pasado metido tres días en ese restaurante y sólo ha salido para ir al banco, apunto yo. Y ni siquiera mira a esa cajera buenísima que le recibe el dinero, dice López. Esta como un bocadillito, dice Vargas.



Es jueves, media tarde, López está diciendo que llamará a la clienta para decirle que los celos son injustificados, cuando vemos salir al objetivo. Enciende el carro y sube por la calle 39 a buscar la 7a. El objetivo llega a la calle 36 y, a pesar del tráfico, reduce la velocidad. Se le habrá olvidado algo en el banco, dice López. De pronto, por una esquina aparece la cajera del banco. Viene vestida con una minifalda fucsia, unos zapatos de charol negro y una blusa blanca por la que asoman un par de tetas espectaculares. La chica abre la puerta de la camioneta del objetivo y sube. Viejo hijuemadre, dice el taxista.



El objetivo sigue por la 7a., coge la calle 26, baja hasta la 30 y busca el sur de la ciudad. Van a tirar en los moteles de Venecia o de Soacha, apunta López. El objetivo conduce muy rápido y sufrimos para mantenerlo a la vista. Empiezo a sentirme un detective de verdad. El objetivo adelanta una buseta roja por la derecha. Intentamos hacer lo mismo, la buseta nos embiste y nos salvamos de atropellar a un peatón por un pelo. ¿Dónde está, dónde está?, pregunta López. No sé, dice el taxista que todavía está pálido del susto.





Con la ayuda de Vargas y su motocicleta vieja, logramos recobrarlo cerca de la Escuela de Policía General Santander. En la carrera 68, la pareja gira y entra en el barrio Venecia. López echa mano al teléfono y marca el número de la mujer del objetivo. La camioneta descansa hace rato en el parqueadero de un motel cuando ella llega. ¿No hubo manera de evitar que entraran?, pregunta.



¿Pero cómo?, contesta Vargas.



La mujer pierde la compostura, baja del carro y camina hacia la entrada del motel. No, le dice López mientras se le atraviesa. Si hace escándalo, se escapan por una de las salidas de emergencia. La mujer vuelve a subir al carro y se pone a llorar. En ese momento, dejo de ser un detective audaz y me convierto en un desgraciado. Un rato después, la pareja baja de nuevo al parqueadero. Vargas avisa a López y este le hace una señal a la mujer del objetivo. La mujer atraviesa el carro en la salida del motel justo cuando el marido sale.



El objetivo frena para no estrellarse, para cuando ha recuperado el control, la mujer está pegándole con los puños a la ventana de la camioneta. La cajera del banco se tapa la cara con las dos manos. Como no tiene forma de evadirse, el objetivo baja de la camioneta y trata de decir a su mujer que no es lo que ella piensa, que todo es un malentendido. La mujer le responde con golpes y trata de abrir la puerta del otro lado para pegarle a la chica, pero el objetivo la agarra de los brazos.



La calle se llena de gritos, de llantos y de toda clase de groserías. La cajera del banco aprovecha el caos para salir de la camioneta y correr hacia la entrada del motel. Vámonos de aquí, nosotros ya cumplimos, dice López. Lo miro con tristeza. No es culpa de nosotros, ella nos contrató, añade Vargas. Subimos al taxi y nos marchamos sin siquiera voltear a mirar. No parecía tan histérica la vieja, dice Vargas. Sí, tanto lío por un polvito, dice el taxista. Yo miro por la ventana del taxi y callo.



*Los nombres y algunos datos de la historia han sido cambiados para proteger la identidad de los protagonistas.

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